Bolívar ha sido, desde hace casi dos siglos, uno de los protagonistas -quizá el mayor junto a San Martín- del mito fundacional de la independencia “latinoamericana”. En la narrativa histórica dominante, Bolívar se presenta como una figura heroica, o incluso sacralizada. Bolívar no solo representa a un héroe nacional, el paradigma de Libertador, y un gobernante ideal con su propia leyenda artúrica, sino que también se llegó a erigir en la encarnación del orgullo y la identidad de una élite criolla, burguesa, liberal y nacionalista que “liberó cinco países”. Funciona todavía como el vínculo o nexo de esa élite criolla con la “historia mundial” (escrita sobre todo por anglosajones y franceses).
Este artículo, sin ánimo de ser exhaustivos, pretende volver a algunos hechos, bastante incómodos para esa narrativa dominante asumida en la mal llamada “América Latina” (concepto que en otro momento habrá que desmitificar con una necesaria contra-narrativa). Afortunadamente, la perspectiva sobre el personaje ha ido cambiando, a medida que las investigaciones historiográficas se desarrollan y la conciencia de los pueblos se amplían con nuevas reinterpretaciones y evidencias. Prueba de ello son algunos libros que constituyen puntos de inflexión, como el del profesor Herbert Morote, Bolívar: libertador y enemigo nº1 del Perú (Lima, 2007).

Es inevitable, y ningún país está exento de esta tentación, que la historia se embellezca para que coincida con un mito político, necesariamente parcial e interesado. Por esta razón, el propósito de este artículo es exponer algunos elementos que subyacen en la narrativa dominante que aún persiste en países como Venezuela, Colombia, Panamá, Bolivia, y en general en toda la historiografía dominante sobre los procesos de independencia “latinoamericana”.
Dejando a un lado aspectos de la política coyuntural y el culto a la personalidad creado tras él, Bolívar fue el artífice de uno de los episodios peor explicados allí, pero también en España y en general en Europa. Fue la cara de una guerra de independencia pagada y armada desde Londres, inspirada desde París, y finalmente bendecida por Washington. Pero ni los imperios británico y francés, ni los nacientes Estados Unidos, pretendieron que esa independencia fuera efectiva o real. Se aprovecharon de la voluntad y carácter de un personaje obstinado capaz de justificar actos de crueldad y despotismo para lograr sus objetivos, incluso asumiendo unas losas financieras que hipotecaron el destino de las haciendas de las repúblicas “bolivarianas”, hechos que traen causa del problema persistente en relación a la deuda externa latinoamericana.
Como gobernante, Bolívar no fue diferente a ningún otro líder autoritario latinoamericano, especialmente en aquellos primeros días cuando la escena política era inestable, cruel y sangrienta. Sus acciones inspirarían a un sinnúmero de personajes políticos y grupos revolucionarios que se harían con el poder en los dos siglos posteriores, sobre todo en Colombia y Venezuela, con los resultados observables hasta la actualidad: corrupción galopante, desunión interna y regional, desorden público e impotencia geoestratégica frente al Tío Sam.
Independencia con mercenarios contratados
Pongamos ahora atención solamente en algunos factores que se suelen soslayar a la hora de hablar de las independencias y sobre todo de la figura de Bolívar. Un mito y un proyecto que no se explican sin la participación decisiva de los mercenarios que componían la Legión Británica. Un contingente militar integrado principalmente por veteranos de las guerras napoleónicas. Estas tropas decidieron unirse a las fuerzas de Bolívar atraídas por promesas de pago, tierras y recompensas, como describe Lambert, Britons in Arms: The Role of British Soldiers in Latin American Independence (Clarendon Press, Oxford, 1998).
Las independencias no hubieran sido posibles sin ese apoyo militar de mercenarios británicos que llegaron a América del Sur entre 1818 y 1820 para unirse a los ejércitos cínicamente llamados “patriotas”, pues los independentistas eran tan españoles como los realistas, sobre todo criollos burgueses vendidos al mejor postor (Londres, París, y finalmente Washington).
La Legión Británica participó en batallas decisivas, entre ellas la de Boyacá (1819), en la que la Legión proporcionó refuerzos clave que aseguraron la independencia de Nueva Granada. También en la Batalla de Carabobo (1821), donde los británicos tuvieron un papel fundamental en la victoria, contribuyendo a la liberación de Venezuela. Asimismo, en las Campañas del Sur (Ecuador y Perú).
