Jaque al dólar: ¿serán los BRICS capaces de desdolarizar la economía mundial?

En el ajedrez, como en la política mundial, la victoria no suele ser obra de un movimiento audaz, sino de la paciente acumulación de ventajas posicionales. Durante décadas, el “rey” dólar ha ocupado el centro del tablero, defendido por una estructura de torres, alfiles y caballos que parecía invencible: el petrodólar, los mercados bursátiles de Wall Street, los bonos del Tesoro norteamericano, etc. Un conjunto de países-peones alrededor asumían de forma inexorable este vasallaje o servidumbre.

Pero los jugadores del Sur Global han estudiado esta posición durante años, y han comenzado a desplegar sus propias piezas. No buscan un jaque mate inmediato, sino una erosión gradual, un cerco estratégico que, movimiento tras movimiento, vaya limitando el espacio de maniobra de la hegemonía angloamericana. Los BRICS+ han iniciado su propia jugada.

El dólar es el pilar estructural sobre el que se asienta la hegemonía de Estados Unidos. Un supremacismo económico-financiero cuya pervivencia sería difícilmente concebible en ausencia de este instrumento de dominio monetario omnímodo. Como con agudeza han señalado algunos analistas, como Liu y Papa, en su trabajo Can BRICS De-dollarize the Global Financial System?, (Cambridge University Press, 2022), el dólar trasciende su función económica para convertirse en una fuente de prestigio y, por ende, de legitimidad para la potencia que lo emite, un atributo intangible pero de una eficacia política innegable.

El orden de Bretton Woods significó el reconocimiento formal de una realidad, la de la consagración del billete verde como la moneda de reserva global por antonomasia. Aquel pacto, fraguado en el ocaso de la guerra mundial, institucionalizó un sistema que, sin embargo, no fue impuesto por la fuerza, sino aceptado como la base de una nueva estabilidad. Los datos fríos dibujan la magnitud del dólar, que según datos del FMI alcanza el 40% de las transacciones financieras internacionales y el 84,3% del comercio exterior, como apunta Luis Esteban Manrique, en “Dólares y ‘brics’: la guerra monetaria del siglo XXI” (Política Exterior, 21 de septiembre de 2023).

Esta liquidez extraordinaria, este océano de divisas que fluye sin cesar, no solo engrasa la maquinaria del intercambio global, sino que impregna los mercados de deuda pública y privada, así como el vasto y críptico universo de los derivados financieros cuya meca se encuentra en Wall Street, donde la renegociación de activos se realiza bajo el signo del dólar.

Frente a esta realidad, emerge un concepto que, como un leve pero persistente temblor, anuncia la posibilidad de un cambio sísmico: la desdolarización. Este término, sin embargo, es objeto de una interpretación que exige sutileza, pues no implica la ingenua aspiración de reemplazar un hegemón por otro, sino más bien un proceso gradual y complejo mediante el cual las economías emergentes, agrupadas en entes heterogéneos como el de los BRICS+, el de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), o la ASEAN y Mercosur, buscan mitigar su exposición a la moneda estadounidense.

La ambición que subyace en el trasfondo de este movimiento no es otra que la de alumbrar un orden financiero más multipolar, o si se quiere, policéntrico, que acompase los intereses del Sur Global y, al mismo tiempo, sirva como un cortafuegos contra los riesgos sistémicos, especialmente ante la creciente y preocupante “militarización” del dólar auspiciada por Washington y sus acólitos del G-7 y la OTAN. La divisa, en este contexto, se transfigura en un arma de doble filo, empleada por Washington a través de un arsenal de sanciones y embargos contra sus rivales sistémicos.

La historia reciente ha demostrado que la voluntad de emanciparse de la tutela del dólar no es un capricho, sino una respuesta a la experiencia directa de su vulnerabilidad. Por ejemplo, todos los miembros fundadores de los BRICS han sufrido, en algún momento, el peso de ese poder económico y financiero, y sus trayectorias particulares ofrecen un peculiar y variado mosaico de motivaciones y estrategias.

