Ese sol de la infancia. Entrevista a Carmen Martí Fabra

Conversamos con una mujer cuya vida es un testimonio de fortaleza, conocimiento y una pasión inquebrantable por la belleza y la riqueza de las palabras en distintos idiomas. Nuestra invitada, Carmen Martí Fabra, ha dedicado su vida a la literatura, a la enseñanza y a la traducción e interpretación, atravesando fronteras lingüísticas y geográficas con la misma soltura con la que ha sorteado los desafíos de la vida.

Creció en la posguerra española, en un pequeño pueblo de Valencia (Anna), en un tiempo marcado por la escasez y la reconstrucción. Desde muy joven, Carmen encontró en la palabra escrita un refugio y una herramienta para comprender el mundo.

Su formación la llevó a estudiar Lenguas Modernas en la Universidad de Toulouse, Filología Francesa en la Universidad Autónoma de Barcelona y a diplomarse en la prestigiosa Escuela Internacional de Traductores e Intérpretes de la Universidad de Ginebra.

Carmen ha trabajado como profesora, traductora y escritora. Su obra refleja un profundo conocimiento del alma humana y de la memoria histórica. Es autora de una novela, Ese sol de la infancia. Publicada en 2015, es un mosaico de recuerdos y vivencias de su niñez en Anna, en plena posguerra.

También es autora de la entrevista “Ángel González, espía de palabras”, publicado en Aljamía, la revista de la Consejería de Educación y Ciencia de la Embajada de España en Marruecos, país donde Carmen fue asesora técnico-lingüística. Es autora de distintas narraciones recogidas en varias antologías y cofundadora del club de relatos “Relatopía”.

Su vida dio un giro inesperado al perder la visión hace algunos años, pero lejos de rendirse, ha encontrado nuevas formas de seguir creando, aprendiendo y enseñando. Hablamos con ella sobre su trayectoria y su obra*.

Pablo.- Carmen, muchas gracias por aceptar esta entrevista, un verdadero honor tenerte con nosotros.

Carmen.- Muchas gracias, el honor es para mí.

Pablo.- Vamos a comenzar hablando de tu infancia. ¿Cómo recuerdas tu infancia en la posguerra?

Carmen.- Pues muy feliz. Normalmente dicen que no, que los niños de la posguerra eran tristes, que pasaban hambre y más calamidades. Yo la recuerdo muy feliz y libre. Tenía una madre muy culta, que es la que me infundía también el amor por la lectura y por muchas cosas.

Pablo.- Estamos hablando de los años cuarenta, en un pueblo valenciano llamado Anna. Es allí donde transcurrieron los primeros años de tu infancia, en ese mundo de la posguerra.

Carmen.- Estuve de los seis a los once en ese pueblo. Cuando cumplí los doce mi padre nos reclamó desde Francia, terminada la Segunda Guerra Mundial.

Pablo.- Esas vivencias las has dejado reflejadas en un libro.

Carmen.- Sí, en un libro donde cuento lo que hacíamos los niños, las trastadas, los castigos de aquel entonces. Entonces sí se pegaba mucho a los niños, pero no se denunciaba, a diferencia de ahora.

Pablo.- Tu libro se titula “Ese sol de la infancia”, donde relatas las vivencias de un tiempo difícil pero feliz.

