¡Es la energía, estúpidos!

Trucamos ligeramente el famoso lema electoral “Es la economía, estúpido”, creado por el estratega James Caville para la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992, con el fin de situar el eje del debate actual en la clave energética.

¿Y si todo estuviera conectado a la energía? ¿Y si las interminables crisis financieras, los conflictos geopolíticos y las oleadas de desinformación no fueran problemas aislados, sino síntomas de una realidad más profunda: el deterioro de la calidad energética y el avance implacable de la entropía?

En la obra Thermoeconomics in a time of Monsters, Warwick Powell presenta un marco conceptual novedoso que revela por qué el actual orden mundial se está desmoronando y por qué el control de los flujos energéticos se ha convertido en el imperativo estratégico de las grandes potencias. Powell resulta un autor muy interesante, como veremos a continuación. Es profesor adjunto en la Universidad Tecnológica de Queensland (QUT) en Australia y un reconocido experto en cadenas de suministro, tecnología blockchain y en economía política internacional.

Hay dos conceptos centrales del análisis de Powell. En termodinámica, como es sabido, la entropía se refiere a la tendencia natural de un sistema hacia el desorden creciente y la disipación de energía útil (Segunda Ley de la Termodinámica). Las sociedades deben contrarrestar continuamente este proceso absorbiendo energía de alta calidad (baja entropía) y transformándola en estructuras ordenadas: infraestructura, cadenas de suministro e instituciones. Estos esfuerzos para “contrarrestar” se conocen como intervenciones negentrópicas. El EROEI (Tasa de Retorno Energético de la Energía Invertida) mide cuánta energía neta utilizable queda después de restar la energía consumida en extracción, procesamiento e infraestructura. Un EROEI decreciente significa que se debe invertir cada vez más energía simplemente para producir la misma cantidad de energía utilizable. Powell lo resume de forma concisa: un EROEI descendente es “la aritmética de la entropía socioeconómica”, la matemática invisible del declive social.

En su nuevo libro, Powell propone una reformulación radical de la economía, la geopolítica y la trayectoria de la civilización global. Basándose en más de 300 años de pensamiento económico —desde Adam Smith y Karl Marx hasta Giovanni Arrighi— e integrando la termodinámica, la teoría de la información y el análisis monetario heterodoxo, Powell concibe las sociedades humanas no como sistemas de mercado abstractos, sino como máquinas de transformación de energía. Desde esta perspectiva, las economías son sistemas metabólicos abiertos, inmersos en una lucha perpetua contra la entropía. El motor principal de la prosperidad, la estabilidad y el poder residiría pues en el flujo, la calidad y el excedente de energía. Cuando este excedente se agota, las sociedades se enfrentan a tensiones estructurales que se manifiestan en burbujas financieras, deterioro institucional y conflictos geopolíticos.

En el centro del marco teórico de Powell se encuentra una comprensión termodinámica de la actividad económica. Las sociedades requieren dos insumos fundamentales. De una parte, energía biológica (alimentos) para las personas y, de otra, energía mecánica, química y eléctrica (combustible) para las máquinas. Estos insumos permiten la producción, la reproducción social y, lo que es más importante, la generación de excedente energético. Sin un excedente suficiente, la complejidad civilizatoria se desmorona.

La termodinámica impone leyes fundamentales a este proceso. La primera ley nos recuerda que la energía solo se transforma, no se crea. La segunda ley dicta que la entropía —el desorden, la degradación y el desperdicio— aumenta inevitablemente. Las civilizaciones humanas contrarrestan esto mediante intervenciones negentrópicas, construyendo infraestructuras, organizando cadenas de suministro, desarrollando instituciones y creando sistemas ordenados que generan temporalmente grandes excedentes de energía. Las civilizaciones prosperan cuando estas intervenciones tienen éxito, pero declinan cuando no logran mantener o renovar la referida eficiencia energética.

