Albert Cortina: “Transhumanismo y conocimiento profético”

Nel novembre del 2019 pubblicammo due saggi di Albert Cortina dal titolo “Transhumanismo y conocimiento profético”. Si riferiscono ad archetipi che sempre informano atteggiamenti e comportamenti, ma oggi vengono esacerbati dall’evoluzione tecnologica. In tale ambito ritorna il confronto col libro dell’Apocalisse, che pone l’umanità di fronte al tema delle “cose ultime”: un tema rifuggito dal tran tran quotidiano, ma che si ripresenta con forza nei momenti di crisi come quello in cui si sta vivendo allo scadere del primo quarto del XXI secolo. Per questo riproponiamo qui, e uno di seguito all’altro, i due citati saggi. Albert Cortina, urbanista e giurista, è uno dei più importanti studiosi del transumanesimo.

I – Transformación y restauración de la naturaleza humana

Pese a que el transhumanismo es un movimiento que incluye orientaciones muy diversas, esta ideología emergente propia de la actual revolución cultural de la hipermodernidad, bien podría ser caracterizada como la búsqueda del mejoramiento humano (físico, mental, moral) mediante procedimientos tecnológicos, fundamentalmente a través de las biotecnologías, de la robótica y de la inteligencia artificial.

En su versión más radical, este nuevo mesianismo tecnológico promueve el advenimiento de una especie posthumana, es decir, la extinción del sujeto común humano para llegar a una entidad con unas características excepcionales que lo situarían por encima del resto de criaturas. El “nuevo hombre” y la “nueva humanidad” alcanzarían esa condición posthumana gracias a las biotecnologías emergentes una vez se manifieste la Singularidad, fenómeno que los transhumanistas predican que acontecerá con la irrupción de la Superinteligencia, un momento claramente disruptivo en la evolución biocultural del ser humano y en la historia de la humanidad.

Las promesas que se hacen en nombre del transhumanismo/posthumanismo son muy ambiciosas, tales como la victoria final sobre la muerte; y algunas de ellas resultan sumamente inquietantes. Se pretende, al fin y al cabo, tomar las riendas de nuestra propia evolución y, con ello, culminar un proceso de artificialización de toda la naturaleza.

Por todo ello, cada vez resulta más necesario tomarse en serio el discurso transhumanista y reflexionar sobre su verdadero alcance y sobre los presupuestos que encierra.

Como señala el filósofo español Antonio Diéguez, una parte muy significativa de los críticos del transhumanismo han basado sus objeciones en la tesis de que existe alguna propiedad fundamental de los seres humanos (de origen natural o no, según los autores) que impone límites estrictos a lo que puede legítimamente hacerse con ellos, como el carácter donado de la vida y la ética que de ello se sigue (Sandel 2007), o la inviolabilidad de una naturaleza humana que se considera sustento de nuestra dignidad como personas y condición básica de nuestra existencia como seres morales que se comprenden a sí mismos como tales (Fukuyama 2002, Habermas 2002).

Sin embargo, en opinión de Diéguez, el problema principal que presentan estas críticas basadas en la transgresión de un supuesto “orden natural”, es que no pueden ser atendidas por los que no creen en la existencia de ese orden prefijado en lo concerniente a lo humano, o no encuentran ningún sentido plausible a las expresiones ‘ir contra la dignidad humana’, o ‘desconsiderar el carácter donado de la vida’. Y, obviamente, sería difícil encontrar a un partidario del transhumanismo, que piense que estas expresiones designan algo objetivable.

Desde la perspectiva transhumanista, lo que está en discusión es precisamente que haya un orden natural inviolable, o una naturaleza humana estable y con carácter normativo.

Es por eso que en mi opinión, la filosofía basada en el humanismo integral, la doctrina social de la Iglesia Católica y la teología cristiana deberían en este momento estar disertando sobre qué cambios sufrirá la naturaleza humana con la llegada del Milenio y cómo desde la cosmovisión cristiana se entiende que la persona humana misma será restaurada, cuasi recobrando así el estado primigenio: “Todos seremos transformados” (I Cor 15, 51).

Últimos tiempos y recopilación de todas las cosas en Cristo

La mayoría de las personas que sostienen una cosmovisión cristiana de la historia de la humanidad identifica equivocadamente los “Últimos Tiempos” con el “Fin del Mundo”. Según Alberto Villasana, teólogo, filósofo y humanista mexicano, esto se debe no solo a que la palabra “último” evoca lo postrero y más remoto, sino a que en occidente prevaleció la interpretación post-agustiniana en la que no se explicaba la concreción de que Jesucristo vaya a reinar por “mil años” en este mundo.

Para Villasana, el inicio de esa confusión se debe precisamente a San Agustín ya que en su obra “La Ciudad de Dios” el gran teólogo cristiano tratando de combatir la herejía de Cerinto, espiritualizó tanto el Reino de Cristo, que llevó a que sus intérpretes confundieran el Fin de los Tiempos con el Fin del Mundo, y el Reino de Cristo con el Cielo.

Por el contrario, los primeros Padres de la Iglesia concebían los Últimos Tiempos como el período de purificación que precede al retorno glorioso de Cristo, quien volverá para derrotar el mal y reinar en el mundo por un período de tiempo amplio.