Carmen.- Exactamente, fue una infancia difícil. Hubo algún episodio triste, claro, que en aquel momento me hizo llorar. Por ejemplo, en relación con una maestra que tuve. Yo tenía una vista regular, tenía dioptrías, como mi padre, y quería estar en primera fila para ver bien la pizarra. Me dijo una vez la maestra: “no, los hijos de los rojos al fondo, que aquí no pueden estar”. Y eso, pues sí, me dio mucha pena. En Pascua era costumbre llevar regalos a los profesores. Mi madre me dijo: “no, a la maestra la pagan por su trabajo, no tienes que llevarle nada”. Mi tía Perpetua me dijo: “si no entregas nada se van a burlar de ti las niñas. Sube a ver si la gallina ha puesto algo”. Y bajé con dos huevos, los envolví en papel de periódico y de regreso me dijo mi tía: “vete y dáselos a doña Teresa”. Me puso un vestido que me había hecho mi madre de percal y me fui a ver a doña Teresa. Pero conmigo subía la hija del dueño de la tienda de las telas. Pues bien, ella llevaba un cesto de mimbre lleno con dos docenas de huevos y un paquete de azúcar y se lo dio. Y doña Teresa, exclamó agradecida “ay, muchas gracias, Isabelín. Qué rico, qué bien. Mira ahí, en esa mesa camilla hay unas estampitas, elige las que tú quieras”. Y mientras Isabelita elegía una, yo le entregué mis dos huevos. Me dijo la maestra: “bueno, comprenderás que yo por esto no te puedo dar nada”. Pero al final me dio una estampa del Cristo de las Eras, que es un Cristo que hay arriba del pueblo, en una ermita que está al borde de la carretera de Anna. Allí participaba en muchas cosas, entre otras, en recitar poesías en las fiestas. Gracias a mi madre pude leer bastante, sobre todo poesía y teatro.

Pablo.- ¿Y cómo marcó esa época tu manera de entender la vida? En España, cuando se habla de esa época, se habla de hambre y sufrimiento.

Carmen.- Mi madre sí sufría porque estaba sola, pero yo eso lo he entendido bastante más tarde. Tenía que sacar adelante a dos hijos. Estábamos con unas personas mayores que no habían tenido hijos, pero que nos acogieron con el corazón abierto. Eran dos hermanos casados con dos hermanas y juntos vivimos todos. Conocí el pan blanco a los doce años, pero no pasé hambre. Podía tomar patatas asadas en la lumbre y rollos de maíz que hacía mi madre. Mi tía participaba en la matanza del cerdo que se hacía en las casas del pueblo. Todos se ayudaban, pero ni pagaban ni cobraban. A ella siempre le daban algo de matanza cuando había terminado, y cuando regresábamos a casa me decía: “mañana tendremos torta con tocino”. Recuerdo también que íbamos al horno. Mi madre me ponía la tabla en la cabeza con las tortas. Eran cosas muy sencillas todas. No había televisión, con lo cual no podíamos comparar cómo vivían en otros países. Vivíamos como buenamente se podía.

Pablo.- ¿Y empezaste a leer ya en aquella época?

Carmen.- A mí me contaba mi madre lo que ella leía: libros que le prestaba su prima Leonor, esposa del médico del pueblo a quien mi madre ayudaba en los partos. Leía mucho. También montó una compañía de teatro con los jóvenes del pueblo que ganó muchos premios en Alcoy, y los beneficios se distribuían entre las necesidades de la gente del pueblo. Me llevaba a los ensayos. Después, los jóvenes nos acompañaban a casa y, cuando me quedaba dormida durante dichos ensayos, estos jóvenes me llevaban en brazos. Tuve una infancia feliz, sigo diciéndolo.

Pablo.- Es muy bonito escuchar esto. ¿Y cuándo o cómo descubriste tu pasión por la escritura?

Carmen.- Pasión por la escritura, ya después de jubilada. Por escribir tuve pasión, pero no me sentía capaz de escribir en castellano porque me había formado en Francia, pero sí sentía la necesidad de hacerlo. Y cuando no podía escribir, traducía. Y entonces, por ejemplo, La madre de Gorki que leí en francés, lo traduje e incluso redacté un guion. Y más tarde empecé a escribir cuentos y poesía. Surgía esa necesidad por algo que estaba sintiendo y que lo tenía que plasmar para que se quedara y no se perdiera. Esa pasión me llevó a los talleres de escritura. Asistí también a la escuela de cine. Hice muchos guiones. Frecuenté mucho la escuela de cine que está en la Plaza de Santa Ana, aquí en Madrid. Y entonces saqué una beca para ir a Cuba. Y allí conocí a García Márquez. Había leído varios libros de él aquí en España, pero cuando le escuché hablar, despertó todavía más mi pasión por su obra. Fue tan arrollador para mí descubrir a este señor en persona que cuando pude hablar con él me regaló su libro Me alquilo para soñar. A partir de ese momento, comencé a escribir.

