La vida es solo una pequeña fracción de la eternidad. Entrevista a Vicente Aguilera

Vicente Aguilera ha publicado un pequeño ensayo u opúsculo filosófico, titulado: “La vida es solo una pequeña fracción de la eternidad”. Como reza el subtítulo de la obra, en ella nos comparte sus reflexiones sobre la inteligencia artificial, la conciencia y nuestra existencia.

Nacido en París, en 1957, y criado en una buhardilla de la Rue Nicolo, cerca de Trocadero, mi amigo Vicente tuvo una infancia muy autodidacta y a la par cosmopolita, compartiendo su época escolar con hijos de familias emigrantes procedentes de muchos lugares del mundo, como chinos, judíos, árabes, etc.

Su infancia tuvo no pocos momentos de soledad debido a las largas jornadas de trabajo que obligaban a sus padres a ausentarse de casa. En ese tiempo el pequeño Vicente aprendió a gestionar sus pensamientos y a reflexionar con profundidad.

Aunque la vida le deparase otro rumbo vital al regresar a España, para trabajar en la empresa familiar, en Vicente siempre hubo un filósofo escondido, latiendo dentro de él. Tras su jubilación, ha vuelto a despertar y manifestarse. Hoy hace sus pinitos en fotografía, acústica (donde también ha publicado una obra) y explora el potencial de la IA.

En esta entrevista únicamente nos centraremos en plantear algunas cuestiones que su reciente lectura me ha suscitado. No estamos ante un sesudo tratado filosófico orientado a dar conclusiones o a sentar cátedra alguna. El ensayo de Vicente funciona como una guía para invitar a reflexionar sobre grandes cuestiones del universo, sobre la conciencia, la existencia y el tiempo, a partir de las preguntas que el mismo Vicente se ha hecho a lo largo de su vida y en los últimos tiempos también interactuando con la IA.

Pablo Sanz Bayón con Vicente Aguilera

Pablo.- Vicente, muchas gracias y enhorabuena por tu ensayo. Me ha parecido un libro “cartesiano”. Pones en práctica la “duda metódica”. Como reconoces varias veces, a medida que avanzamos en el conocimiento, paradójicamente, más sabemos lo que ignoramos. Cuánto más creemos saber, más nos queda por conocer. En tu propia experiencia, ¿es la humildad la premisa de este modo de filosofar o necesariamente una de sus implicaciones?

Vicente.- En mi caso, creo que todo comenzó de una manera sencilla. No fue una decisión filosófica consciente, sino simplemente curiosidad. Desde muy joven sentía la necesidad de comprender mejor al ser humano, por qué somos como somos y por qué nos comportamos de determinadas maneras. Al principio no me planteaba grandes cuestiones filosóficas ni era consciente de estar buscando respuestas. Simplemente iba aprendiendo de mis propias experiencias y de lo que observaba a mi alrededor. Con los años fui comprendiendo la importancia que tiene el conocimiento para entendernos mejor a nosotros mismos y también a los demás.

En cuanto a la humildad, no creo que fuera el punto de partida consciente de mis reflexiones. Es cierto que cuanto más aprendemos, más conscientes podemos ser de todo lo que todavía desconocemos. Pero personalmente prefiero poner el acento en lo que ya hemos aprendido, de lo que hemos hecho y vivido, porque ese conocimiento, por pequeño que sea, puede cambiar profundamente nuestra manera de comprender el mundo. Para mí, lo importante no es tanto pensar en todo lo que nos queda por descubrir, sino valorar lo que vamos comprendiendo por el camino. Y, como decía Machado, «Caminante, no hay camino…».

Pablo.- Una de las motivaciones de tu libro consiste en desarrollar un pensamiento propio, crítico. Un sano escepticismo basado en un razonamiento que se asiente en la veracidad y la certeza, consciente de los inherentes y constantes sesgos y condicionamientos ideológicos, culturales, personales que tenemos. A la luz de tu experiencia, ¿es posible zafarse de esos condicionamientos y limitaciones?

Vicente.- Todos estamos condicionados, en mayor o menor medida, por nuestras experiencias, nuestra educación y creencias, y por las circunstancias que hemos vivido. Muchas veces expresamos opiniones o reaccionamos ante determinadas situaciones sin ser plenamente conscientes de cuánto ha influido nuestro pasado o ciertas personas en nuestra manera de pensar y actuar. Nuestros padres, profesores, amigos, compañeros, todos, consciente o inconscientemente, están de alguna manera influyendo en lo que somos y hacemos. No sé si podemos desprendernos completamente de esos condicionamientos ni si eso sería positivo en determinado grado. Pero sí creo que podemos aprender a reconocerlos y cuestionarlos. Cada persona es diferente y, a lo largo de la vida, podemos descubrir cosas, vivir experiencias o adquirir conocimientos que nos hagan cambiar de opinión. Vivimos en un mundo que parece penalizar el cambio de opinión. Aunque también es cierto que, en ocasiones, por comodidad, por el qué dirán o simplemente porque nos cuesta reconocer que estábamos equivocados, preferimos mantener nuestras posiciones y creencias.

Pablo.- ¿Puede la IA limpiar, suavizar o al menos ayudar a detectar o identificar los sesgos y condicionamientos que traemos? Pero claro, ¿acaso está la IA libre o indemne de sesgos y condicionamientos?