Mención especial hay que hacer de varios oficiales británicos, como James Rooke, un destacado comandante de la Legión Británica, y Daniel O’Leary, oficial irlandés y uno de los principales ayudantes de Bolívar, no solo en el campo de batalla sino también como cronista de las campañas. Sus memorias son una fuente histórica sobre la independencia de “América Latina” dentro del relato fundacional (O’Leary, D. F., Memorias del General Daniel Florencio O’Leary, Caracas, 1883). También cabe mencionar aquí a MacGregor, un escocés que comandó tropas en varias campañas, pero que finalmente acabó implicado en varias en estafas financieras.
No olvidemos que gran parte del equipamiento utilizado por las tropas de Bolívar provenía de arsenales británicos adquiridos a través de comerciantes o traficantes de armas europeos. Y muchos de los suministros para sus tropas fueron importados desde Inglaterra o financiados con empréstitos negociados en Londres. Esto puede leerse en el trabajo de Brian DeLay, “The Arms Trade and American Revolutions”, The American Historical Review (Vol. 128: 3, 2023, pp. 1144–1181).
¿Qué se puede esperar hoy de un movimiento ideológico como el chavismo o el bolivarianismo que reivindica una figura cuyas supuestas proezas bélicas fueron posibles al determinante apoyo de mercenarios, contrabandistas de armamento y banqueros británicos? Nada de esta vergonzosa huella se cuenta en las embellecidas historias nacionales de países como Colombia, Venezuela y Perú, repletas de una mitomanía diseñada por y para una élite criolla.
Una independencia hipotecada
Pero más allá del apoyo militar, la clave de Bolívar y el éxito de su traición, radica precisamente en las finanzas, o, mejor dicho, en cómo fue usado o se dejó usar por los banqueros de Londres, para servir como ariete contra España, al mismo tiempo que hipotecaba con pesadas cargas el futuro de su proyecto y posteriormente el de las nacientes repúblicas. Gran Bretaña, obviamente, sería una de las primeras potencias europeas en reconocer a los nuevos estados soberanos. Este reconocimiento fue crucial para consolidar la independencia.
Ya en 1816 Simón Bolívar negoció desde Haití algunos préstamos externos para iniciar las primeras invasiones para “liberar” a Venezuela del dominio español, con los que equipó de uniformes, fusiles y municiones a los soldados, y adquirió las siete embarcaciones de la conocida “Expedición de los Cayos”.
Posteriormente, los primeros agentes venezolanos enviados por el pretendido Libertador a las potencias europeas, Luis López Méndez y José María del Real, tenían como misión solicitar más recursos para continuar con la guerra y lograr el reconocimiento de la nueva república. En su viaje al Viejo Continente, lograron conseguir en 1817 varios préstamos de casas inglesas privadas, entre la cuales estaban William Hall Campbell, George Robertson, Michael Scott, Pete Edwards y William Graham Junior & Sons.
Como reconoce lacónicamente la propia web de la Enciclopedia del Banco de la República de Colombia, y sin demasiado detalle al respecto al tratar la financiación de la independencia: “Luego de la expulsión definitiva de los españoles de la Nueva Granada, se dio comienzo a la conformación y formalización de la nueva República de Colombia, y se programaron una serie de desembolsos. Sin embargo, los gastos propios del naciente proyecto de libertad, que incluía pagos para mantener la nueva estructura del estado, dificultaban el cumplimiento de las obligaciones crediticias, lo que ocasionó hasta la prisión de algunos agentes colombianos”.
En efecto, Bolívar obtuvo préstamos de bancos británicos para financiar sus campañas. Esto se gestionó a través de agentes como Luis López Méndez, quien organizó reclutamientos y negociaciones financieras en Londres. Aunque el gobierno británico no proporcionó este apoyo de manera oficial, permitió que sus instituciones financieras y ciudadanos participaran en estas transacciones que ayudaron a Bolívar a comprar armas, municiones y pagar a las tropas.
La primera gran losa
En 1819, el Congreso de Angostura tomó una decisión de enormes consecuencias al decretar la unión de Colombia, Venezuela y Ecuador en una sola nación llamada Gran Colombia. Ese mismo año, los congresistas designaron al vicepresidente Francisco Antonio Zea como ministro plenipotenciario y enviado extraordinario a Europa. Su misión era doble, por un lado, gestionar nuevos créditos en nombre del gobierno colombiano y, por otro, lograr algo igualmente crucial, que las potencias europeas reconocieran a Colombia como nación independiente. Sin embargo, el pago de las obligaciones contraídas no se cumplió, y esa mora comenzó a deteriorar la confianza en la aún frágil república.