Pablo.- ¿En qué año fue este viaje a Cuba?

Carmen.- Esta beca me la concedieron en el año 2006. Entonces tenía setenta y dos años. Estuve principalmente en San Antonio de los Baños. Fue una aventura increíble descubrir ese pueblo donde había niños pequeños leyendo, sentados sobre el poyete a la entrada de sus casas. En los barrios se hacían concursos de literatura de todos los cuentos que durante ese mes habían entregado al jurado. Era increíble. Aquello me maravilló.

Pablo.- Revivamos tu tiempo de estudios en Francia. ¿Cómo fue esa vida en la ciudad de Tours? ¿Cómo era la Francia de aquella época?

Carmen.- Desde luego, cuando llegué a Francia con doce años, puede decirse que no tuve allí una adolescencia como he visto que la han tenido después mis hijos aquí en España. Me sentía exiliada de alguna manera. No me sentía capaz de entrar en un grupo de gente de mi edad. Tuve una vida bastante solitaria en ese sentido. Iba a mis clases y al mismo tiempo daba clases en el Instituto a los extranjeros que llegaban. También fui guía del sindicato para enseñar los castillos del Loira de Touraine. No recuerdo mi adolescencia como una juventud vivida, ni ahí ni en Ginebra. Estaba volcada en mis idiomas, en aprender, en traducir. Y la interpretación es verdaderamente un oficio duro porque lo escuchas en un idioma y tienes que soltarlo inmediatamente en otro. No te da tiempo a pensar. Luego, cuando he reflexionado sobre esto, creo que paraliza un poco el pensamiento en el sentido de que solo te ciñes al vocabulario de la materia que sea y que figura en el tríptico del congreso. Era agotador. De hecho, no se puede trabajar más de dos horas diarias y que deben estar partidas en bloques de veinte minutos cada uno. Es un trabajo duro. Pero, afortunadamente, tuve mucho tiempo para leer allí en francés, sobre todo teatro, junto con la actriz Greta Prozor, hija del conde Maurice Prozor, diplomático y traductor de Ibsen. Y, claro, también leí mucho a Henrik Ibsen. Recuerdo con mucho agrado su Casa de muñecas. En el caso del teatro, creo que ese amor me venía por haber estado con mi madre cuando ella dirigía la compañía de teatro en Anna. Empecé a leer a fondo cuando mis hijos ya estaban criados. Aquí en Madrid estuve también dando clase en el Liceo Francés. Tuve la suerte de ser amiga de Gonzalo Torrente Ballester, que era entonces el crítico de teatro del diario Arriba. Me metí a fondo en la escritura después de jubilarme.

Pablo.- También tu época formativa transcurrió en Barcelona, en la Universidad Autónoma de Barcelona, para estudiar filología francesa.

Carmen.- En Barcelona estábamos estudiando unas metodologías avanzadas traídas por el profesor Julio Murillo. Estuve allí seis meses.

Pablo.- ¿Qué retos encontraste en el mundo académico y profesional en aquellos años?

Carmen.- En aquellos años hice los cursos de doctorado en la Universidad Complutense, con muy buenas calificaciones. Me propuse hacer la tesis sobre Albert Camus, que lo siento mucho más hispánico que francés. De hecho, él mismo creyó que se sentía más hispánico que francés. El director de tesis de dicha universidad me dijo que no, que eso no interesaba nada. Entonces pensé en otro proyecto. Y dije, bueno, pues hay un tema que me encanta, que es cómo en todos los siglos hay un autor, por lo menos en Francia, que escribe sobre cómo tiene que ser la educación. Y empecé con Gargantúa de François Rabelais y con Télémaque de François Fénelon. Propuse el tema otra vez, y nada, me dijo que eso no iba a interesar. Total, que al final no hice la tesis doctoral. Me sentí muy rechazada y dije, bueno, pues me dedicaré solo a dar clase. Dejé de hacer caso a los diplomas. Pero una hija mía, muy especial y enamorada de su madre, guardó todos esos títulos y diplomas. Cuando falleció, me los dieron mis nietos. Esos documentos demuestran que yo tenía ganas de estudiar y luchaba por ello, pero era complicado. Tuve cinco hijos.