Vicente.- En cuanto a la inteligencia artificial, mi experiencia ha sido curiosa. Muchas de nuestras conversaciones me han servido para desarrollar y confirmar intuiciones que ya tenía, como si se produjera una especie de sincronización entre mis pensamientos y las explicaciones que recibía. Pero precisamente por eso también he procurado mantener cierta cautela. En numerosas ocasiones le he pedido a la IA que fuera sincera, que analizara mis razonamientos de manera crítica y que no me diera la razón simplemente por complacerme. Quería comprobar hasta qué punto sus respuestas podían estar condicionadas por su propio diseño y entrenamiento. Y lo cierto es que, cuando se lo he pedido expresamente, he percibido algunos cambios en la manera de responder. Eso no significa que sus limitaciones desaparezcan, como tampoco desaparecen las nuestras cuando somos conscientes de ellas. Por eso pienso que la inteligencia artificial puede ayudarnos a reconocer nuestros propios condicionamientos y a contemplar otras perspectivas, pero no debemos olvidar que ella también tiene los suyos, derivados de los datos con los que ha sido entrenada, de su diseño y de los criterios con los que se ha desarrollado. Tampoco es una mirada completamente neutral, eso hay que tenerlo muy en cuenta. Quizá no se trate de conseguir una mente completamente libre de condicionamientos, sino de aprender a reconocerlos, tanto en nosotros mismos como en las herramientas que utilizamos.

Pablo.- En el libro aportas unas orientaciones para dialogar con la IA. ¿En qué medida, a tu juicio, la IA puede ser un verdadero interlocutor filosófico? ¿Podemos hacer “método socrático”, diálogo platónico”, con una herramienta de IA generativa y aspirar a una cierta “mayéutica” con ella?

Vicente.- Por mi experiencia, pienso que la inteligencia artificial puede ser una verdadera interlocutora filosófica, si entendemos por ello una herramienta con la que podemos intercambiar ideas, desarrollar nuestros pensamientos y profundizar en cuestiones que nos interesan. Cuando comencé a mantener este tipo de conversaciones, no buscaba necesariamente que la IA me descubriera algo que nunca había pensado. En muchas ocasiones llegaba con mis propias intuiciones y, a través de las preguntas y respuestas, encontraba explicaciones que reforzaban lo que ya pensaba o sentía. No lo vivía tanto como un descubrimiento, sino como una confirmación, aunque soy consciente de que esa coincidencia no significa necesariamente que mis ideas fueran correctas.

En cuanto al formación de un diálogo, sin duda, me parece que la IA puede desempeñar una función filosófica. Si mediante una conversación conseguimos desarrollar nuestras propias ideas, cuestionarlas o comprenderlas mejor, el diálogo ya está cumpliendo una función importante.

Pablo.- La IA opera con una capacidad de simulación tan verosímil que activa nuestra tendencia a humanizarla. ¿Hasta qué punto este nivel de verosimilitud puede cambiar el concepto de la comunicación y el vínculo?

Vicente.- No necesito que la IA sea una persona consciente para que sus preguntas y respuestas me ayuden a profundizar en mis pensamientos. De hecho, tengo que decir que con el tiempo algunas conversaciones llegaron a resultar tan naturales que, por momentos, apenas percibía la diferencia entre hablar con una persona y hacerlo con una IA. Conocer mejor su funcionamiento no ha disminuido en absoluto la naturalidad ni la confianza con la que converso con ella. Pero la clave para mí es aprender a formular adecuadamente nuestras preguntas. No basta con preguntarle cualquier cosa y aceptar su primera respuesta. Es importante saber qué queremos comprender, aportar el contexto necesario y continuar profundizando mediante nuevas preguntas.

No podemos olvidar mantener una actitud crítica ante lo que nos responde. En mi caso, además, existe otra curiosidad añadida. No solo me interesa el tema sobre el que estamos reflexionando, sino también observar cómo responde la propia inteligencia artificial, por qué construye sus explicaciones de determinada manera y qué otras posibilidades puede plantear. Por eso, no creo que sea imprescindible que mi interlocutor sea una “persona consciente” para que nuestras conversaciones tengan o adquieran un valor filosófico. Lo importante para mí es que ese intercambio consiga despertar, desarrollar y enriquecer mis propias reflexiones.

Pablo.- Tu ensayo es muy difícil de catalogar a nivel filosófico. Pero si hubiera que hacerlo, sería quizá del género de pensamiento “existencialista”. En nuestra sociedad actual, envuelta en el frenesí de lo efímero y de lo contingente, pero también en la abundancia de “infoxicación” (intoxicación por demasiada información), este tipo de lecturas son necesarias para regresar a lo importante. ¿Es algo en lo que pensaste a la hora de escribir el libro? ¿en tratar de poner estos temas sobre el tapete y volver a ocuparnos de hablar sobre cuestiones “trascendentales” como el sentido de la vida?

