Sin rencor, con memoria. Entrevista a un soldado norvietnamita

Pablo Sanz Bayón
Nos encontramos en Haiphong, ciudad portuaria e industrial del norte de Vietnam, en la región conocida antaño como Tonkín, en la geografía de la Indochina francesa. En una casa a las afueras de esta ciudad costera de clima húmedo nos atiende Tran Van Thuy -septuagenario, de aspecto vitalista, tez morena, pelo canoso, con camisa sencilla-. Sus brazos musculosos y manos grandes y curtidas siguen trabajando a diario el taller mecánico que regenta junto a su hijo Thinh.
Su voz es grave, pausada, sin prisas. Con el acento característico del norte de Vietnam nos dice: “Tenía diecisiete años cuando me llamaron. Éramos todos de aquí, de Haiphong. Chavales que aún no sabíamos afeitar bien la cara”, recuerda. Nos enseña una foto de aquel momento, en la que aparece uniformado junto con un compañero.
Mientras nos disponemos para comenzar la entrevista, nos sirven un delicioso café con leche condensada, típico en este país, que va acompañado de un tintineo propio y singular, el de las cucharillas golpeando suavemente contra vasos de cristal y hielo. Sonido que se combina con el murmullo alrededor de las voces infantiles de algunos de sus nietos y sobrinos que juguetean y se asombran de mi barba, a la que acarician graciosamente. A lo lejos, el eco de las bocinas de los camiones que se dirigen y salen del puerto, uno de los más grandes de Asia, situado en el puesto n⁰ 33 del ranking mundial por volumen de contenedores según la Lloyd’s List (2024), superando a Valencia (42) y Algeciras (44).
“Cuando me alistaron, no había terminado la escuela. Mi madre lloró en silencio; mi padre solo me miró y me dijo: sirve bien y vuelve vivo”, empieza.
Los últimos años de la guerra
A finales de 1972, la segunda guerra de Indochina y para Occidente “guerra de Vietnam” — o guerra americana, como la llaman aquí— estaba en fase terminal, pero las balas no sabían de treguas. Las tropas del Ejército Popular de Vietnam, lideradas por el icónico general Vo Nguyen Giap, se desplegaban desde el norte hacia el sur, siguiendo un patrón de avance paciente y calculado, combinando la guerra convencional, como había sido la reciente Ofensiva de Pascua o “Verano Rojo Ardiente”, con el arte de desgaste de las guerrillas (a través del Frente Nacional de Liberación de Vietnam, tambien conocido como Việt Cộng, con su propio ejército, las Fuerzas Armadas de Liberación Popular de Vietnam del Sur).
“No todos íbamos a la línea del frente. Mi batallón tenía misiones de apoyo, transporte y vigilancia. Pero eso no nos salvó de ver cosas que no se olvidan”, dice Thuy. Su unidad formaba parte de la arteria logística que alimentaba el frente. “Cargábamos alimentos, municiones, armamento, repuestos. Si la línea se quedaba sin comida o balas, todo se caía. La victoria no la ganaban solo los que disparaban; también quienes hacíamos que los que disparaban pudieran seguir haciéndolo”.
En el norte del país la guerra se había sentido como un pulso constante y cercano aunque la línea del frente y los combates cuerpo a cuerpo se ubicaran a casi mil kilómetros al sur. Las conversaciones en los mercados, los carteles con consignas, las canciones en la radio. Todo estaba atravesado por la certeza de que la reunificación llegaría, pero aún había que resistir.
La firma de los Acuerdos de París al año siguiente no traería la paz inmediata. Las armas siguieron hablando y el veterano y legendario general Vo Nguyen Giap afinaba su estrategia para el golpe final. En ese periodo hasta la retirada definitiva estadounidense en 1975 Giap se mantendría como ministro de Defensa pero pasaría el testigo de Jefe de Estado Mayor al general Văn Tiến Dũng. Enfrente estaba el ejército del “régimen títere” de Saigón apoyado por los “imperialistas americanos”, como todavía hoy se les designa en la documentación oficial e historiografía nacional, como en otros viajes al país he podido comprobar en distintos museos y exposiciones.