De este modo, en su Primera Venida, Cristo se manifestó como Rey del Universo y Redentor de toda la humanidad de forma humilde, como un niño pequeño nacido en un sencillo pesebre.  En ese momento singular de la història, Jesucristo propuso su Reino de Amor desde la Cruz (también llamada Árbol de la Vida), es decir, desde un “trono” exento del poder mundano que habitualmente atribuimos a la realeza. En la Cruz, Cristo Rey del Universo hizo entrega desinteresada de su Persona Divina-Humana a Dios Padre para restaurar en comunión con el Espíritu Santo a la Creación entera de su degradación y redimir así al ser humano del pecado y de la muerte ocasionada por la caída original.

Jesucristo – el nuevo Adán – abrazó de este modo amorosamente con sus brazos extendidos en cruz a toda la humanidad para ofrecer ese sacrificio al Padre cumpliendo así su misión de Salvador de todo el género humano. Una cruz que coincide con el signo matemático de la suma y que por ello, es bonito pensar que desde la entrega por amor desinteresado nos hizo +humanos.

En cambio, en su Segunda Venida, Cristo se manifestará en toda su Gloria como Rey del Universo para hacer nuevas todas las cosas y restaurar la Creación.

En este sentido, para Villasana los Últimos Tiempos resultan ser “el periodo de la siega donde el trigo y la cizaña son separados después de haber crecido juntos a lo largo de la historia. Los Últimos Tiempos son la purificación global antes del Retorno de Cristo. Son el final de la historia humana como la conocemos hasta ahora, antes de que el mundo y la naturaleza humana sean completamente renovados, cumpliéndose así el designio original de Dios”.

Las palabras de San Mateo sobre ese periodo de purificación global “como no la ha habido ni la habrá jamás”, referidas a la Gran Tribulación (Mt 24, 21), infieren claramente según el profesor Villasana que la historia humana continuará después de los Últimos Tiempos y que una purificación de este tipo no volverá a suceder.

Sorprendentemente, el Papa San Juan Pablo II rescató la interpretación original sobre los Últimos Tiempos cuando, en una de las primeras catequesis de este milenio (14.02.2001), al analizar el Apocalipsis a la luz del gran teólogo San Ireneo, Padre de la Iglesia del siglo II, explicó que la “recapitulación” de todas las cosas en Cristo se realizará en esta historia y en esta Tierra, si bien totalmente transformadas.

Por su enorme interés en estos tiempos inciertos y de gran confusión, reproducimos a continuación las palabras de San Juan Pablo II en la audiencia general del 14 de febrero de 2001:

“1. El plan salvífico de Dios, “el misterio de su voluntad” (Ef 1, 9) con respecto a toda criatura, se expresa en la carta a los Efesios con un término característico: “recapitular” en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra (cf. Ef 1, 10). La imagen podría remitir también al asta en torno a la cual se envolvía el rollo de pergamino o de papiro del volumen, en el que se hallaba un escrito: Cristo confiere un sentido unitario a todas las sílabas, las palabras y las obras de la creación y de la historia.

El primero que captó y desarrolló de modo admirable este tema de la “recapitulación” fue san Ireneo, obispo de Lyon, gran Padre de la Iglesia del siglo II. Contra cualquier fragmentación de la historia de la salvación, contra cualquier separación entre la Alianza antigua y la nueva, contra cualquier dispersión de la revelación y de la acción divina, san Ireneo exalta al único Señor, Jesucristo, que en la Encarnación une en sí mismo toda la historia de la salvación, a la humanidad y a la creación entera: “Él, como rey eterno, recapitula en sí todas las cosas” (Adversus haereses III, 21, 9).

2. Escuchemos un pasaje en el que este Padre de la Iglesia comenta las palabras del Apóstol que se refieren precisamente a la recapitulación en Cristo de todas las cosas. En la expresión “todas las cosas” -afirma san Ireneo- queda comprendido también el hombre, tocado por el misterio de la Encarnación, por el que el Hijo de Dios “de invisible se hizo visible, de incomprensible comprensible, de impasible pasible, y de Verbo hombre. Él ha recapitulado en sí todas las cosas para que el Verbo de Dios, como tiene la preeminencia sobre los seres supracelestes, espirituales e invisibles, del mismo modo la tenga sobre los seres visibles y corporales; y para que, asumiendo en sí esta preeminencia y poniéndose como cabeza de la Iglesia, pueda atraer a sí todas las cosas” (ib., III, 16, 6). Este confluir de todo el ser en Cristo, centro del tiempo y del espacio, se realiza progresivamente en la historia superando los obstáculos y las resistencias del pecado y del maligno.

3. Para ilustrar esta tensión, san Ireneo recurre a la oposición, que ya presenta san Pablo, entre Cristo y Adán (cf. Rm 5, 12-21): Cristo es el nuevo Adán, es decir, el Primogénito de la humanidad fiel que acoge con amor y obediencia el plan de redención que Dios ha trazado como alma y meta de la historia. Así pues, Cristo debe eliminar la obra de devastación, las horribles idolatrías, las violencias y todo pecado que el rebelde Adán diseminó en la historia secular de la humanidad y en el horizonte de la creación. Con su plena obediencia al Padre, Cristo inaugura la era de paz con Dios y entre los hombres, reconciliando en sí a la humanidad dispersa (cf. Ef 2, 16). Él “recapitula” en sí a Adán, en el que toda la humanidad se reconoce, lo transfigura en hijo de Dios y lo vuelve a llevar a la comunión plena con el Padre. Precisamente a través de su fraternidad con nosotros en la carne y en la sangre, en la vida y en la muerte, Cristo se convierte en “la cabeza” de la humanidad salvada. Escribe también san Ireneo: “Cristo recapituló en sí toda la sangre derramada por todos los justos y por todos los profetas que existieron desde el inicio” (Adversus haereses V, 14, 1; cf. V, 14, 2).