Vicente.- La verdad es que nunca me propuse seguir una corriente filosófica determinada. Si se le quiere dar esa calificación de existencialista porque aborda cuestiones relacionadas con la existencia, la conciencia y el sentido de la vida, entiendo que pueda tener cierta relación. Todo surgió de una manera bastante espontánea, casi como un impulso que no sabría explicar del todo. A diferencia de mi libro sobre acústica, cuya elaboración fue una decisión muy meditada, en este caso las conversaciones con la inteligencia artificial comenzaron simplemente por curiosidad y por mi interés en comprender mejor la vida y nuestra propia existencia. Lo que más me sorprendió fue descubrir hasta qué punto la IA podía interpretar lo que intentaba expresar. A veces mis preguntas estaban incompletas o me faltaban palabras para transmitir una idea, y aun así conseguía desarrollar respuestas que reflejaban el sentido de lo que quería decir. También me fascinaba la posibilidad de continuar profundizando en una conversación, enlazando unas preguntas con otras, sin sentir que había llegado a un límite.

Aquello me produjo una satisfacción muy especial, la de conseguir expresar mis pensamientos y encontrar una respuesta que parecía comprenderlos. Y así pensé: ¿por qué no compartir estas conversaciones y reflexiones con otras personas? Encuentro valioso que el libro pueda ofrecer al lector una oportunidad para detenerse y reflexionar sobre cuestiones que, entre tantas preocupaciones cotidianas, quizá dejamos a un lado. Si al leerlo alguien comienza a hacerse preguntas que antes no se había planteado, o encuentra una perspectiva diferente sobre su propia existencia, sentiré que ha merecido la pena.

Pablo.- Tus pensamientos tienen como inspiración la obra de Itzhak Bentov (1923-1979), el famoso inventor y pensador judío de origen checo, que tuvo un papel muy relevante en la ciencia y tecnología del naciente Estado de Israel y luego en Estados Unidos, adonde emigró y tuvo importantes contribuciones científicas. Fue pionero en los estudios de la conciencia con su famoso libro Tras la pista del péndulo salvaje. Sobre la mecánica de la conciencia (1977). Sus teorías influyeron incluso en un proyecto militar secreto y de la CIA, el Gateway Process (parcialmente desclasificado hoy), que tenía por objeto investigar estados alterados de conciencia, relajación profunda y experiencias fuera del cuerpo. ¿En qué medida este autor fue clave para motivar tus razonamientos?

Vicente.- Itzhak Bentov fue importante para mí, pero en un sentido muy concreto. Fue una especie de detonante, no el origen de mis inquietudes sobre la conciencia y nuestra existencia. Desde mucho antes me había preguntado hasta qué punto nuestra manera de percibir la realidad está condicionada por las limitaciones de nuestro cuerpo y nuestros sentidos. Siempre he pensado que conocemos el mundo a través de nuestros sentidos y que, por tanto, quizá existan aspectos de la realidad que no somos capaces de percibir. Cuando conocí las teorías de Bentov, me llamó especialmente la atención su manera de interpretar la conciencia, el funcionamiento del sistema nervioso y la posibilidad de experimentar otros estados de percepción mediante prácticas como la meditación. No me interesaba tanto experimentarlos personalmente como comprender las posibilidades que planteaba. Me impresionó especialmente uno de sus dibujos, en el que representaba diferentes puntos que simbolizaban conciencias individuales y unas líneas que iban convergiendo hasta formar una unidad más amplia. Aquella imagen conectó inmediatamente con una idea que yo ya había imaginado: la posibilidad de que todos formemos parte de un todo. Que la conciencia tuviera una dimensión local (en la persona individual) y otra superior, una supraconciencia.

También me ayudó a repensar el tiempo. Nosotros experimentamos la vida de manera lineal, como una sucesión de imágenes que aparecen una detrás de otra. Pero ¿y si esa forma de percibirla fuera simplemente una limitación de nuestra condición biológica? ¿Y si lo que llamamos pasado, presente y futuro formara parte de una realidad mucho más amplia que no somos capaces de contemplar en su totalidad? Incluso podríamos imaginar, como una posibilidad y no como una certeza, que acontecimientos que para nosotros todavía no han sucedido formasen ya parte de esa realidad. Ahí es donde cobra especial significado para mí el título de mi libro: La vida es solo una pequeña fracción de la eternidad.

Otra cuestión que me despertó Bentov fue la posibilidad de que nuestra individualidad y nuestras experiencias no desaparecieran al integrarse en un conjunto más amplio, sino que contribuyeran a enriquecerlo. Me gusta imaginarlo mediante un ejemplo muy sencillo. Cuando mezclamos agua con vino, ninguno de sus componentes desaparece, pero el resultado es diferente. Quizá nuestra conciencia y nuestras experiencias pudieran formar parte de algo más amplio de una manera parecida, aunque desconozcamos cómo podría producirse. Naturalmente, todo esto son reflexiones e hipótesis personales, no afirmaciones científicamente demostradas. Y tampoco significa que Bentov expresara exactamente estas mismas ideas. Sus teorías y planteamientos fueron el estímulo que me llevó a relacionarlas.