Powell introduce, como decíamos, el concepto de Retorno Energético sobre la Energía Invertida (EROEI) como una métrica fundamental. Un EROEI decreciente —que implica obtener menos energía neta por cada unidad invertida en extracción o producción— genera una creciente tensión sistémica. Los modelos económicos tradicionales que ignoran los flujos de energía y las limitaciones materiales son, en su opinión, fundamentalmente ciegos. Consideran el precio como la única medida de valor, desvinculado de la realidad física, y por lo tanto no pueden anticipar las crisis energéticas, las inestabilidades financieras ni los límites más profundos del crecimiento.

Powell analiza las sociedades a través de tres circuitos interconectados que deben permanecer equilibrados para lograr la estabilidad. En primer lugar, el circuito material. Esta es la “economía real” —agricultura, industria, infraestructura y cadenas de suministro— donde la energía se transforma físicamente en productos útiles. Esta economía ve constantemente desafiada por la entropía a través del desgaste, los residuos y la degradación. En segundo lugar, estaría el circuito financiero. Las finanzas sirven como garantía de valor futuro y como mecanismo para movilizar recursos para proyectos a gran escala. Sin embargo, las garantías financieras tienden a crecer más rápido que la producción energética real, generando «capital ficticio», burbujas de activos y, finalmente, crisis financieras. La financiarización no puede resolver los déficits energéticos subyacentes; solo los enmascara temporalmente. En tercer lugar, se situaría el circuito de la información. Se suele asumir que la información reduce la entropía al generar orden y coordinación. Powell argumenta lo contrario: crear, almacenar y validar información consume energía. Cuando el coste energético de la información supera su valor estabilizador, se convierte en “ruido” entrópico o desinformación. En una era de sobrecarga informativa, el ruido excesivo desestabiliza las sociedades al socavar la coordinación entre los sistemas materiales y financieros.

Los desequilibrios entre estos circuitos —especialmente el predominio de las finanzas y la información sesgada sobre la realidad material— caracterizan los períodos de declive. Ante esta situación, Powell contrasta la economía política clásica (Smith, Ricardo, Mill, Marx) con la revolución neoclásica que se consolidó entre 1890 y 1920. Los pensadores clásicos enfatizaron la creación de valor, el excedente, el trabajo y las condiciones materiales para la reproducción social. Advirtieron contra el rentismo y la financiarización descontrolada.

La economía neoclásica, sin embargo, redujo el valor de uso y el valor de cambio a una única señal de precio abstracta, borrando las distinciones de calidad energética, mano de obra y limitaciones físicas. En la era neoliberal de las décadas de 1980 y 1990, las políticas partían de la premisa de que los mercados eran casi perfectos, los precios reflejaban toda la información relevante y los límites de los recursos eran irrelevantes. El resultado fue una subinversión crónica en capacidad productiva, una obsesión con los mercados financieros, el deterioro de las infraestructuras y la desindustrialización de Occidente. Powell sostiene que este cambio ideológico dejó a Occidente frágil e incapaz de percibir cambios reales en el poder global, sobre todo el ascenso de China, vertiginoso a partir del nuevo siglo.

Según el análisis de Powell, el poder global deriva, en última instancia, del control sobre el excedente neto de energía. Cuando la tasa de retorno energético (EROEI) interna de una gran potencia disminuye, pierde fortaleza estructural y depende cada vez más de la financiarización, seguida de estrategias imperialistas para asegurar fuentes de energía externas de alta calidad.

Según el autor, Estados Unidos se encuentra en esta fase. A pesar de la abundancia de hidrocarburos, el petróleo de esquisto estadounidense sufre una disminución del EROEI (tasa de retorno energético). Los costes de extracción y refinación aumentan considerablemente, mientras que la infraestructura se queda rezagada: redes obsoletas, escasez de transformadores, limitaciones de cobre y una creciente demanda de electricidad por parte de los centros de datos de IA serían señales o evidencias de una entropía cada vez mayor.

La respuesta, argumenta Powell, es el imperialismo termodinámico, consistente en utilizar la influencia militar y financiera para controlar los recursos energéticos y los enclaves estratégicos globales, negándoselos a los rivales. Algunos ejemplos incluyen la presión sobre Venezuela (con crudo pesado apto para las refinerías estadounidenses), las tensiones con Irán y el enfoque estratégico en el estrecho de Ormuz y otros cuellos de botella o puntos de estrangulamiento (choke points) del transporte marítimo internacional.

