Repensando el comercio mundial en la era multipolar: hacia una nueva cooperación Norte-Sur

Este texto es un extracto de la ponencia realizada el 27 de septiembre de 2025 por el autor en el foro “Toward a Headwing Economy of Freedom, Peace and Shared Prosperity”, organizado por la Asociación Internacional para la Paz y el Desarrollo Económico (IAED-US) para conmemorar el Día Internacional de la Paz de las Naciones Unidas el 21 de septiembre.

Asistimos, no sin cierta perplejidad, al lento derrumbe de un orden económico forjado durante décadas, el del universalismo liberal occidental. Donde antes habitaba la promesa de una integración y globalización capitalista sin fronteras, hoy se alza el nuevo dogma de la “competencia estratégica” que repiten insistentemente todas las terminales mediáticas del sistema: un paisaje fracturado de aranceles, el acortamiento de las cadenas globales de valor o friend-shoring y desacoplamientos financieros que no solo amenazan la estabilidad mundial, sino que nos empobrecen colectivamente, mermando nuestra capacidad para responder a amenazas que no conocen banderas.

Ante este giro de los tiempos, el debate público oscila entre dos espejismos: la nostalgia de una globalización ingenua —ya herida de muerte por sus propias contradicciones— o la tentación de un repliegue nacionalista y proteccionista, tan estéril como costoso. Cabe entonces preguntarse: ¿es ése realmente el catálogo completo de nuestro destino? ¿Podemos pensar de otro modo la articulación del sistema de comercio mundial?

Me atrevo a esbozar aquí los trazos de una tercera vía. Frente a la disyuntiva maniquea impuesta, propongo un marco político concreto que trascienda el falso dilema y nos encamine hacia una cooperación pragmática, sustentada en equilibrios pactados con realismo. Se trataría, en esencia, de eludir las trincheras ideológicas para concentrarnos en lo posible. En soluciones prácticas que concilien la legítima demanda de seguridad y soberanía con los frutos de una “prosperidad compartida”.

Los cimientos de este nuevo pacto global podrían descansar sobre tres pilares. En primer lugar, pensando con realismo la interdependencia, esto es, admitiendo con pragmatismo que el desacoplamiento total es una ilusión onerosa y contraproducente. La tarea no es deshacer las conexiones vitales de nuestra época, sino gobernarlas con inteligencia, definiendo y asegurando los bienes comunes globales.

En segundo lugar, concretando la lógica de la “prosperidad mutua o compartida”. Esto significa comprender que un “principio de justicia social internacional” no es un lujo moral, sino un requisito de estabilidad y paz geopolítica. Un sistema que produce abismales asimetrías está construyendo, día a día, su propia ruina.

En tercer lugar, el imperativo de la legitimidad. Erigir una gobernanza basada en estándares comunes y aceptados en foros multilaterales, lejos de la pura razón del más fuerte. Sin un mínimo de consenso, no hay orden, sino mera imposición temporal.

No se trata de un ejercicio teórico. Lo que sigue es un esfuerzo por trasvasar este marco al terreno de lo concreto, delineando un programa creíble para la acción internacional. Un plan que no se conforme con la ambigüedad ni se resigne a declaraciones de compromiso, tan habituales en muchos foros de organismos internacionales afectados por una diplomacia vacua y fatua. El momento exige, acaso, algo más: la audacia de imaginar un futuro que no repita los errores del pasado. Y si miramos el siglo XX los hay y muchos, aunque las tres décadas del XXI no se quedan atrás en despropósitos.

Anatomía de un orden mundial en descomposición

El tablero geoeconómico global experimenta una mutación estructural. Frente al antiguo consenso occidental, encarnado por el G7 y la OCDE, se alza ahora un polo alternativo: la constelación de los BRICS Plus y por extensión el llamado “Sur Global”, que reclaman su lugar no solo en la mesa de negociación, sino en la arquitectura misma del poder.

Las cifras son elocuentes: según el FMI, las economías de los BRICS superan ya al G7 en participación del PIB global medido por paridad de poder adquisitivo. Pero lo significativo trasciende la estadística. Se materializa en instituciones paralelas como el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) —con más de 30.000 millones de dólares desembolsados— o la colosal Iniciativa de la Franja y la Ruta china, cuyo billón de dólares en contratos abarca más de 150 países.