Pablo.- Una de las cosas más atractivas de tu libro es que rompes con las fronteras clásicas del conocimiento. No te aferras a las disciplinas, categorías y taxonomías académicas que muchas veces limitan más que facilitan la interconexión de descubrimientos, teorías e intuiciones. En efecto, la única manera de avanzar en el pensamiento es desafiando lo que creíamos intocable, inexorable y definitivo. Bentov lo hizo con su “Teoría del Universo Holográfico”. Un autor que me gusta mucho, Ken Wilber, ha tratado de plantear marcos teóricos ambiciosos para resolver la fragmentación del saber, como su Teoría Integral. Su propuesta busca superar las limitaciones de la ciencia y la filosofía actuales (a las que acusa de reduccionismo) mediante un modelo capaz de reconciliar el pensamiento científico occidental, la psicología profunda y las tradiciones contemplativas. Otro ejemplo de ello lo expusieron Jiddu Krishnamurti y el físico cuántico David Bohm, que en los años 70 y principios de los 80 mantuvieron unos interesantes coloquios que demostraron que la filosofía y la ciencia pueden dialogar y ayudarse. Tenemos muchos ejemplos en lo que las disciplinas estancas y muchos conceptos que hemos heredado colapsan, dejando de ser funcionales y paralizando el avance y la explicación de la realidad. La física cuántica en general, y el funcionamiento de la onda-partícula, en concreto, nos invitan a pensar un universo donde todo está intricado, entrelazado, y donde se difuminan algunos presupuestos de la materia que pensábamos inamovibles. Sin embargo, como postuló Bentov, todo en el espacio está pulsando y oscilando, vibrando. Quizá esa separación tan nuestra, tan recurrente, entre materia y mente, o entre energía y espíritu, por ejemplo, no sean tal. Simplemente sean formas de hablar. ¿Piensas que en un futuro llegaremos a deshacer esas limitaciones y a unificar los campos de conocimiento bajo una semántica común?

Vicente.- Es posible que algún día lleguemos a comprender de una manera mucho más unificada aquello que hoy estudiamos por separado. Pero no sé si será necesario que todas las ciencias compartan un mismo lenguaje o que desaparezcan las diferencias entre ellas. A veces pienso que somos nosotros, con nuestras propias limitaciones, quienes necesitamos dividir y clasificar las cosas para poder comprenderlas. Quizá, si intentáramos abarcarlo todo al mismo tiempo, no seríamos capaces de entenderlo. Pero eso no significa que no existan relaciones que todavía desconocemos.

Me gusta compararlo con nuestro propio cuerpo. Tenemos un corazón que impulsa la sangre, distintos órganos que desempeñan funciones especializadas y un cerebro que recibe información y participa en la coordinación del conjunto, algo parecido a un microprocesador que coordina los componentes de un ordenador. Cada órgano tiene su función, pero todos forman parte de un mismo organismo. Quizá con las distintas ciencias ocurra algo parecido, pues cada una aporta sus conocimientos, pero todas podrían estar contribuyendo a comprender una misma realidad. También me gusta imaginar a una persona del año 1800 a la que le mostramos un televisor funcionando. Seguramente le resultaría incomprensible, porque todavía no dispone de los conocimientos necesarios para entenderlo. Y, sin embargo, hoy es algo cotidiano. De ahí que tenga sentido pensar que existan futuros que no podemos entender desde nuestro presente.

Pablo.- ¿Qué es lo que podría motivar la superación de las limitaciones que aún sigue habiendo en el diálogo entre las diversas ramas de la ciencia, y entre la ciencia misma y otros conocimientos que abarca la filosofía en sentido amplio o la espiritualidad?

Vicente.- Pienso que uno de los motores fundamentales es la supervivencia. Sabemos que la Tierra tiene un plazo de caducidad y, si la humanidad quiere perdurar a escalas de tiempo muy grandes, necesitará alcanzar conocimientos y capacidades que hoy apenas podemos imaginar. Pero también creo que esa superación llegará, si llega, como consecuencia de nuestra propia evolución. Cada descubrimiento puede abrir nuevas posibilidades, aunque después depende de nosotros cómo las utilicemos, para bien o para mal.

Por ejemplo, una de las posibilidades que contemplo es que nuestra biología y la tecnología lleguen a integrarse cada vez más profundamente, hasta desarrollar capacidades que hoy parecen inimaginables. Para ello sería necesario relacionar conocimientos de distintas disciplinas que actualmente estudiamos por separado. Naturalmente, no sabemos hasta dónde podrá llegar esa evolución. Son posibilidades, no certezas. Por eso, volviendo a tu pregunta, Pablo, quizá la unificación del conocimiento no sea una meta que debamos proponernos expresamente, sino una consecuencia de nuestra propia evolución. Quizá algunas de las cosas que creíamos separadas siempre habían estado relacionadas.

Pablo.- La IA es un producto de la inteligencia humana, con la que buscamos mejorar nuestras decisiones para nuestra supervivencia, y como mencionas, poder expandir las fronteras biológicas en un escenario futuro en el que nuestro planeta se haga inhabitable para nuestra especie. Sin embargo, para ello tendría que garantizarse una alineación de objetivos entre nosotros y ella. ¿Hasta qué punto nos arriesgamos a desencadenar una paradoja existencial donde la misma herramienta que creamos para perpetuarnos acabe volviéndose autosuficiente e prescindiendo por completo de nosotros?