Para restaurar esa confianza, Zea tenía una tarea mayúscula, la de demostrar que Colombia no era un país pobre y desordenado, sino una nación próspera, con verdadero potencial comercial y económico. Solo así podría atraer el interés de las naciones europeas y garantizar que se pudieran cubrir las deudas. Tras largas y difíciles negociaciones en Europa, Zea logró en marzo de 1822 el primer préstamo externo obtenido por Colombia como nación independiente. Ese crédito, firmado en París con la casa de prestamistas ingleses Herring, Graham & Powles, pasaría a la historia con el nombre de “Empréstito de Zea”.
Como indica la web de la Enciclopedia del Banco de la República de Colombia: “El valor de la obligación fue de dos millones de libras esterlinas, y estaba respaldada por las rentas de las importaciones y exportaciones, los derechos provenientes de la minería, la explotación de las salinas y el tabaco. Con este dinero se lograrían poner al día las deudas anteriores y el resto se destinaría a las actividades mineras y agropecuarias en Colombia. Las condiciones de pago eran con intereses al 0,5% mensual, pagaderos semestralmente, cuyo primer pago se realizaría en noviembre de 1822”.
A raíz de este importante hecho financiero, Inglaterra nombró al coronel John Potter Hamilton como primer cónsul comercial ante la República de Colombia con el fin de estudiar la viabilidad de firmar un tratado de comercio entre las dos naciones y establecer oficialmente relaciones comerciales. El coronel llegó a Bogotá en 1824 y escribió sus impresiones en un libro titulado Viajes por el interior de las provincias de Colombia.
Además, la Gran Colombia contrajo una deuda con J. Mackintosh, cuyo capital original fue de 150.000 libras. Luís López Méndez, quien había sido comisionado por Venezuela para adelantar gestiones diplomáticas y financieras en Londres desde 1810, celebró un contrato con el mencionado banquero británico, en febrero de 1821, para la provisión de armas y vestuario para diez mil soldados. El valor del contrato ascendió a 150.000 libras, a una tasa del 12% anual.
Los pagos de capital e intereses debían cubrirse con los ingresos futuros de la Gran Colombia, y los ingresos provenientes de las aduanas y de la exportación de productos agrícolas, como cacao y café, fueron comprometidos como garantías. Además, una porción considerable del dinero obtenido en estos préstamos fue absorbida por comisiones y gastos administrativos impuestos por los banqueros y agentes financieros en Londres. Esto redujo significativamente la cantidad efectiva de recursos disponibles para las campañas independentistas.
El verdadero negocio británico vendría realmente después. Tras la independencia, entre 1820 y 1825, Londres experimentaría un auge en la concesión de préstamos a las nuevas repúblicas “latinoamericanas”, impulsado por intereses comerciales y geopolíticos. Este contexto facilitó que líderes como Bolívar accedieran a cuantiosa financiación, aunque en condiciones que a menudo resultaban onerosas para las nacientes repúblicas.
Sobre este punto, resulta de interés la obra de Platt, D. C. M., Latin America and British Trade 1806–1914 (Londres, 1972), donde se examina la relación económica entre “América Latina” y Gran Bretaña, incluyendo los empréstitos británicos a los movimientos independentistas. Más recientemente, contamos con el trabajo de Brown M, Crow y Lea J., “Financing a Revolution: The Impact of Bolívar’s British Networks in the Independence of Colombia”, Journal of Latin American Studies (Nº 56, 2024, pp. 389–413).
De esos barros se entienden los actuales lodos que impregnan y condicionan la política “latinoamericana”, a través de ese “pecado original” en forma de sumisión y subordinación fundacional de las élites criollas a los anglosajones, que sigue haciendo mella en sus capacidades de desarrollo. Los empréstitos originales y los que vendrían posteriormente generaron una deuda externa significativa para la Gran Colombia y las repúblicas emergentes, comprometiendo sus finanzas públicas en los años posteriores a la independencia.
El servicio de la deuda (pago de intereses y amortización) se convirtió en una carga que limitó la capacidad de inversión en infraestructura y desarrollo económico, cuyo problema se puede trazar hasta la actualidad, como explica Carlos Marichal, A Century of Debt Crises in Latin America: From Independence to the Great Depression, 1820–1930 (Princeton University Press, 1989).
Otra losa más
Hacia 1823, la recién nacida república enfrentaba una realidad apremiante. Necesitaba recursos para seguir en pie. La mayor parte del presupuesto se consumía en la guerra y en el sostenimiento de los ejércitos. A estos gastos se sumaban otros compromisos igualmente urgentes, como pagar los haberes militares prometidos a quienes habían luchado por la causa independentista, saldar las deudas con extranjeros que había determinado la Comisión de Liquidación, costear los gastos del nuevo cuerpo diplomático y mantener en funcionamiento un poder ejecutivo que no dejaba de crecer.