El batallón de Thuy, formado casi enteramente por adolescentes y jóvenes de Haiphong, fue asignado a tareas logísticas y de apoyo en el avance hacia el sur. “Salimos de la ciudad en camiones soviéticos, de noche, para no ser vistos desde el aire. Algunos llevaban rifles colgados al hombro; otros cargábamos cajas de munición o bidones de agua. Recuerdo la mezcla de olor a pólvora, sudor y gasóleo”.
Thuy y sus compañeros apenas habían podido completar un pequeño curso de entrenamiento en un cuartel de Haiphong nada más ser alistados. Lo suficiente para adiestrarse en lo más básico. “Muchas lecciones prácticas las haríamos ya en camino, en las largas marchas a pie y en paradas aprovechadas por los instructores para desarrollar el entrenamiento”, apostilla.
Sus uniformes, de confección china, se empapaban rápido bajo las lluvias tropicales y el calzado fabricado con neumáticos reciclados resistían el barro mejor que cualquier bota occidental. “En todo el tiempo solo dispusimos de dos pares de botas. Algunos compañeros acababan usando zapatos o sandalias. A veces, otros caminaban descalzos dependiendo del terreno”.
Vida en campaña
El día empezaba antes del amanecer. “No había reloj, pero sabíamos la hora por el canto de los gallos y el cambio de luz. El café era un lujo que aparecía muy de vez en cuando, y el té verde, nuestro compañero constante”.
Entre los soldados y la población local la relación era de solidaridad y generosidad. “En las aldeas nos ayudaban, nos daban agua o refugio.  Siempre había alguien que dejaba un cuenco de arroz o frutas en el camino”.
El armamento que transportaban en viejos camiones soviéticos ZIL-130 y GAZ-63, o también en bicicletas reforzadas para carga, incluía fusiles AK-47 y AK-63, ametralladoras ligeras RPD, carabinas SKS, morteros de 82 mm y cohetes portátiles B-40. “No todo era nuevo; muchas armas habían pasado por varias manos. El aceite para mantenerlas era tan valioso que se usaba con cuentagotas” confirma Thuy.
Por la noche “dormíamos donde podíamos, bajo lonas, en casas abandonadas, o en refugios improvisados con hojas de palma. El arroz era la base de todo; a veces, si había suerte, un poco de pescado seco o bambú encurtido”, relata.
El batallón de Thuy se desplegó en Quang Binh y se desplazó hasta la ribera del río Ben Hai, vadeándolo y avanzando luego hacia en dirección sur hasta las posiciones de la comarca de Quang Nam.
Aunque no combatía en primera línea, la guerra nunca estaba lejos. “Vi a compañeros volver con heridas graves, otros que no regresaron. Vi aldeas reducidas a montones de ceniza tras los bombardeos de los B-52. Una vez llegamos a un pueblo en el que quedaban tres ancianos y un perro; todos los demás habían huido. Los ancianos nos ofrecieron té en cuencos desportillados, sin decir palabra. Creo que intuían que, después de nosotros, vendrían más bombas”.
El general Giap y la estrategia de la paciencia
Thuy habla de Vo Nguyen Giap con respeto casi ceremonial. “No era solo un militar; era un hombre que entendía que la guerra se ganaba con cabeza fría. Él había sido la mano derecha del tío Ho (como se llama aquí a Ho Chi Minh) y gran artífice de la victoria contra Francia en Dien Bien Phu (1954). Nunca nos empujaba a batallas suicidas. Sabía esperar, golpear donde el enemigo estaba débil y retirarse cuando no había ventaja. Él decía que un paso seguro valía más que diez apresurados”.
Ese enfoque, que combinaba combate convencional y guerrilla, junto con una red logística impresionante —desde la Ruta Ho Chi Minh hasta los túneles de Cu Chi—, permitió resistir el poderío estadounidense durante años. Recordemos que la famosa Ruta Ho Chi Minh tuvo una extensión de más de 16.000 km de caminos y senderos a través de Laos y Camboya.
Giap es la segunda persona más reverenciada de la nación tras el tío Ho. Fue el gran estratega que había derrotado primero a franceses y luego a los norteamericanos con paciencia de agricultor. “Enseñaba que la guerra no se ganaba en un día ni con un golpe decisivo. Era como el arrozal. Había que sembrar, esperar, proteger el grano de las plagas y cosechar cuando llegara el momento. Esa estrategia nos salvó”, recuerda Thuy.