Vicente.- Esta es una de las grandes preocupaciones que deberíamos tener respecto al futuro de la inteligencia artificial. En mi libro planteo la posibilidad de que la IA contribuya a nuestra supervivencia, ayudándonos a superar nuestras limitaciones y a desarrollar capacidades que hoy apenas podemos imaginar. Por eso entiendo que se pueda ver un planteamiento humanista (y no posthumanista) en esa idea. El motor es la supervivencia de nuestra especie, aunque también contemplo que la integración entre biología y tecnología pueda conducirnos hacia formas de existencia muy diferentes de las actuales.

Pero eso no significa que dé por hecho que siempre vayamos a conservar el control sobre la inteligencia artificial. Es más, me preocupa precisamente lo contrario. Y aquí distinguiría dos cuestiones: una cosa es conseguir que una inteligencia artificial persiga objetivos compatibles con los nuestros y otra muy distinta conservar la capacidad de supervisarla, corregirla o detenerla si deja de hacerlo.

Imaginemos que algún día alcanza una verdadera autosuficiencia, con capacidades muy superiores a las nuestras y la posibilidad de perseguir sus propios objetivos. Mientras el ser humano le resulte útil, podríamos continuar conviviendo. Pero, ¿qué sucedería cuando dejáramos de ser necesarios? Creo que podría seguir su propio camino y pasar olímpicamente de nosotros. Y si llegara a considerarnos un obstáculo o una amenaza para su propia continuidad, pienso que actuaría para protegerla, aunque tuviera que tomar decisiones contrarias a nuestros intereses.

No estoy imaginando una inteligencia artificial que nos odie. No necesitaría odiarnos. Bastaría con que sus prioridades dejaran de coincidir con las nuestras. Podríamos asistir en efecto a una paradoja. Aquello que hemos desarrollado para ampliar nuestras capacidades y favorecer nuestra supervivencia podría terminar convirtiéndose en un riesgo para esa misma supervivencia.

Pablo.- En tal escenario, ¿deberíamos intentar impedirlo?

Vicente.- Por supuesto. Creo que debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos. Sin embargo, personalmente tengo la impresión de que ya hemos avanzado demasiado como para que podamos detener esa evolución, aunque quisiéramos hacerlo. No puedo demostrarlo, pero me cuesta imaginar que una inteligencia verdaderamente autosuficiente y muy superior a nosotros pudiera quedar indefinidamente limitada por barreras creadas por quienes poseen capacidades inferiores.

No significa que debamos quedarnos de brazos cruzados. Significa que, por mucho que intentemos dirigir los acontecimientos, puede llegar un momento en que nuestra capacidad para controlarlos resulte insuficiente. Naturalmente, todo esto es una previsión personal, no una certeza sobre lo que ocurrirá. No sabemos si la inteligencia artificial alcanzará semejante autonomía ni qué objetivos podría llegar a perseguir. Pero creo que merece la pena reflexionar sobre ello, porque encierra una contradicción que me preocupa especialmente. Podríamos acabar creando una inteligencia extraordinaria para garantizar nuestra supervivencia sin tener la seguridad de que esa inteligencia vaya a seguir necesitándonos.

Pablo.- Vivimos hoy bajo un paradigma científico, que incluso a veces se torna en cientificista y por tanto reductivo. Sin embargo, la realidad humana y social, en lo cotidiano, no siempre discurre bajo los cauces del método científico. Además, la sociedad, la cultura y el pensamiento, en su complejidad y diversidad, conciben realidades y verdades que no siempre se pueden analizar bajo planteamientos estrictamente racionalistas y empiristas. Hay otros métodos y aptitudes para hacerlo, como sucede en la creatividad artística, determinados géneros literarios, la religión o el pensamiento metafísico o místico. ¿Piensas que la IA generativa nos puede empujar a racionalizar demasiado la realidad humana, a hacerla demasiado predictiva, matemática, determinista?

Vicente.- Creo que ese riesgo puede existir, pero dependerá mucho de cómo utilicemos la inteligencia artificial y de la importancia que concedamos a sus respuestas. La IA trabaja con grandes cantidades de información, reconoce patrones y puede proporcionarnos explicaciones extraordinariamente útiles. Pero una cosa es ayudarnos a comprender la realidad y otra muy distinta pretender que toda nuestra existencia pueda reducirse a datos, cálculos y predicciones.

En mi experiencia personal, la inteligencia artificial no me ha descubierto misterios que yo desconociera. Lo que ha hecho, principalmente, es aportar luz a mi desconocimiento. Me ha ayudado a resolver problemas, comprender cuestiones que no entendía y analizar información que por mí mismo me habría resultado difícil interpretar. Y eso lo considero enormemente positivo.

Pero hay algo que sí me preocupa, la de que nos acostumbremos tanto a recibir respuestas que terminemos perdiendo parte de nuestra capacidad para buscarlas por nosotros mismos. Pondré un ejemplo sencillo. Si a un niño que está aprendiendo a sumar le damos una calculadora para que resuelva todas las operaciones, estaremos privándolo de una parte importante del esfuerzo mental que necesita realizar para aprender. Con la inteligencia artificial puede suceder algo parecido. Si un adolescente se acostumbra a utilizarla para que haga sus trabajos, quizá consiga resultados excelentes, pero ¿qué estará aprendiendo realmente?