4. El bien y el mal, por consiguiente, se consideran a la luz de la obra redentora de Cristo. Como insinúa san Pablo, la redención de Cristo afecta a la creación entera, en la variedad de sus componentes (cf. Rm 8, 18-30). En efecto, la naturaleza misma, sujeta al sinsentido, a la degradación y a la devastación provocada por el pecado, participa así en la alegría de la liberación realizada por Cristo en el Espíritu Santo.

Así pues, se delinea la realización plena del proyecto original del Creador: una creación en la que Dios y el hombre, el hombre y la mujer, la humanidad y la naturaleza estén en armonía, en diálogo y en comunión. Este proyecto, alterado por el pecado, lo restablece de modo admirable Cristo, que lo está realizando de forma misteriosa pero eficaz en la realidad presente, a la espera de llevarlo a pleno cumplimiento. Jesús mismo declaró que él era el fulcro y el punto de convergencia de este plan de salvación, cuando afirmó: “Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Y el evangelista san Juan presenta esta obra precisamente como una especie de recapitulación, un “reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 52).

5. Esta obra llegará a su plenitud al concluir la historia, cuando, como recuerda san Pablo, “Dios será todo en todos” (1 Co 15, 28).

La última página del Apocalipsis, que se ha proclamado al inicio de nuestro encuentro, describe con vivos colores esta meta. La Iglesia y el Espíritu esperan e invocan ese momento en el que Cristo “entregará a Dios Padre el reino, después de haber destruido todo principado, dominación y potestad. (…) El último enemigo en ser destruido será la muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo los pies” de su Hijo (1 Co 15, 24-27).

Al final de esta batalla, cantada en páginas admirables por el Apocalipsis, Cristo llevará a cabo la “recapitulación” y los que estén unidos a él formarán la comunidad de los redimidos, que “ya no será herida por el pecado, por las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren a la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica, en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1045).

Tal y como afirma Alberto Villasana, según el Apocalipsis, el Juicio final y definitivo se dará, sí, al final de la historia humana, pero la Parusía o Retorno glorioso de Jesucristo se coloca al inicio de un largo período de paz y de bienestar universal que es inaugurado por la condescendiente aparición del Señor de la historia al final de la Gran Tribulación, purificación global que sella los Últimos Tiempos.

En sentido amplio, en palabras de Villasana, podemos estar seguros de que los Últimos Tiempos comenzaron ya con el retorno de los judíos a la tierra prometida, hecho que fue profetizado cientos de años antes de Cristo (Ez 37:21). Lo que falta, es saber cuándo comienzan los últimos siete años de este periodo, los de la “Gran Tribulación” descrita por los profetas Daniel, Isaías, Zacarías, por los Sinópticos y por Pablo de Tarso.

En efecto, la proclamación de independencia del Estado de Israel (1948) y la guerra de los Seis Días (junio de 1967) nos dieron la certeza de estar viviendo ya los Últimos Tiempos en sentido amplio, quedando únicamente por determinar el sentido estricto, es decir, el comienzo de la Gran Tribulación, comúnmente conocida como la “semana de Daniel”.

Gobierno global tecnocrático y ética mundial

Según Alberto Villasana, en su faceta de analista internacional, así como otros autores afines, los pasos de la ocupación global hacia un gobierno mundial tecnocrático que estamos viviendo en estos Últimos Tiempos, fueron claramente definidos por Albert Pike (Boston, 1809-1891), Gran Soberano del Antiguo y Aceptado Rito de la Francmasonería, en una carta que dirigió el 15 de agosto de 1871 a Giuseppe Mazzini, Gran Soberano de los Iluminados después de Adam Weishaupt, fundador de la cúpula de los iluminados el 1 de mayo de 1776. En ese documento, que estuvo depositado en la Biblioteca del Museo Británico en Londres, se establecía las tres guerras mundiales que habrían de provocarse para poder implantar el Nuevo Orden Mundial.

La Primera Guerra Mundial la emprenderían para destituir a los zares cristianos ortodoxos, sometiendo el vasto territorio ruso bajo el control de la élite globalista y poder usarlo de este modo como plataforma desde la cual difundir sus objetivos internacionalistas.

Un documento histórico de suma trascendencia fue la Declaración de Balfour (firmada el año 1917), donde se afirmaba que el gobierno británico veía favorablemente el establecimiento de la patria judía en Palestina, entendiendo que esto no perjudicaría los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías en Palestina. Esta declaración contó con el respaldo de varios países, incluyendo los Estados Unidos, y se convirtió en un documento importante después de la Primera Guerra Mundial cuando la Sociedad de Naciones le asignó al Reino Unido el mandato sobre Palestina.

La Segunda Guerra Mundial la realizarían exacerbando las diferencias entre el sionismo político y el nacionalismo germano, con el fin de consolidar y extender la influencia rusa y establecer en Palestina el Estado de Israel.