Por el contrario, China reconoció su vulnerabilidad hace décadas, en particular su dependencia de las rutas marítimas controladas por Estados Unidos, como el estrecho de Malaca. A principios de la década de los 2000, emprendió una estrategia deliberada de soberanía energética mediante una inversión masiva en energías renovables, electrificación, cadenas de suministro nacionales y la Iniciativa de la Franja y la Ruta para diversificar sus rutas de importación. A mediados de la década de 2010, China había alcanzado un EROEI competitivo en energía solar, baterías y vehículos eléctricos, convirtiéndose en líder mundial en estas tecnologías. Ahora avanza hacia sistemas de próxima generación, incluyendo reactores de torio, investigación en fusión nuclear y almacenamiento y reciclaje a gran escala. Powell considera que China está renovando activamente su base energética y manteniendo una trayectoria ascendente del EROEI, lo que le otorga una ventaja estructural en el emergente orden multipolar.

Powell sugiere que vivimos en la “época de los monstruos” de Antonio Gramsci, una suerte de interregno entre un orden unipolar decadente, liderado por Estados Unidos y centrado en los hidrocarburos, y un mundo multipolar en auge, fundamentado en nuevas bases energéticas (electricidad, energías renovables y sistemas industriales integrados). Esta transición está produciendo turbulencias sistémicas: burbujas financieras, caos social y colapso institucional, crecimiento explosivo de la desinformación y la radicalización ideológica, conflictos geopolíticos por los recursos energéticos y los enclaves estratégicos.

Por esta razón, los conflictos como los que involucran a Irán o Venezuela con el hegemón norteamericano no son principalmente ideológicos ni se limitan a cuestiones de «seguridad». Reflejan presiones estructurales más profundas que tendrían, siguiendo esta teoría, como eje la disminución de la eficiencia energética en Occidente, lo cual impulsa la geoestrategia por asegurar o negar el acceso a recursos con alta tasa de retorno energético (EROEI), controlar la geografía estratégica y externalizar la entropía interna. Las interrupciones energéticas, a su vez, desencadenan crisis alimentarias (debido a la escasez de fertilizantes) e inestabilidad generalizada, creando una espiral de entropía y conflicto que se retroalimenta.

En síntesis, la obra de Powell resulta perspicaz y sugerente porque explica científicamente y no ideológicamente por qué los modelos económicos convencionales están fracasando repetidamente en la predicción de crisis energéticas y sistémicas, y nos permite comprender mucho mejor que numerosos economistas y analistas financieros cómo la expansión del crédito y el capital ficticio sirven como paliativos temporales ante las limitaciones energéticas. Y lo que es más importante, Powell fundamenta la geopolítica en la realidad material, en lugar de en la ideología abstracta. La competencia entre Estados es, en esencia, una lucha por quién puede organizar y mantener mejor los flujos de energía de alta calidad en un mundo regido por leyes termodinámicas.

Y aquí emerge la cuestión final de la soberanía energética, es decir, el control seguro por los Estados sobre las propias fuentes de energía e infraestructura de alta calidad. Esta soberanía no es, por lo tanto, opcional, sino existencial. Los países que logren desarrollar con éxito una capacidad negentrópica (sistemas energéticos y cadenas de suministro robustos y ordenados) estarán mejor posicionados para el futuro. Aquellos gobiernos y sociedades que se aferren a modelos obsoletos y dependan de infraestructuras externas correrán el riesgo de volverse frágiles y colapsar.

Las crisis interconectadas – económicas, políticas, informativas y geopolíticas – son expresiones interrelacionadas de un proceso subyacente que Powell atribuye a la lucha por mantener o recuperar la soberanía energética en la medida en que el antiguo orden energético y tecnocientífico se está desmoronando y uno nuevo emerge. Comprender esta perspectiva “termoeconómica” es clave para interpretar la actualidad y afrontar la turbulenta «época de monstruos» que se avecina.

Torna in alto