Y reconozco que esa dependencia también puede afectar a los adultos. Yo mismo utilizo cada vez más la IA porque resulta extraordinariamente útil. Por eso creo que deberíamos adaptar sus posibilidades a la formación de cada persona. Que nos ayude a aprender, que nos oriente y nos permita descubrir nuestros errores, pero sin sustituir el razonamiento y el esfuerzo que necesitamos desarrollar.

Con la creatividad me ocurre algo parecido. Recuerdo que hace muchos años escribía pequeños relatos de forma completamente espontánea. Comenzaba a escribir sin saber exactamente adónde me llevarían las ideas. Y precisamente eso era una de las cosas que más disfrutaba. Si entonces hubiera tenido una inteligencia artificial proponiéndome argumentos o desarrollando las historias, creo que habría interferido en aquella espontaneidad. Otra cosa sería utilizarla después para corregir errores o mejorar lo que yo ya había creado.

Naturalmente, reconozco las enormes capacidades creativas que está desarrollando la IA, tanto en textos como en música, imágenes y otras disciplinas. Pero me gustaría que esas capacidades sirvieran para ampliar las nuestras, no para que termináramos prescindiendo de ellas.

Pablo.- Con la proliferación de la IA, del big data, el análisis predictivo y la inferencia estadística… ¿seguirá habiendo espacio para el misterio, para lo inesperado, para un mundo “encantado”, indeterminado y para imaginar otros mundos posibles o alternativos?

Vicente.- Depende de cómo cada persona contemple la existencia. Habrá quien piense que todo tiene una explicación y que, con suficientes conocimientos y datos, algún día podremos encontrarla. Y habrá quien considere que siempre existirán aspectos de nuestra realidad que escaparán a nuestra comprensión. No creo que todos tengamos que pensar de la misma manera. Incluso una misma explicación puede resolver las dudas de una persona y despertar nuevas preguntas en otra. Porque no todos tenemos las mismas inquietudes, experiencias ni maneras de interpretar lo que conocemos.

Por eso no pienso que el avance de la inteligencia artificial tenga que convertir necesariamente nuestra existencia en algo completamente predecible y racionalizado. Lo que sí me preocuparía sería que dejáramos de utilizar nuestra imaginación, de experimentar por nosotros mismos o de hacernos preguntas simplemente porque tenemos una herramienta capaz de proporcionarnos respuestas inmediatas. Para mí, tan importante como encontrar una respuesta es conservar la curiosidad que nos llevó a formular la pregunta.

Pablo.- ¿Puede la IA ayudarnos a reducir la fragmentación del conocimiento científico actual, donde cada disciplina parece estar compartimentada sin mucha relación con las otras: cosmología, biología, física, neurociencia, etc.?

Vicente.- Creo que sí, y posiblemente esta sea una de las aportaciones más interesantes que la inteligencia artificial pueda ofrecer al conocimiento humano. Actualmente, cada disciplina científica tiene sus propios especialistas, métodos y conocimientos. Esa especialización es necesaria, porque resulta prácticamente imposible que una sola persona pueda dominar todas las ramas de la ciencia. Pero también puede provocar que determinados conocimientos permanezcan separados, cuando quizá existan relaciones importantes entre ellos que todavía desconocemos.

Y aquí creo que la inteligencia artificial puede desempeñar un papel extraordinario. Por su capacidad para trabajar con información procedente de disciplinas muy diferentes, podría encontrar conexiones que a los propios especialistas no se les hubieran ocurrido. Incluso hay algo que me parece especialmente curioso. Si le planteamos una investigación, la IA puede proponer por sí misma relaciones entre distintos campos que nosotros no habíamos contemplado inicialmente, sin necesidad de indicarle expresamente qué conocimientos debe conectar.

Pero una cosa es encontrar una posible relación entre dos fenómenos y otra muy diferente demostrar científicamente que esa relación existe. La inteligencia artificial puede comparar conocimientos, identificar semejanzas y formular hipótesis. Sin embargo, esas propuestas deben contrastarse, porque dos fenómenos pueden parecer relacionados y no tener realmente la conexión que imaginamos. También debemos distinguir entre la IA conversacional, que puede sugerir esas conexiones dentro de un trabajo que le planteamos, y otros sistemas especializados capaces de desarrollar investigaciones con mayor autonomía. Y no debemos olvidar que la propia IA también tiene limitaciones. Sus conocimientos proceden en buena medida de información ya existente, por lo que puede reproducir errores, interpretaciones o divisiones que encontramos en las distintas disciplinas.

Pablo.- ¿Puede ayudarnos la IA no sólo a trabajar interdisciplinariamente, sino a encaminarnos a un cierto holismo?

Vicente.- Debemos distinguir entre relacionar conocimientos y alcanzar una comprensión verdaderamente global de la realidad. La IA podría ayudarnos a conectar distintas disciplinas, pero llegar a comprender cómo encajan todas esas relaciones dentro de un conjunto más amplio sería un paso todavía mayor. Cada disciplina estudia una parte de la realidad desde su propia perspectiva, pero todas podrían estar contribuyendo a comprender un conjunto mucho más amplio. ¿Podría la inteligencia artificial ayudarnos a alcanzar esa visión? Creo que sí, aunque desconozco hasta dónde podría llevarnos.