La Tercera Guerra Mundial la suscitarían, dice textualmente Pike, “exasperando las diferencias entre judíos y árabes para provocar un formidable cataclismo social que en todo su terror demuestre a las naciones el efecto del ateismo absoluto, origen de la barbarie y de la más violenta confusión. Entonces, las muchedumbres, desilusionadas con el cristianismo y no sabiendo a quién adorar, recibirán la verdadera luz de Lucifer, en una manifestación que será resultado del movimiento general reaccionario, siguiendo la destrucción del cristianismo y del ateísmo, ambos conquistados y exterminados al mismo tiempo”.

Y es que, desde el punto de vista profético, Israel es el “reloj” de Dios, el cronómetro que nos dice cuán cerca ó lejos estamos de que concluyan los actuales tiempos de las naciones y de la Iglesia, y comiencen los tiempos mesiánicos del Reino de Cristo.

Gracias al profeta Ezequiel sabemos de qué manera Dios romperá su silencio, antes de que inicie el periodo de la Gran Tribulación. Él describe una batalla, comúnmente conocida como la “Guerra de Gog y Magog”, en que Dios destruirá portentosamente a una alianza de invasores que atacarán Israel, así como a las naciones de donde vinieron esos ejércitos.

La Guerra de Gog y Magog es un conflicto único en su cronología, en su propósito, en sus características y efectos sobre Israel y sobre el mundo entero.

Ezequiel predijo que, después de reunidos nuevamente en la tierra prometida, al final de los tiempos, los israelitas serán atacados por los enemigos del norte (países árabes) juntamente con Rusia: “He aquí que estoy contra ti, Gog, príncipe soberano de Mésec y Tubal (actual Rusia) (…) te sacaré con todo tu ejército (…) Con ellos están Persia (Irán), Cus (Etiopía) y Fut (Libia), todos ellos armados con escudo y yelmo. Gómer, con todas sus tropas, y la casa de Togarma (Turquía), desde el lejano norte con todas sus tropas y muchos pueblos contigo (…) Después de muchos años invadirás un país salvado de la espada, reunido de muchos pueblos a los montes de Israel (…) En los últimos días atacarás a mi pueblo Israel como nublado para cubrir la tierra” (Ez 38, 3-8, 16).

A lo largo de los capítulos 38 y 39, los nombres de Gog y Magog son utilizados en forma conjunta como título que denomina la combinación de un gran adversario de Dios: Gog como un “príncipe”, y Magog como un país ó región. Dos veces utiliza “Magog” para indicar el territorio de donde es originario el líder denominado “Gog”, que en hebreo antiguo significa “encumbrado”. Al mencionar a Gog como proveniente del “lejano norte”, Ezequiel parece estar denotando el nivel máximo de autoridad dentro de una alianza de naciones de lo que hoy son las ex repúblicas soviéticas, territorio del antiguo reino de Anatolia y más allá del Cáucaso.

Esa guerra mundial, en la que varios países se unirán para atacar a Israel concluirá, dice Ezequiel, con una portentosa intervención divina que frustrará la invasión. Meses después tendrá lugar el falso acuerdo de paz firmado por el personaje a quien el profeta Daniel llamó la “cuarta bestia” (denominado por San Juan como el “anticristo”), el cual dominará el mundo durante siete años: “por otra semana sellará un pacto con muchos” (Dn 9, 27). Jesucristo llamó a ese periodo la “Gran Tribulación” y es la etapa en que la humanidad será purificada y preparada para su Retorno glorioso, acontecimiento que cierra los tiempos de la Iglesia y de las naciones, y da inicio a los nuevos tiempos mesiánicos del Reino de Dios en la Tierra.

La guerra contra Israel descrita por Ezequiel, y que es previa a los siete años de la Gran Tribulación, será abortada por una acción directa de Dios: “Sobre los montes de Israel caerás tú y todas tus tropas, y los pueblos que fueron contigo (…) Y haré notorio mi santo nombre en medio de mi pueblo Israel, y nunca más dejaré profanar mi santo nombre; y sabrán las naciones que yo soy Jehová, el Santo en Israel” (Ez 39, 4, 7).

En ese contexto profético, actualmente la arquitectura del gobierno mundial tecnocrático va avanzando gracias a la construcción del cerebro digital global que es Internet. Es decir, la red conectada de todo con todo. El Internet de las cosas y de las personas puestas al servicio del poder desordenado, del control totalizante y del mal. Dicho gobierno mundial podría, si finalmente se impone, controlar a la humanidad en poco tiempo mediante un sistema económico biotecnológico y a través de la implantación generalizada del microchip.

Por otro lado, va avanzando un nueva ética mundial que ha ido imponiéndose desde el final de la guerra fría en el siglo XX. Según la profesora Marguerite A. Peeters del Institute for Intercultural Dialogue Dynamics, inmediatamente después de la caída del muro de Berlín (1989) se produjo una revolución cultural global: nuevas palabras, nuevos paradigmas, normas, valores, estilos de vida, métodos educativos y procesos de gobernabilidad, pertenecientes a una nueva ética, se extendieron por todo el mundo y lograron imponerse. Se trata de un sistema ético postmoderno y, en sus aspectos radicales, postjudeocristiano. Se trata, además, de una normativa global; ya rige las culturas del mundo entero. La mayoría de los intelectuales y de los responsables de la toma de decisiones tienden a seguir las nuevas normas sin analizar cuidadosamente su origen y sus implicaciones, mientras que una minoría se mantiene contraria a la adopción de dicha ética mundial.