El caso de China es paradigmático y, en apariencia, el más diáfano. La sonada guerra comercial desatada por la Administración trumpiana desde 2017-2018, ha hecho comprensible el afán de Pekín por resguardarse de un sistema que percibe como una amenaza a su soberanía. Sin embargo, la raíz de esta aspiración no es un fruto de la última década, sino que se hunde en el pasado.

Ya en 1999, el entonces gobernador del Banco Popular de China, Dai Xianglong, ofrecía un diagnóstico profético de las patologías del sistema, alertando sobre cómo la dependencia de unas pocas monedas nacionales constituía “una fuente importante de inestabilidad” y cómo la arquitectura financiera internacional, al no poder resolver los desequilibrios en la balanza de pagos, era la causante recurrente de crisis sistémicas. Sus palabras fueron un primer y lúcido aldabonazo. Pueden leerse en: Dai, X., Declaración en la quincuagésima tercera reunión del Comité Interino de la Junta de Gobernadores del Sistema Monetario Internacional. Fondo Monetario Internacional (1999, párr. 1 y 3).

Rusia, por su parte, ha visto cómo su apuesta por la desdolarización se ha precipitado a raíz del conflicto ucraniano, pero sus recelos son anteriores. Ya en 2012, un alto funcionario diplomático subrayaba la necesidad de “depender menos del dólar”. Fue la escalada de sanciones en 2018 lo que llevó a Putin a calificar el monopolio de la moneda estadounidense como “inseguro” y “peligroso”. Lo que viene sucediendo desde 2022 no ha hecho sino confirmar esos temores, convirtiendo la urgencia en una necesidad existencial, como apuntan Liu y Papa en el trabajo antes referido: Can BRICS De-dollarize the Global Financial System? (Cambridge University Press, 2022, p. 25).

En el Brasil de Lula da Silva, el discurso se enmarca en una racionalidad económica incontestable. Resulta paradójico, por no decir insostenible, que un país cuya facturación de exportaciones se denomina en dólares en un 94%, dirija únicamente un 17% de esas exportaciones a Estados Unidos. Esta disonancia sin correlato comercial, expone a una economía rica en materias primas a una dependencia que no le corresponde y que ansía mitigar.

India, sin embargo, personifica la ambivalencia de un actor que a pesar del nacionalismo hindú y soberanismo de Modi, posee aún una pesada herencia colonial que se traduce en ciertas cargas o rémoras de neocolonialidad financiera ante el mundo anglosajón. Sin encabezar el movimiento, Nueva Delhi ha comprendido que la promoción de las divisas locales en el comercio intragrupo (intra-BRICS) no es ya una opción, sino un imperativo para reducir la predominancia del dólar y, con ello, salvaguardar su autonomía económica.

Por último, Sudáfrica, en una línea similar a la de su homólogo indio, ha optado por una prudente diversificación, incorporando el renminbi a sus reservas como un gesto tangible de su alineamiento con la causa.

Lo que revela este recorrido por los fundadores de los BRICS es una constatación esencial: la conciencia de estar sujetos al “privilegio” del dólar, o más bien, a su tiranía, forja un vínculo de entendimiento. Es este acuerdo, este reconocimiento de una vulnerabilidad compartida, el que constituye el cimiento sobre el que se podrá edificar, si no una alternativa plena, sí al menos una estrategia de supervivencia en un mundo que comienza a vislumbrar los contornos de un nuevo orden monetario, económico, comercial y financiera post-estadounidense.

Del petrodólar a la rebelión áurea

Los BRICS+, plenamente conscientes de la magnitud del desafío, han desplegado un abanico de líneas de acción que, más allá de su efectividad inmediata, revelan una estrategia destinada a horadar los cimientos del orden establecido. Una de estas vías, quizás la más simbólica y de mayor calado estructural, es la que interpela directamente al régimen del petrodólar.