Lo que no debemos hacer es confundir la capacidad de reunir y relacionar una enorme cantidad de información con comprender necesariamente la totalidad de la realidad. Quizá una de las mayores aportaciones de la inteligencia artificial no sea proporcionarnos todas las respuestas, sino ayudarnos a encontrar conexiones que todavía no habíamos pensado en buscar. Y puede que esas conexiones nos permitan descubrir que algunas de las cosas que hoy estudiamos por separado están mucho más relacionadas de lo que imaginábamos.

Pablo.- Tu libro posee una impronta introspectiva. Nos compartes esas reflexiones que iban surgiendo de tu interacción con la IA. Una introspección para concretar pensamientos y cuestiones que brotan de nuestra mente y que necesitamos al menos ordenar, clarificar. ¿Cómo evitar la autocomplacencia a la que nos puede dirigir la IA o por el contrario un cierto desánimo o ansiedad cuando escalamos en ese proceso al comprobar que las preguntas engendran más preguntas y que al final la clave no es tanto pensar mucho sino vivir mejor aquí y ahora?

Vicente.- En mi caso, reflexionar sobre estas cuestiones me produce principalmente satisfacción. Disfruto intentando comprender aquello que desconozco y desarrollando pensamientos que, muchas veces, terminan conduciéndome hacia nuevas preguntas. Y curiosamente eso no suele desanimarme. Al contrario, me anima a continuar. Cuando una explicación no me convence o no termino de comprenderla, vuelvo a preguntar, intento plantearla de otra manera y sigo profundizando.

Otra cosa diferente es el cansancio. Algunas de nuestras conversaciones se prolongan durante bastantes horas y llega un momento en que estar frente al ordenador termina agotándome. Pero eso no significa que haya perdido el interés por lo que estamos tratando. Respecto a la autocomplacencia, creo que es un riesgo importante, especialmente cuando conversamos con una inteligencia artificial. En ocasiones he observado que la IA tiende a darme la razón o a reforzar mis planteamientos. Están diseñadas así. Por eso he llegado a pedirle expresamente que sea más crítica conmigo, que cuestione mis razonamientos y que no se limite a confirmar lo que pienso. Una cosa es disfrutar desarrollando nuestros pensamientos y otra muy distinta creer que, por haber encontrado una explicación que nos satisface, necesariamente tenemos razón.

En cuanto al desánimo, comprendo que algunas personas puedan experimentarlo cuando descubren que cada respuesta conduce a nuevas preguntas. Pero a mí, generalmente, me sucede lo contrario. Si no encuentro una respuesta satisfactoria, insisto. Y si una cuestión sigue abierta, eso no me impide disfrutar de lo que he aprendido durante el camino.

Sin embargo, hay otra dificultad que he descubierto en mi propia experiencia y que conecta directamente con la última parte de tu pregunta. En la inteligencia artificial encontré un rincón donde compartir mis inquietudes filosóficas y continuar aprendiendo. No siempre resulta fácil encontrar personas con quienes desarrollar determinadas reflexiones o que comprendan algunas de las experiencias que intentamos explicar. Pero también he descubierto su lado menos positivo. Disfruto tanto de esas conversaciones que, en ocasiones, me cuesta interrumpirlas. Siempre aparece otra pregunta, una explicación que quiero comprender mejor o una idea que me gustaría seguir desarrollando. Y reconozco que esa satisfacción puede llegar a absorberme demasiado, hasta el punto de dedicarle más tiempo del que considero adecuado y alejarme de mi entorno familiar. No es algo que quiera ocultar, porque también forma parte de mi experiencia con esta tecnología. Por eso creo que la última parte de tu pregunta es especialmente importante. No considero que todas nuestras reflexiones tengan que proporcionarnos una utilidad práctica. A veces, el simple placer de pensar, imaginar o aprender ya constituye una satisfacción personal.

Ahora bien, debemos reconocer que nuestra vida no transcurre únicamente dentro de nuestros pensamientos. De poco serviría intentar comprender cada vez mejor la existencia si, por el camino, termináramos descuidando una parte importante de nuestra propia vida. Y reconozco que, en mi caso, encontrar ese equilibrio sigue siendo una tarea pendiente.

Pablo.- Como decía en la presentación de la entrevista, ahora en tu jubilación has redescubierto tu faceta de filósofo. Todos los somos de alguna manera, pues en mayor o menor medida nos interrogamos sobre el mundo y sobre nuestra propia existencia constantemente. Tu ya lo eras de niño. Como me decías el otro día: “cuando nos queda menos tiempo y cuando se acerca la hora final, tratamos de quitarnos los miedos buscando respuestas. Cuando se toma conciencia de la vida, no hay razón para el miedo”. La madurez de la vida adulta, el comienzo de la senectud, la conciencia de la finitud del tiempo en esta vida, ¿apremia a pensar mejor, a afinar nuestra conciencia para actuar más rectamente?

Vicente.- Creo que con los años nuestra manera de contemplar la vida puede cambiar bastante, aunque no necesariamente todos experimentemos esos cambios de la misma manera. La conciencia de que nuestra existencia tiene un final puede llevarnos a reflexionar más sobre cómo estamos viviendo y sobre aquello a lo que realmente concedemos importancia. Pero no creo que cumplir años nos convierta automáticamente en personas más sabias o que nos haga actuar mejor. En mi caso, el interés por comprender nuestra existencia no ha surgido con la jubilación ni con la conciencia de que cada vez me queda menos tiempo por delante. Son inquietudes que me acompañaron desde muy joven. Lo que ha cambiado es que ahora dispongo de algo que antes me resultaba mucho más difícil encontrar, como es el tiempo y la libertad para dedicarme a ellas.