Frente a este desafío, Occidente responde con un arsenal de estándares propios y políticas de sanciones recurrentes. Sin embargo, esta deriva hacia bloques económicos antagónicos conlleva un precio severo: el FMI advierte de pérdidas potenciales del 7% del PIB mundial a largo plazo. Pero el coste verdadero no se mide solo en puntos de crecimiento. Se manifiesta en la erosión de la innovación y la estabilidad sistémica. La reacción, aunque comprensible ante fallas en las cadenas de suministro y amenazas a la autonomía estratégica, se asemeja a tratar una enfermedad rompiendo el termómetro. Se ataca el síntoma, pero no la causa.

En este nuevo escenario, emerge una dinámica clave. Numerosos países del Sur Global prefieren la no interferencia, la soberanía y su desarrollo económico por encima de alineamientos geopolíticos e ideológicos. Esta postura las lleva con frecuencia a resistir sanciones externas y tender puentes con Pekín y Moscú. El riesgo último de esta bifurcación es una economía global menos eficiente, una carrera armamentística acelerada y un sistema que ahonda —en lugar de corregir— las desigualdades planetarias.

Ante este panorama, cabe interrogarse: ¿existe un antídoto viable frente al proteccionismo, el nacionalismo económico y el desacoplamiento que a su vez sea una alternativa realista al fallido universalismo liberal occidental? Una alternativa operativa implicaría, necesariamente, fortalecer —no debilitar— las instituciones multilaterales y buscar fórmulas de cooperación beneficiosas para todos, incluso entre bloques rivales. No obstante, la Administración estadounidense parece transitar el camino opuesto: paralizando la OMC, militarizando el dólar mediante sanciones y desplegando una política arancelaria agresiva que alcanza incluso a sus socios tradicionales.

Cualquier alternativa a esta fragmentación podría tacharse de utópica. Y la objeción es pertinente. La pregunta crucial que debe responder un marco propositivo serio es: ¿cómo edificar la confianza internacional indispensable para transitar de la confrontación a una cooperación genuina? El desafío que asumimos aquí es, precisamente, diseñar instituciones e incentivos graduales que hagan viable dicha transición.

Para ser efectivo, un marco así debe contemplar tres realidades ineludibles. Primero, ha de reconocer con lucidez la bifurcación actual. El mundo ya no es un sistema único y homogéneo. Tanto norteamericanos como europeos deben asumir que el mundo ha dejado de ser norte-atlántico-céntrico. Se acabaron los eurocentrismos y los neocolonialismos occidentales.

Segundo, un modelo alternativo debe actuar como puente entre bloques económicos divergentes. No se trata del capitalismo financiarizado del G7, ni de la economía dirigista de algunos BRICS, sino de una tercera vía centrada en la propiedad distribuida y reglas éticas. Esta perspectiva podría resultar enormemente atractiva para países del Sur Global —y también para la periferia del Norte— que buscan una alternativa real.

Por último, habría que proponer un nuevo tipo de asociación entre Sur y Norte. Lejos de la desacreditada “ayuda al desarrollo” —que rezuma vanidad neocolonial y ha demostrado su fracaso—, hablamos de empresas simbióticas y participativas. Imaginemos, por ejemplo, un país con minerales críticos asociándose con una empresa extranjera para procesarlos localmente, integrando a trabajadores y ciudadanos como accionistas. Así se capturaría más valor para el país anfitrión y se generaría confianza a largo plazo. Un paso concreto, en definitiva, hacia esa “prosperidad mutua” que hoy parece una quimera, pero que es la única garantía de un futuro común.

La sombra alargada del ‘America First’: anatomía de un giro copernicano

Para comprender la encrucijada geoeconómica actual, es imprescindible volver la mirada hacia la Administración Trump. Su doctrina de America First, sustentada en un unilateralismo combativo, no fue entre 2017-2020 ni ahora en 2025 una mera desviación táctica, sino un desafío estructural al orden multilateral edificado tras la Segunda Guerra Mundial.