Pablo.- Carmen, antes, off the record, hablábamos de que en el año 1997 llegaste a Marruecos. ¿Cómo fue tu experiencia viviendo y trabajando allí?

Carmen.- Junto con mi infancia, yo creo que fueron los años más felices que he podido vivir, los más satisfactorios y los más valorados por lo que hacía. La valoración allí era excesiva. Trabajé muchísimo porque allí no tenía a mi familia. Mis hijos se escapaban, venían a verme, pero yo vivía sola y un tiempo con una compañera catalana, Carmeta. Trabajamos mucho para sacar unos materiales increíbles y empezamos a inventar cosas para que nuestros alumnos marroquíes se enamoraran del castellano. De tal manera que en Fez, en apenas un año, triplicamos la matrícula del Instituto Cervantes. Fui muy feliz en Marruecos. Estuvimos bien acogidas, no sólo con los brazos abiertos, sino también con el corazón abierto. Una cosa increíble.

Pablo.- ¿Y cómo era Marruecos hace treinta años?

Carmen.- Había mucho analfabetismo. A pesar de ello, había algunas mujeres en la universidad, también algunas profesoras, majísimas. Lo que me valió mucho para conocer a fondo la sociedad de Marruecos fue la amistad que tuve con Fátima Mernissi, a quien en 2003 le concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Tuvimos un trato de amigas de toda la vida.

Carmen Martí Fabra en Marruecos

Pablo.- Antes nos contabas que los colegios españoles en Marruecos son una referencia. ¿Podrías darnos algunos detalles? Porque esto creo que es bastante desconocido para la sociedad española, y en general en el resto de Europa.

Carmen.- Pues había entonces unos nueve centros de EGB, ahora de la ESO. Estoy hablando del curso 97-98. Además, en Tetuán había un centro de formación profesional de enfermería. Era una formación buenísima. El nivel era altísimo, sobre todo en Tánger y Tetuán.

Pablo.- ¿Y en tu experiencia, Carmen, hablando con gente marroquí, cómo ven a España? ¿cómo nos ven?

Carmen.- Cuando llegamos y vimos que en Fez los franceses andaban siempre haciendo conferencias y abriendo colegios, vimos que podíamos hacer más, potenciar lo español, hablar de España. Empezamos a luchar. Como dije antes, se triplicó la matrícula del Cervantes en un año, no te digo más. Y, además, decíamos que el que sacase matrícula tenía beca para pasar un mes en verano en Granada. Nosotros traíamos todos los años a muchos maestros y profesores, también de universidad. Los llevábamos a Granada durante un mes, a una escuela especial de idiomas, donde les daban metodología puntera de castellano y muchos libros. Fue un éxito. Todos querían venir.

Pablo.- Después de tu etapa en Marruecos, te jubilas y empiezas a escribir narraciones y relatos.

Carmen.- Me compré con lo que había ganado en Marruecos una casa en Rincón de la Victoria, cerca de Málaga. Había allí una asociación de teatro que junto a diversos talleres de literatura en Málaga me tuvieron muy entretenida. Allí surgió el primer libro que publicamos, una obra colectiva que se tituló Déjame que te cuente, que es una antología de los que participábamos en esas actividades. Cuando regresé para vivir en Madrid, frecuenté muchas bibliotecas. Asistí a la escuela de escritores también, que es donde escribí los primeros capítulos. Allí me animaron a publicarlo. Total, que me lancé muy atrevida. Es mi infancia, que la tengo tan fresca y feliz en mi mente como la expongo en el libro.

Pablo.-También escribiste varios relatos en diversas antologías y una entrevista que me ha llamado la atención su título: Ángel González, espía de palabras, publicada en Aljamía, la revista de la Consejería de Educación de la Embajada de España en Marruecos.

Carmen.- Estoy muy orgullosa. Es una entrevista que le hice de dos horas. Conservo aún las casetes de la grabación, aunque ya no hay aparatos para poder ponerlas. Estoy muy orgullosa de esa entrevista. Ángel González está incluido en la llamada “Generación del 50”, junto con otros autores como Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Agustín Goytisolo y Carlos Barral.