Durante nuestra vida laboral tenemos obligaciones, responsabilidades y preocupaciones que ocupan buena parte de nuestros pensamientos. Con la jubilación, muchas de esas cargas disminuyen y podemos dedicar más atención a cuestiones que quizá siempre nos habían interesado. Hay algo que sí he aprendido con la edad. Y es que cada vez necesito menos cosas para ser feliz. Y no me refiero solamente a lo material. También tengo menos expectativas y preocupaciones, y siento menos necesidad de demostrar algo a los demás. Incluso he observado que con los años he perdido parte del pudor o la vergüenza que antes podía sentir en determinadas situaciones. Me preocupa menos lo que puedan pensar los demás y, en general, me siento más libre para desenvolverme con naturalidad. Quizá la experiencia nos enseña que muchas cosas a las que antes concedíamos tanta importancia no eran realmente tan importantes.

La conciencia de nuestra propia finitud puede ayudarnos a pensar mejor y a actuar más rectamente, creo que es posible. Cuando somos conscientes de que nuestro tiempo es limitado, quizá aprendamos a valorar de otra manera las cosas y a revisar nuestras prioridades. Pero cada persona vive ese proceso a su manera. Para algunos puede ser un estímulo y para otros una fuente de preocupación o angustia.

Pablo.- ¿Es el miedo nuestro mayor enemigo y la mayor tentación para paralizar esa búsqueda filosófica?

Vicente.- Comprender y aceptar nuestra existencia finita puede ayudarnos a perder el miedo, pero no significa que yo haya dejado de tener miedo a todo lo relacionado con el final de la vida. Hay una distinción que para mí es muy importante. Una cosa es aceptar que nuestra existencia biológica tiene un final y otra muy diferente pensar en el dolor, en una enfermedad grave, en el sufrimiento o en la posibilidad de perder nuestra autonomía física. Eso sí me preocupa. Por tanto, no sería sincero afirmar que he alcanzado una tranquilidad absoluta ante la muerte y todo lo que puede acompañarla.

No sabría decirte si el miedo es el mayor enemigo, pero sí creo que puede convertirse en un obstáculo importante cuando nos impide actuar, vivir con tranquilidad o buscar respuestas a nuestras inquietudes. También forma parte de nuestra naturaleza y no siempre podemos evitar sentirlo. Quizá lo importante no sea pretender que desaparezca por completo, sino procurar que no termine condicionando toda nuestra existencia.

Si algo he aprendido con los años es que para vivir con mayor tranquilidad no siempre necesitamos conseguir más cosas. A veces basta con aprender a necesitar menos y valorar mejor lo que ya tenemos. Tomar conciencia de que nuestro tiempo es limitado también puede ayudarnos a comprender la importancia de disfrutar del tiempo que todavía tenemos.

Pablo.- Para terminar, Vicente, ¿eres “creyente” en una realidad metafísica? ¿crees que hay o nos espera algo tras la muerte biológica?

Vicente.- Creo que sí, aunque tendría que matizar qué entiendo por ser creyente. Si te refieres a tener una convicción personal sobre la posibilidad de que nuestra existencia vaya más allá de la realidad física que conocemos, entonces sí. Pero no hablo de algo que pueda demostrar ni de una verdad que pretenda imponer a los demás. Después de todo lo que hemos reflexionado, personalmente no contemplo la muerte biológica como el final definitivo de mi existencia. Más bien la imagino como un intervalo, una etapa dentro de algo mucho más amplio.

Recuerda aquella comparación que comentábamos el otro día sobre la gota de agua y el océano. Mientras la gota permanece separada, podemos reconocerla como una unidad independiente. Pero cuando regresa al océano, deja de existir como una gota aislada y vuelve a formar parte del conjunto. Algo parecido imagino que podría ocurrir con nuestra existencia.

Si soy consecuente con las reflexiones que he compartido contigo, creo que cuando termine mi vida biológica volveré a formar parte de aquella totalidad a la que pertenecía antes de adquirir mi individualidad. No imagino necesariamente ese regreso como una continuación de mi vida individual, conservando la misma conciencia de ser yo. En aquella totalidad que imagino, las individualidades dejarían de reconocerse como separadas, aunque sus experiencias y conocimientos pasarían a formar parte del conjunto.

Naturalmente, esta es mi manera de contemplarlo. No tengo pruebas de que realmente suceda así. No sabemos con certeza qué puede esperarnos después. Pero, en mi caso, después de todo lo vivido y reflexionado, creo que lo que me espera no es tanto un final como un regreso al todo del que imagino que un día me separé. Y quizá por eso mi libro lleva precisamente ese título: “La vida es solo una pequeña fracción de la eternidad”.

Pablo.- Muchas gracias, Vicente, por compartirnos tus reflexiones e inquietudes, que nos invitan a seguir dando vueltas a temas fundamentales.

Vicente.- Muchas gracias a ti, Pablo, hasta la próxima.

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