Este viraje se articuló sobre tres ejes fundamentales, cuyo legado perdura. Primeramente, la “militarización” de los aranceles. La política comercial estadounidense transformó el arancel —tradicional instrumento de política económica— en un arma geopolítica en el marco de una guerra híbrida, cognitiva y asimétrica. Como documentan los informes de la Oficina del Representante Comercial, el objetivo declarado es el de reducir déficits bilaterales, muy particularmente con China, y contrarrestar lo que se percibe como una transferencia forzosa de tecnología. La herramienta económica-comercial se subordinó a la lógica de una superpotencia que resiste a abandonar su impronta hegemonista.

En segundo lugar, esta doctrina del America First se caracteriza por el desdén hacia el multilateralismo, materializándose en el abandono de acuerdos colectivos. La retirada del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y las amenazas constantes de desvincularse del TLCAN —que culminaron en su renegociación forzada hacia el T-MEC— evidenciaron una voluntad clara de desmantelar los pilares de la cooperación regional.

Finalmente, la parálisis estratégica de la OMC. Mediante el bloqueo sistemático de los nombramientos para su Órgano de Apelación, EE.UU. neutralizó de facto el mecanismo de solución de diferencias. No se trató de un simple impasse procedimental sino de un acto deliberado que dejó morir la piedra angular de un sistema comercial mundial basado en reglas arbitradas.

Frente a esta herencia de unilateralismo y nacionalismo económico, un marco alternativo y viable debe articularse alrededor de tres principios rectores. Es preciso, en primera instancia, condenar el unilateralismo como una ilusión contraproducente. En un mundo de cadenas de valor estrechamente integradas y desafíos comunes, la autarquía y el aislacionismo es un espejismo peligroso. Las medidas del America First no solo fracturan la confianza internacional, sino que, en última instancia, se vuelven contra sus propios propósitos en una economía interdependiente.

Transmutar el arancel de arma a instrumento de gobernanza debe ser el paso siguiente. Frente a las guerras comerciales arbitrarias, cabe proponer “aranceles espejo” o ajustes fronterizos basados en valores compartidos — como el precio del carbono o estándares laborales dignos. De este modo, un instrumento de conflicto podría transformarse en un mecanismo de fijación cooperativa de normas.

Ninguna alternativa puede emprenderse sin reconocer, en tercer lugar, el descontento legítimo que alimenta estos movimientos populistas proteccionistas. Las políticas trumpistas no surgieron de la nada; fueron la expresión de un malestar social profundo ante los fracasos de una globalización asimétrica — deslocalizaciones, erosión industrial, comunidades abandonadas. Cualquier modelo futuro que aspire a perdurar debe ofrecer respuestas concretas a estas heridas, quizá mediante un enfoque basado en la propiedad distribuida y los frutos de una prosperidad realmente compartida.

La sombra del America First se proyecta larga sobre nuestro presente. Ignorar las lecciones que nos brinda nuestro tiempo no es una opción para quien aspire a diseñar un futuro económico más estable y justo.

La OMC en el quirófano

La Organización Mundial del Comercio atraviesa lo que solo puede calificarse como una crisis existencial. Su autoridad como fundamento del sistema comercial global se resquebraja día a día, y su capacidad de acción se ve paralizada por tres fracturas estructurales que urge reconocer.

La primera es su incapacidad crónica para metabolizar el modelo económico chino. Las reglas de la OMC, concebidas en otra era, resultan hoy insuficientes para disciplinar las distorsiones propias de un capitalismo de Estado turboalimentado con subsidios masivos, empresas públicas y prácticas de transferencia tecnológica que operan en los límites de lo acordado o rebasándolos. El marco actual, diseñado para economías de mercado convencionales, ha quedado obsoleto ante este nuevo paradigma.

La segunda fractura es la parálisis de su corazón judicial. El bloqueo estadounidense del Órgano de Apelación ha dejado más de veinte disputas comerciales en un limbo legal. Al negarle su árbitro final, hemos extirpado los dientes al sistema, convirtiendo la solución de diferencias en un teatro de sombras. Y la tercera, acaso la más lacerante, es el lastre de los fracasos negociadores. La Ronda de Doha demostró, con crudeza, la quimera del consenso unánime entre 164 miembros con intereses tan divergentes como irreconciliables.