Pablo.- ¿Y eres también cofundadora del club de relatos Relatopía?

Carmen.-Sí, éramos ocho fundadores del club Relatopía y teníamos unos boletines, porque entonces no contábamos con dinero para más. Unos boletines donde todos los meses publicábamos los cuentos que habían gustado más.

Pablo.-Y para terminar, Carmen, me gustaría que nos pudieras lanzar un mensaje de esperanza, de sabiduría. Tú superas todos los días desde hace ya varios años una gran adversidad, la invidencia. Sin embargo, sacas fuerza y sigues desarrollando tu vida con creatividad y muy activa.

Carmen.- La creatividad tiene muchas ramas o aspectos. En mi familia la han heredado también mis hijos, que son muy creativos. Eso tiene muchas ramas porque, por ejemplo, siempre que pude lo hice en mi trabajo dando soluciones a los retos que surgían. No solo era enseñar lengua y metodología. En vez de trescientas horas, con sesenta se podía enseñar a un alumno lo suficiente para lanzarse a hablar. Por ejemplo, se nos ocurrió a Carmeta y a mí que los profesores vinieran a escuchar las clases. Les prometimos que antes de salir de Marruecos tendrían todos una biblioteca en el centro donde ellos trabajaban enseñando español. Y lo conseguimos. Escribí a todos los consejeros de Educación de España, a todas las editoriales y al final logramos tener libros para llenar unas cien cajas para todo Marruecos. El siguiente objetivo fue poner una biblioteca en cada centro donde se enseñaba español. Y lo hicimos. Y así conseguimos muchas cosas, con creatividad. Pero te digo una cosa, mi viaje a Marruecos fue el viaje del redentor redimido, digo yo, como en El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes. Fue así donde aprendí a cómo formar seriamente al profesorado. En España sacas la licenciatura y vas directamente a trabajar con adolescentes, pero en Marruecos no es así. No se puede ir como “yo sé más que vosotros”. Así no funciona eso. Eso no se puede hacer. Tienes que ir al nivel del niño y tirar de él o del adolescente, tirar de él hacia ti. Hasta que ya le dejas en un punto que ya está completamente lleno de deseo de seguir y de aprender más. Ese, por lo menos, fue para mí el secreto. Y otra cosa que también hicimos allí: descubrimos que en la calle los chicos en cuanto cogían unos cuantos dirhams, se iban corriendo a jugar con los ordenadores, pero no sabían leer ni escribir. Entonces se me ocurrió acudir a una amiga mía de allí, que era la directora de prensa del Ministerio de Comercio, que también trabajaba con Fátima Mernissi, y la convencí para pedir a la embajada los equipos informáticos que ya no utilizaban. Así conseguimos doce ordenadores que llevamos a un pueblecito justo al lado de Fez. Eso ayudó a alfabetizar a los muchachos y así aprendían español más fácilmente. Me costó un disgusto, pero estoy muy orgullosa de ese centro.

Pablo.- Y, Carmen, ¿qué mensaje o qué consejo darías a maestros y profesores que trabajan en situaciones complicadas, basado en tu experiencia?

Carmen.- Pues, sobre todo, que se mezclen. En el ambiente en que están: si es un pueblo, un pueblo; si es un barrio, un barrio, y que vean ahí las necesidades. Y que a esas personas intenten transmitirles la energía suficiente para que levanten su vida. Porque la vida no se para, la vida sigue. Que levanten su vida porque siempre recibirán mucho más de lo que ellos entregan. Ese es el mensaje que puedo dar.

Pablo.- Qué mejor que terminar con esta reflexión. Carmen, muchas gracias por tu testimonio tan valioso. Gracias por compartirnos tu recorrido vital, tu sabiduría, las enseñanzas que has aprendido en la vida.

Carmen.- A vosotros, ha sido un placer, muchísimas gracias.

*Este texto es la transcripción de la entrevista emitida en la emisora argentina Estudio Radio, en el programa “Nuestro Mundo” que se emitió el 21 de marzo de 2025. Agradecemos a Carmen Sanz Peluffo (Menchi) su ayuda para hacerla posible y la revisión de la transcripción.

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