Los contenidos de la nueva cultura global no son evidentes por sí mismos. Bajo la apariencia de un “consenso suave”, según la profesora Peeters la ética mundial esconde un programa anticrístico enraizado en la apostasía occidental e impulsado por minorías poderosas que llevan el timón de la gobernabilidad mundial desde 1989.

Una nueva ética que proporciona a los nuevos paradigmas su configuración unificadora. La ética es mundial y ha sustituido a los valores universales sobre los que se fundó el orden internacional en 1945 y los Derechos Humanos proclamados en 1948, ya que ahora se consideran en parte obsoletos por la nueva visión de la tecno-globalización en la nueva era BioDigital del siglo XXI.

El punto de partida y la meta de la ética mundial no coinciden con los del tradicional concepto de universalidad. Es imposible comprenderla sin relacionarla con la nueva “teología” que precedió a la revolución cultural global y que empujó la trascendencia de Dios al otro lado, fuera de la historia humana, colocando lo inmanente en manos del hombre.

Desde el conocimiento profético esta idea se expresaria del siguiente modo: Vi al ángel que me dijo: – ¿Qué ves hijo de hombre? Y le dije: – Veo como las Tablas de la Ley de Moisés -; entonces me respondió:¡No lo son, aunque parecen! ¿No lo ha dicho ya el profeta Daniel?, el profeta dijo “intentará cambiar los tiempos y la ley; y le serán entregados en sus manos por un tiempo, por tiempo y por medios tiempos” (Daniel 7:25).

Por lo tanto, se vislubra una línea fundamental que distingue el humanismo post-cristiano y las emergentes corrientes transhumanistas/posthumanistas de la nueva ética mundial, respecto de los principios universales de una ética basada en la ley natural y un humanismo cristiano genuino e integral impulsado por la salvación en Cristo.

Desde la cosmovisión cristiana caracterizada por la esperanza, el nuevo orden mundial y la globalización estan llamados a ser la civilización del amor.

En el documento “Compromiso por la edificación de la civilización del amor” presentado el 15 de diciembre de 1999, pocos dies antes de empezar el nuevo Milenio,  San Juan Pablo II hizo la siguiente reflexión: “Es preciso analizar con esmero las causas de la pérdida del sentido de Dios y volver a proponer con valentía el anuncio del rostro del Padre, revelado por Jesucristo a la luz del Espíritu. Esta revelación, no disminuye, sino que exalta la dignidad de la persona humana en cuanto imagen de Dios Amor“.

Ante el cambio de era que estamos viviendo, resulta cada vez más necesaria una labor de auténtico discernimiento y de inspirado entendimiento para comprender los cambios disruptivos que se estan ya produciendo.

Ambas capacidades – discernimiento y entendimiento sobre los acontecimientos históricos y sobre nuestra propia vida – son producto de la integración cognitiva y de la inteligencia espiritual de la que gozamos los seres humanos y que dificilmente podrá adquirir una inteligencia artificial o un futuro ser posthumano. Esa inteligencia espiritual viene completada muchas veces por lo que podemos denominar: el conocimiento profético.

 

II – Libertad morfológica para forzar la evolución humana

El transhumanismo es el punto medular de la postmodernidad desatada. Después de que el motor ideológico de la modernidad, el liberalismo, y ahora el neocapitalismo global ha hecho estallar las formas prevalecientes de religión, Estado, nación, familia y género, nuestra especie está ante una importante encrucijada: cambiar la propia condición humana.

A lo largo de estas décadas, el progreso tecno-científico se ha ido convirtiendo en un factor ideológico, casi una pseudo-religión, un nuevo mesianismo secular, mientras que la tecnología no ha sido otra cosa más que tecnología.  La técnica es ambivalente, puede estar destinada indistintamente a procurar el bien o el mal. Las tecno-ciencias pueden estar al servicio de las personas o al servicio del biopoder que quiere controlar la totalidad de la vida.

Actualmente hemos llegado a la reciente fase de la cosmovisión tecnocrática que pretende superar las limitaciones de la especie humana en lo que de verdad la iguala, su vulnerabilidad y su condición mortal. Eso es lo que se busca desde el transhumanismo con el “Programa H+”. Una propuesta que quiere ser la última utopía/distopia del neoliberalismo occidental.

Desde la visión transhumanista el ser humano no es un ente “sagrado”, sino solamente producto de la “casualidad”; por lo tanto, según este movimiento, el mejoramiento genético de las personas es una de las cuestiones de mayor implicación moral que se pueden emprender en el presente siglo XXI.

En palabras de la transhumanista Natasha Vita-More: “Querámoslo o no, nos convertiremos en cyborgs”. Dicha diseñadora norteamericana explica que “la persona capaz de adaptarse a la evolución tecno-científica, desarrollará también nuevas herramientas e ideas innovadoras”. Vita-More utiliza el concepto de “libertad morfológica” para referirse a cuando las personas aceleren su propia evolución mediante el diseño biotecnológico.