Frente a este panorama, cualquier marco alternativo que aspire a la credibilidad debe proponer una hoja de ruta concreta para refundar la OMC. No desde la tecnocracia, sino desde una visión que le devuelva su espíritu original.

Esta reforma debería pivotar sobre tres ejes. Primero, una reforma con brújula ética. La renovación debe anclarse en los principios de interdependencia y cooperación multilateral, nunca en la ley del más fuerte. El principio de prosperidad mutua exigiría un trato especial y diferenciado, real y efectivo, para los países en desarrollo, pero sin que ello implique renunciar a la aplicación de normas vinculantes contra la corrupción o en protección del medio ambiente. La equidad no puede ser excusa para la impunidad.

Segundo, un pragmatismo plurilateral. Ante la parálisis del consenso universal, cabe impulsar acuerdos entre coaliciones de países voluntarios sobre temas acuciantes: comercio digital, transición energética, estándares laborales, etc. La condición irrenunciable es que estos acuerdos estén abiertos a todos y se alineen con principios éticos generales, evitando crear clubes exclusivos.

Finalmente, la restitución de un árbitro creíble. Es imperativo rediseñar un Órgano de Apelación que, atendiendo a las críticas sobre su posible activismo judicial, preserve la esencia de un sistema de solución de diferencias con fuerza jurídica. Esta es la piedra angular de cualquier orden comercial que aspire a ser estable, predecible y justo.

La OMC no necesita un simple remiendo, sino una refundación. O encuentra el coraje para reinventarse, o su irrelevancia será el epitafio del multilateralismo comercial.

La danza del dragón y el águila: hacia una coexistencia competitiva

La relación sino-estadounidense se desplaza hoy en el peligroso terreno de la rivalidad sistémica, donde episodios de hostilidad diplomática amenazan con convertir el desacoplamiento en profecía autocumplida. Sin embargo, persiste una contradicción estructural que ningún discurso geopolítico puede ocultar. Ambas superpotencias mantienen una interdependencia profunda, casi simbiótica, incluso mientras libran una batalla tecnológica sin cuartel.

Por un lado, los vasos comunicantes económicos perduran. China sigue siendo un socio comercial crucial para Estados Unidos, proveedor insustituible de manufacturas y, sobre todo, fuente dominante de tierras raras sin las cuales se paralizaría la industria tecnológica y de defensa norteamericana. Por otro, el desacoplamiento selectivo avanza implacable. La Ley Chips — dotada con 52.000 millones de dólares — busca repatriar la fabricación de semiconductores, mientras los controles de exportación intentan frenar el ascenso tecnológico-militar chino. El resultado es un equilibrio esquizofrénico: Dos superpotencias cuyos destinos económicos están entrelazados trabajan activamente para desenredarlos en los sectores que consideran vitales.

Ante este panorama, un marco alternativo viable debe proponer una arquitectura de coexistencia competitiva basada en una gestión pragmática de la interdependencia. Se trata de reconocer los vínculos como realidad estructural, no como opción política. Esto implica diversificar cadenas de suministro críticas — para reducir vulnerabilidades — mientras se preservan conscientemente los flujos comerciales en sectores no sensibles. La autonomía estratégica no debe confundirse con autarquía.

Asimismo, sería muy oportuno la institucionalización de diálogos técnico-éticos. La ONU y la OMC deberían incentivar la creación de grupos de trabajo bilaterales o multilaterales para establecer estándares comunes en tecnologías emergentes (desde los límites éticos de la inteligencia artificial hasta los protocolos para energías limpias). La confianza se construye con reglas compartidas, no con declaraciones grandilocuentes y medidas unilaterales.

Y finalmente, y más trascendental, redefinir la naturaleza misma de la competencia. El gran desafío del siglo XXI no es decidir si Washington o Pekín ostentarán la hegemonía, sino transformar la rivalidad en un “concurso” sobre qué modelo puede crear la economía más próspera, inclusiva y sostenible. Que la competencia no gire en torno a dominar el mundo de forma extractivista, sino en ofrecer mejores respuestas a los dilemas universales de nuestro tiempo.

Esta no es una visión ingenua, sino la única realpolitik posible en la era de las amenazas existenciales compartidas. La alternativa — una escalada sin freno — sería un lujo que ni estas potencias, ni el mundo, pueden permitirse.

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