El petróleo, a pesar de los embates de la transición energética y del creciente protagonismo de las renovables, conserva su estatus de materia prima más comercializada del orbe. Es el aceite que engrasa la maquinaria de la producción industrial global y del transporte marítimo, aéreo y todavía terrestre mientras los automóviles de motor de combustión sean mayoritarios en las carreteras del mundo. Quien detenta las llaves de su comercialización no solo controla un flujo mercantil, sino que condiciona las relaciones de poder a escala planetaria. Fue precisamente esta comprensión la que, a principios de la década de 1970, dio lugar al nacimiento de un sistema que habría de consolidar, como ningún otro, la hegemonía del dólar.

El Nixon Shock de 1971, al suspender la convertibilidad del billete verde en oro, transformó al dólar en una moneda fiduciaria, liberada de todo ancla material y dependiente, en última instancia, de la fe en la solvencia del Estado emisor. Este acto, que en apariencia debilitaba la posición de la divisa estadounidense, sentó las bases para su paradójico fortalecimiento. Tres años más tarde, en el contexto de la crisis petrolera, un pacto tácito entre Arabia Saudí y Estados Unidos daría origen al sistema del petrodólar.

El mecanismo establecía un circuito cerrado: Estados Unidos compraba petróleo al reino saudí, y este, a su vez, empleaba esos dólares para adquirir armamento estadounidense, mientras invertía el remanente en deuda pública norteamericana. De este modo, la moneda se retroalimentaba, creando una demanda perpetua y una dependencia global. Los bancos centrales del mundo se vieron compelidos a acumular reservas en dólares para garantizar su acceso a la materia prima esencial, perpetuando así un ciclo que robustecía la influencia de Washington.

Frente a esta arquitectura de dominación, la irrupción de los futuros del petróleo en yuanes en la Bolsa Internacional de Energía de Shanghái, allá por 2018, ha de ser interpretada como un primer y tímido punto de inflexión, que, como actualmente sucede con los llamados bonos Panda, marcaron un hito con capacidad de desencadenar consecuencias inusitadas. Asimismo, la posibilidad de convertir esos yuanes en oro en los mercados de Shanghái o Hong Kong confiere una capa de confianza a aquellos exportadores que, recelosos de la volatilidad de las divisas, anhelan mantener activos físicos como reserva de valor.

Ahora bien, mientras la fijación del precio del oro siga siendo dictada por los centros históricos del poder financiero, Londres y Nueva York, el sistema seguirá operando bajo la sombra de una dependencia velada. La emancipación plena, la verdadera desdolarización del comercio petrolero, solo se completará cuando los BRICS+ sean capaces de erigir su propio índice de referencia para los hidrocarburos y para los metales preciosos, un patrón autónomo que rompa el vínculo umbilical con los mercados internacionales regidos por el “dolarcentrismo”.

Este es el desafío central, el nudo gordiano que cualquier proyecto altermundista deberá desatar si aspira a que su estrategia no sea solo un acto de desafío, sino la fundación efectiva de un nuevo orden monetario y financiero internacional. La batalla por el petróleo y el oro es, en esencia, la batalla por la definición de un valor que no dependa de la voluntad e intereses coyunturales de una sola potencia.

En el entramado de la estrategia de los BRICS+ para buscar salidas a la hegemonía del dólar, el impulso de las monedas locales se erige como una vía maestra, quizás la más visible y, sin embargo, la que revela con mayor crudeza las contradicciones del sistema vigente. Las sanciones económicas han actuado como un catalizador involuntario de este proceso, poniendo en evidencia tres verdades incómodas para el statu quo.