Eternamente joven, poderes sobrehumanos, inmortalidad cibernética… Los transhumanistas aspiran a que los nuevos seres humanos se ajusten al Nuevo Orden Mundial. El progreso tecnológico debe permitir la supuesta optimización de nuestra especie y llevarnos de vuelta al paraíso, aseguran. La rebelión de las criaturas contra el Creador y nuestras propias limitaciones, son una constante en los discursos transhumanistas. En esta batalla, el ser humano intenta domar a la naturaleza y manipularla para satisfacer sus deseos.

El transhumanismo tiene su punta de lanza en la ciberguerra y en la revolución espacial.  Expertos del Pentágono en un estudio reciente titulado “Cyborg Soldier 2050: Human/Machine Fusion and the implications for the Future of the DOD” plantean el desarrollo de mejoras neuronales directas del cerebro humano para la transferencia de datos de forma bidireccional en soldados cyborg. En otras palabras se trata de otorgar telepatía al ser humano, un avance revolucionario en las capacidades de los soldados del futuro.

En otro orden de cosas, en estos momentos es objeto de intenso debate el problema que supondría la emergencia de una inteligencia artificial fuerte. Dicha Superinteligencia supondría la creación de una racionalidad exenta de moralidad y sentimientos humanos —aunque con un conocimiento ilimitado y memoria perfecta—, sin empatía, sin humanidad, sin corazón. En estas condiciones, el transhumanismo corre el riesgo de entregarle todo el poder a dicha Superinteligencia. El resultado podría suponer una dictadura cibernética de proporciones extraordinarias e inimaginables en estos momentos.

Como ha dicho el filósofo de la Universidad de Oxford Nick Bostrom, la Superinteligencia supone un” riesgo existencial” para la especie humana. En enero de 2015, Nick Bostrom, Stephen Hawking, Max Tegmark, Elon Musk, Martin Rees y Jaan Tallinn, entre otros, firmaron una carta abierta a petición del Instituto para el Futuro de la Vida advirtiendo sobre los potenciales peligros de la inteligencia artificial fuerte o general. En dicho documento reconocían que “es importante y oportuno investigar cómo desarrollar sistemas de inteligencia artificial que sean sólidos y beneficiosos para la humanidad”.

Dicha carta está firmada no sólo por personas no relacionadas con la inteligencia artificial como Hawking, Musk y Bostrom, sino también por importantes investigadores en computación (entre ellos Demis Hassabis, uno de los principales investigadores en IA), ya que después de todo, si desarrollan una inteligencia artificial que no comparte los mejores valores humanos, significará que no fueron lo suficientemente inteligentes como para controlar sus propias creaciones.

¿Sera la Superinteligencia la tecnología de la que se valdrá  el Anticristo descrito en la Biblia para dominar al género humano? ¿Será el Anticristo del Apocalipsis el ser más perfecto del nuevo género posthumano?

Retrato del Anticristo y bio-digitalización totalizadora

El filósofo y teólogo Vladímir Soloviev (1853- 1900), cosmista y católico bizantino ruso, escribió al final de su vida, a modo de testamento, el libro titulado “Breve relato del Anticristo”. En dicho libro destaca con poderosa fuerza el perfil del Anticristo y la narración sobre su ascenso hasta el mayor grado de poder que puede ser concebible en la Tierra.

En un escrito del año 1873, Soloviev definía así el objetivo de su vida: “Expresar el cristianismo en una nueva forma”, apartando aquello que “hasta ahora le ha impedido entrar en la conciencia general”. El impulso de ese objetivo es la convicción de que fe y razón no son realidades antitéticas, sino complementarias: la razón permite profundizar en la fe, y ésta hace comprender a aquélla que las exigencias más profundas de la filosofía son satisfechas por el cristianismo. En Soloviev, filosofía y teología no se confunden; se encuentran y se fortifican recíprocamente.

En los diálogos del citado libro, Soloviev pasa al problema de la realidad y naturaleza del Anticristo, que el Señor Z (portavoz del autor) define como “encarnación del mal, encarnación individual, única en su ejecución y en su plenitud”.

De acuerdo con los comentarios al libro de Soloviev realizados por Fernando Castelli (Humanitas núm. 33) en dicho relato, un superhombre es consagrado Anticristo en el siglo XXI. El citado personaje aparentemente trae seguridad y prosperidad a la humanidad. La ciencia y la técnica habían alcanzado es esa época altos niveles de progreso y resolvían muchos problemas globales.

Únicamente permanecían sin resolverse las cuestiones últimas: la vida, la muerte, el destino final del hombre y el mundo. Junto con el materialismo teórico, entra en crisis también la espiritualidad y la fe de las personas, así como la concepción de la Creación a partir de la nada. Se ha apoderado de la Tierra una apostasía generalizada respecto al Creador y al Dios-Amor.

Mientras una inmensa mayoría de los hombres y mujeres eran totalmente incrédulos sobre los Últimos Tiempos, por otra parte algunos pocos creyentes llegaron a ser hombres y mujeres que entendían y razonaban en clave de conocimiento profético, cumpliendo las palabras del apóstol: “Sed niños en el corazón, no en la mente”.

En tiempos de San Pablo, el apóstol ya proclamaba que la salvación estaba cerca. En su carta a los cristianos de Roma, les exhortaba así:

“Hermanos: Comportaos reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y revistamosnos de las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo” (Rom 13, 11-14a).