Ante esta crítica situación fiscal, el gobierno neogranadino comprendió que era necesario buscar nuevos recursos más allá de sus fronteras. Fue entonces cuando el vicepresidente Francisco de Paula Santander, actuando con la autorización del Congreso, tomó una decisión clave: comisionó a dos agentes, Manuel Antonio Arrubla y Francisco Montoya, para que viajaran a Europa y gestionaran allí financiación por hasta 30 millones de pesos. Pero no se conformó con eso porque también designó a Manuel José Hurtado como ministro plenipotenciario, con la misión de supervisar y vigilar que la obtención de esos recursos se diera, al menos, en unas condiciones similares a las que Francisco Antonio Zea había logrado con los prestamistas ingleses apenas unos meses atrás.
En 1824 se logró el objetivo y se contrató con la casa prestamista inglesa B. A. Goldschmidt & Co. un crédito de alto valor, 4.4750.000 libras esterlinas, a un interés del 6% anual, pagaderos semestralmente. Sin embargo, realmente la nueva nación recibió una cifra menor a la mencionada por cuanto se descontaron las comisiones de los agentes, se pagaron deudas y obligaciones pendientes, se hizo el descuento inicial del préstamo (15%) y se dedujeron por anticipado otros intereses. Estos recursos, enviados a Colombia en barras de oro, fueron utilizados en su mayor parte para cubrir parcialmente las necesidades del gobierno, pagar deudas con terceros y reactivar las actividades agrícola y minera.
La narrativa latinoamericana bolivariana, siempre funcional al hegemón anglosajón
No hace falta insistir en que el bolivarianismo fue en realidad, y lo sigue siendo, una narrativa funcional al hegemón de aquel entonces, la Corona británica, como también lo es para el hegemón actual, Estados Unidos. Recordemos que ya en 1807, Simón Bolívar visitaría Estados Unidos, donde rendiría pleitesía a George Washington, a quien denominaría “El Néstor de la Libertad”. Este viaje influiría en su visión sobre la independencia y la formación de las repúblicas recién fundadas.
En 1825, familiares de George Washington enviarían a Bolívar un medallón con la imagen del héroe estadounidense en reconocimiento a su lucha libertadora. Bolívar valoró profundamente este gesto y lució el medallón hasta su muerte. Varias localidades en Estados Unidos fueron nombradas en honor a Bolívar, reflejando la admiración por su gesta libertadora. Por ejemplo, en 1815, en Texas, se registró “Port Bolívar”, y la primera ciudad con el nombre de Bolívar se fundó en Tennessee. Para 1821, se contabilizaban al menos 15 localidades con su nombre en Estados Unidos. Y tras la muerte de Bolívar en 1830, Andrew Jackson ordenó que se dispararan 13 cañonazos desde diferentes buques de la Armada en su honor, demostrando el respeto y la admiración hacia el Libertador.
Todo esto acabaría pronto como consecuencia de la Doctrina Monroe, proclamada en 1823, que de facto establece que “América para los americanos”. Aunque esta doctrina parecía alinearse con los intereses de Bolívar, en la práctica, Estados Unidos la utilizó para expandir su influencia en el “hemisferio occidental” (América para los norteamericanos), generando tensiones con los proyectos integracionistas de Bolívar.
Estados Unidos jugó bien sus cartas, inflando y desinflando una figura icónica y mitificada que en realidad siempre operó como un instrumento previamente usado por los británicos contra España. Washington luego lo usaría a su vez contra Gran Bretaña en sus aspiraciones hegemonistas y neoimperialistas sobre el continente americano.
Fue así como se entiende que el fracaso de Bolívar no fuera un hecho sobrevenido o casual, sino parte sustancial de un proyecto dentro a su vez de una estrategia que excedía la capacidad visionaria del ficticio y fracasado libertador. De la misma manera que fue aupado por los anglosajones, esos mismos se encargarían de apagar su ambición, haciendo descarrilar su proyecto y derrotarlo.

Doctor en Derecho y profesor universitario (Madrid, España). Además de sus publicaciones profesionales de índole académica, colabora en varios medios de comunicación españoles y ha publicado recientemente varios libros: Momento y encrucijada de España (Ediciones Atlantis, 2020), Dinero, crisis y poder global (SND, 2021) y Polis y justicia (Aula Magna-McGraw Hill, 2023).