La primera de ellas es que el dólar, lejos de ser un bien público universal, puede transmutarse en un instrumento de asfixia o estrangulación en contextos de alta complejidad geopolítica y geoeconómica. La experiencia ha demostrado que, cuando un conflicto internacional alcanza cierta intensidad, la moneda estadounidense puede dejar de ser una opción segura y viable, obligando al país afectado a buscar refugio en sus propias fuentes de energía, en la riqueza de sus materias primas o en la solidez de su capacidad productiva interna.

Esta constatación, forjada en el efecto de las sanciones, ha extendido como un reguero de pólvora la conciencia de que la supervivencia en el mercado global exige la construcción de relaciones comerciales alternativas, de corredores financieros que escapen a la vigilancia y coerción de la potencia hegemónica.

Como corolario de esta toma de conciencia, han proliferado los acuerdos bilaterales dentro de los BRICS para fomentar el intercambio en divisas propias. Un dato, aparentemente técnico, pero de un valor simbólico inmenso, ilustra esta tendencia: el uso de la moneda local en el comercio entre India y Rusia se ha elevado en los últimos años de un testimonial 6% a un 96% a finales de 2025. El sistema funciona principalmente a través del India-Russia Rupee-Ruble Trade Mechanism, permitiendo que los pagos de importaciones y exportaciones se realicen en las monedas locales respectivas (Interfax, “Russia, India increasing use of nat’l currencies, share in commercial transactions reaches 96%”, 5 de diciembre de 2025).

Pero más allá de estos acuerdos, que son el rostro visible de una nueva dinámica comercial, se alza la figura del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) como un actor de primera magnitud. Su capacidad para conceder préstamos en divisas locales y su exitosa irrupción en los mercados de capitales, tanto internos como externos, con una codiciada calificación AA+, no es un mero hito financiero. Es la materialización de una estrategia de diversificación que le permite sortear los canales tradicionales del dólar, accediendo a fuentes de financiación en distintas monedas y, con ello, tejiendo una red basada en la autonomía. Sobre esta temática, escribimos no hace mucho en El Mundo Financiero, “El banco y fondo de los BRICS: ¿el crepúsculo del sistema Bretton Woods?” (28 de junio de 2026).

Sin embargo, la ambición última de los BRICS+ —la eliminación total de su dependencia del dólar— exige un salto cualitativo que trasciende los acuerdos bilaterales y la acción del NBD. Para que el impulso de las monedas locales no sea un juego de fuegos artificiales, el grupo debe contemplar la creación de un mercado de capitales propio, un espacio donde los instrumentos financieros se negocien en sus propias divisas. Este paso implica la emisión de productos de deuda soberana, un movimiento que coloca a los estados emergentes ante la puerta de un sistema que, hasta ahora, les ha estado vedado.

Por estas razones que hemos esbozado, los BRICS+ saben que la historia no se escribe con movimientos impulsivos, sino con la paciencia del gran maestro de ajedrez que espera el error del adversario. Han logrado poner en jaque al dólar, pero la partida es larga y el desenlace incierto. Lo que está en juego no es solo la sustitución de una moneda por otra, sino la reconfiguración de las reglas del juego financiero internacional, para hacerlo más participativo, inclusivo y multilateral.

Los movimientos ya están hechos; ahora, como en el ajedrez, el resultado dependerá de la capacidad de cada jugador para leer las intenciones del otro, para anticipar los contraataques y para mantener la cohesión de su propia alianza. El jaque está lanzado en el tablero. El resto de la partida promete ser fascinante.

*Este artículo está basado en el informe sobre los BRICS publicado en junio de 2026 por la Fundación Cátedra China (Cuaderno Nº 4. ISBN: 978-84-09-87839-0), del cual nuestro colaborador Pablo Sanz ha sido coautor. El documento puede encontrarse en este enlace de la revista Mundo Global: https://mundoglobal.org/la-fundacion-catedra-china-impulsa-el-debate-sobre-el-papel-de-espana-en-los-brics-con-un-nuevo-cuaderno-de-trabajo/

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