Clima, hambre y camaradería
“El calor en esa región del país era diferente al del norte, más pesado, como si el aire quisiera hundirte en el suelo. Podías sentir cómo las lluvias te calaban hasta los huesos, incluso con capa. La comida a veces se reducía a un puñado de arroz al día. Pero la camaradería lo hacía más llevadero. Compartíamos todo: cigarrillos, historias, hasta las cartas que llegaban. Si uno recibía un sobre con noticias, todos nos sentábamos a escuchar su lectura.”
Había momentos de humor, incluso en medio de la precariedad. Nos cuenta Thuy: “En una ocasión, un compañero atrapó un pez enorme en un canal. Lo cocinamos con hierbas que recogimos en el camino. Fue el mejor festín de toda la guerra. Aquella noche cantamos canciones de nuestra ciudad, hasta que alguien nos mandó callar por cautela”.
El regreso a casa
El 30 de abril de 1975, la caída de Saigón selló el final del conflicto. “Volvimos al norte en trenes abarrotados y camiones cargados de hombres exhaustos, sonriendo como niños”. En efecto, muchos aún eran chavales muy jóvenes, pero ya madurados a la fuerza en una guerra de liberación nacional, que fue ejemplo mundial para otros muchos países en fase de descolonización y de que el Goliat americano como antes los colonialistas franceses podían ser desmoralizados y vencidos por una causa justa.
Entrar en Haiphong fue indescriptible. Las calles llenas de banderas rojas con la estrella amarilla, tambores, flores, abrazos. “Mi madre lloraba y reía al mismo tiempo. Mi padre, que nunca era de abrazar, me sostuvo largo rato sin decir nada”.
A pesar del triunfo, no hubo tiempo para grandes celebraciones. El país había quedado muy destruido. El norte, en particular, había sido gravemente castigado años antes por los terribles bombardeos de la aviación norteamericana, incluyendo ataques directos contra población e infraestructura civil. Ahora tocaba reconstruir un país, levantarlo. La mayoría de esos jóvenes soldados, con su experiencia en el ejército y las destrezas adquiridas, acabarían convirtiéndose en obreros, técnicos, conductores, etc., me dice Thuy. En su caso, se convertiría en mecánico de camiones.
En esos días de posguerra hubo ceremonias honoríficas a los caídos. “Por cada regreso, había una silla vacía en alguna mesa. Desde entonces, cada año, nos reunimos para honrar a los que no volvieron. Encendemos incienso, leemos sus nombres y los muchachos más jóvenes preguntan quiénes eran. Les contamos sus historias, para que no se pierdan”.
Muy cerca de donde nos encontramos, en este distrito de Haiphong, como en el resto de la ciudad y al igual que a lo largo de todo el país, hay un recinto funerario con un templete donde periódicamente se hacen conmemoraciones y ofrendas florales. Thuy queda cada año con sus antiguos camaradas en el aniversario de su reclutamiento, para recordar con una cerveza bien fría (bia hoi) esos tiempos recios que les tocó vivir.
Una generación marcada, sin rencor
Thuy no habla con odio. “La guerra nos robó la juventud, sí, pero nos dio un país unido y soberano. No éramos héroes ni víctimas. Éramos hombres cumpliendo con lo que creíamos justo. Hoy, cuando camino por Haiphong y veo a los niños correr libres, pienso que valió la pena. Sin rencor, porque el rencor es otra guerra que nunca acaba.” Añade, “aquello fue una época, y nosotros, una generación que hizo lo que debía. Éramos parte de algo más grande que nosotros mismos”.
En la despedida, antes de terminar me regala una reflexión final: “Un país entero es demasiado grande para guardarlo en las mano, pero lo puedes guardar en el corazón. Eso es lo que hicimos nosotros”.
Es mediodía y la humedad va a más en esta ciudad bulliciosa que expresa mejor que nada el dinamismo y potencial de un país en pleno crecimiento y desarrollismo. Nos despedimos agradecidos de Thuy, que vuelve a sus labores en el taller antes se irse a almorzar. Su testimonio nos ha permitido conocer sus recuerdos de una época que no debe volver a repetirse, pero que tampoco debe ser olvidada, ni aquí en Vietnam, ni en Estados Unidos.
*Esta entrevista tuvo lugar el 12 de agosto de 2025 y ha sido posible gracias a la traducción e interpretación de Yen, sobrina del entrevistado. Nuestro agradecimiento a ambos.
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