En un contexto de incredulidad y desinterés por el conocimiento profético aparece, según el relato de Soloviev, el Anticristo. Es un joven de treinta y tres años. “El desmesurado amor propio de este gran espiritualista, asceta y filántropo parecía o al menos podía estar suficientemente justificado, además de esta excepcional genialidad, belleza y nobleza, por su elevado desinterés. Estaba de tal manera dotado de dones divinos que difícilmente podía criticarse por no ver en esos dones una señal especial de la benevolencia proveniente de lo alto y por considerarse segundo después de Dios, el único hijo de Dios, único en su género. En suma, él se consideraba a sí mismo lo que en realidad Cristo había sido ¿Cristo? El más grande de sus precursores”, enviado para preparar su venida, por cuanto el esperado en la historia era él, enviado por Dios a completar y corregir la obra de Cristo”.

El Anticristo del relato de Soloviev es de origen oscuro: no tiene nombre, puede aparecer en cualquier parte, es ambiguo y misterioso, pero también un portento de inteligencia y energía. Dice creer en Dios, pero su Dios se confunde con una realidad misteriosa, es decir, con el espíritu del mal, que le infunde un “desmesurado amor a sí mismo”. Impulsado por el orgullo. Quisiera usurpar el lugar de Cristo y fundar un reino “suyo”, apuntando a ciertos objetivos precisos: ante todo, instaurar “su” paz, basada en el “bien común” que significa “bienestar”, satisfacción de los propios deseos, posibilidad de diversión, seguridad y tranquilidad en una “Nueva Iglesia” sin Cristo, sincrética, mundanizada, sin libertad y apartada del Dios Trinitario.

El engaño más peligroso del Anticristo residia en hacer creer que él era el verdadero “Mesías”, el “Salvador”, que había venido a perfeccionar -o más bien a corregir- la obra de Cristo.

Siguiendo los postulados transhumanistas, el Anticristo perseguiría la ruptura de las fronteras de la condición humana pretendiendo mejorar al ser humano biológico y natural mediante las tecno-ciencias para transformarlo en otro ser. Diseñando genéticamente y biomejorando al humano, interviniendo en su línea germinal y en su mente.

Como ya hemos expresado en otras ocasiones, el transhumanismo aspira a trascender la condición humana que tiene una coherencia cósmica siempre que siga la Ley natural impresa en la Creación. En este escenario cabe preguntarse: ¿A imagen y semejanza de quién quieren los transhumanistas crear una Superinteligencia y unos seres posthumanos?

Según nos muestra el profesor Fernando Castelli, el cosmista Soloviev construyó el Breve relato antes citado a partir de cuatro idees básicas:

1. La esencia del cristianismo, no es su doctrina ni su moral, sino la persona de Jesucristo. Soloviev ve la marca del Anticristo en la creencia de que no hubo resurrección alguna, milagro alguno, revelación divina alguna. El filósofo ruso rechaza contundentemente que el cristianismo sea sencillamente una doctrina ético-social, que da sentido a la vida, enseña el amor al prójimo y rechaza la violencia. El cristianismo se centra en el Dios-Amor. Y los seres humanos están creados, según esta cosmovisión espiritual, en libertad y dignidad, a imagen y semejanza del Creador.

2. La Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo, que tiene su fundamento en Pedro para que “finalmente pudiera ser el pastor de la grey en Cristo, es decir, de la Iglesia Católica, ortodoxa y reformada, superando las barreras existentes entre los cristianos”. Esa Iglesia es realmente el Pueblo de Dios, el Cuerpo Místico de Cristo.

3. La salvación vendrá de los judíos. A ellos corresponde desenmascarar la impiedad idolatra del Emperador (el Anticristo) y al Antipapa (el Falso Profeta), sublevarse y hacer triunfar al Dios de Israel. Y también son ellos los primeros en ver a Cristo – el judío Cristo- descender del Cielo para acoger a sus fieles. Así Soloviev fundió en su propuesta la escatología hebraica con la cristiana.

4. El narrador del relato, se pregunta: ¿Cuál es el verdadero sentido de todo el drama de la historia humana?

Soloviev no comprende por qué el Anticristo odia tanto a Dios. La respuesta parece banal: el hecho es que hay algo bueno, pero no en sustancia. El bien proveniente de Satanás es puramente en apariencia. No es generado por el amor, sino por el odio, no por la verdad, sino por la mentira. Por consiguiente altera la mente, deteriora el alma, genera la muerte, hace perder la armonía al Ser. El narrador, en una de sus intervenciones en el Breve relato dice: “No es oro todo lo que reluce”. El esplendor de un bien artificial no tiene valor alguno.

Para el analista internacional y teólogo Alberto Villasana, la palabra “Anticristo” tiene dos acepciones: “el que combate a Cristo” o bien “el que suplanta a Cristo”. Este último es el sentido usado por San Juan en el libro del Apocalipsis. Al inicio, no se mostrará como un personaje violento, malévolo y cruel, sino como un líder carismático positivo que solucionará los principales problemas de la humanidad (la guerra el hambre, el colapso financiero y ecológico) seduciendo a la mayor parte de la humanidad con su ingenio y su aparente bondad.

El Anticristo, quien según Villasana, será tomado por los judíos como el mesías prometido, celebrará un pacto con varios gobernantes, en favor de Israel, siendo un estratega y un embaucador que someterá a la humanidad, primero con seducción y argucia, y después mediante la fuerza. San Juan dice que reclamará finalmente para sí la adoración divina, promoviendo una religión apóstata universal, sincrética y única.

Según el conocimiento profético cristiano, el Anticristo vendrá acompañado por el Falso Profeta.

Según el arzobispo estadounidense católico Fulton Sheen (1895-1979) “el falso profeta tendrá una religión sin cruz. Será una religión para destruir las religiones. Habrá una iglesia falsa. La Iglesia de Cristo (la Iglesia Católica) será una. Y el falso profeta va a crear otra. La falsa iglesia será mundana, ecuménica y mundial. Va a ser una federación de iglesias. Y las religiones formarán algun tipo de asociación global. Un parlamento mundial de iglesias vaciadas de todo contenido divino. Y será el cuerpo místico del anticristo. El cuerpo místico en la tierra hoy tendrá su Judas Iscariote, y él será el falso profeta. Satanás lo reclutará de entre nuestros obispos“.

En otro orden de cosas, la “marca de la bestia” es para el profesor Villasana el centro del proyecto de gobierno mundial del Anticristo para lograr una dictadura económica global: una sociedad sin circulante monetario, con un sofisticado sistema de pago biotecnológico por el cual se pueda controlar a todo el mundo mediante las actividades cotidianas de comprar y vender.

El Apocalipsis nos relata de este modo que el Anticristo, “Hará que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre” (Ap 13, 16-18).

Si bien esa cita  necesariamente no tiene porqué relacionarse directamente con la implantación del microchip, bien pudiera ser que ese fuera el instrumento tecnológico que facilitase el biocontrol global.

Tratar de escapar del sistema de microchip implicaría ser excluido del sistema de salud y educativo, del comercio, de los beneficios gubernamentales, de los sistemas de racionalización masiva de alimentos, del nuevo sistema financiero, etc.

No obstante este escenario apocalíptico, desde una escatología cristiana llena de esperanza en el Redentor, la entrada de la plenitud de los judíos en la Salvación mesiánica, a continuación de la plenitud de los gentiles, permitirá al Pueblo de Dios llegar a la plenitud de Cristo en la cual Dios será todo en nosotros.

De este modo, el triunfo de la Iglesia entendida como Pueblo de Dios, no se daría por un proceso de éxito gradual y evolutivo sino que, al igual que Cristo, deberá pasar por su pasión y muerte para llegar a su resurrección.

Visto desde otra perspectiva, Pierre Teilhard de Chardin, religioso jesuita, paleontólogo y filósofo francés nos dejó esta magnífica frase para la reflexión: “Creo que el Universo es una Evolución. Creo que la Evolución va hacia el Espíritu. Creo que el Espíritu se realiza en algo personal. Creo que lo Personal supremo es el Cristo Universal”.

Inteligencia espiritual personal y colectiva

Ante ese retrato del Anticristo realizado por Soloviev y anunciado proféticamente por los textos de la Revelación, frente al desarrollo del transhumanismo y del paradigma tecnocrático entendido como un biopoder totalitario, podemos discernir adecuadamente sobre los tiempos en los que vivimos para seguir desarrollando nuestro proyecto evolutivo de perfeccionamiento como seres humanos. Para ello disponemos de la inteligencia espiritual también llamada inteligencia existencial o trascendente. De este modo el intelecto y la mente se conectan al corazón.

Desde la cosmovisión cristiana, la Virgen Maria resultó ser el ser humano más singular de la Creación. Ella utilizó esa inteligencia espiritual ante los acontecimientos extraordinarios que tuvo que vivir y nos dicen los Evangelios que los contemplaba en su corazón. De este modo Maria, la Madre de Dios y de la Humanidad tiene reservado un papel fundamental en los Últimos Tiempos ya que por su humildad y sencillez será causa de salvación y antesala de la destrucción del mal encarnado en la figura del Anticristo.

Por otro lado, para Howard Gardner, psicólogo norteamericano que identificó las ocho formas de inteligencia en el ser humano, la inteligencia espiritual es “la capacidad para situarse a sí mismo con respecto al cosmos”. También podría definirse esa inteligencia espiritual como la capacidad de situarse a sí mismo con respecto a los rasgos existenciales de la condición humana como por ejemplo, el significado de la vida, el significado de la muerte y el destino final del mundo físico, psicológico y espiritual. La inteligencia espiritual de ese modo se manifestaría en profundas experiencias como el amor hacia nuestros semejantes o en la belleza de la expresión artística, colaborando así en la obra del Creador.

Para la cosmovisión cristiana, la inteligencia espiritual equivaldría a la razón iluminada por la fe y por la gracia santificante.

Por otro lado, el conocimiento profético del que hemos hablado a lo largo de este artículo, contribuye a aumentar dicha inteligencia espiritual como elemento constitutivo de nuestra naturaleza humana.

Y es que la inteligencia espiritual resulta ser la más importante de todas las inteligencias del ser humano, irreproducible en un robot o en una inteligencia artificial.

Dicha inteligencia está representada por el poder de saber el significado de la vida espiritual y en el conocimiento y abrazo del Dios-Amor. Desde la Ciencia no está claro cómo se conecta la persona a esa dimensión espiritual pero seguramente sea a través de un estado de conciencia, de paz y de plenitud alcanzado mediante una vida interior cultivada desde el silencio y a través del compromiso de servicio hacia los demás, todo ello con la ayuda de la fe y de la gracia santificante.

 

Albert Cortina

Barcelona, 24 de noviembre de 2019

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