Burlar al destino: una conversación existencial con un escritor indómito

Emilio Porta (Madrid) pertenece a esa estirpe de intelectuales polímatas cuya trayectoria elude cualquier intento de simplificación. Poeta, novelista, ensayista, crítico literario y cinematográfico, su mente creativa también se ha fraguado en las trincheras de la comunicación pragmática como creativo publicitario y letrista musical. Ha sido el autor, entre otras cosas, del nombre del tren español de Alta Velocidad, AVE. También como letrista de canciones ha grabado más de cien temas en España y México.

Pertenece a la Junta Directiva de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, en la que ostenta el cargo de Vicesecretario y de la que es Director de publicaciones y actividades culturales. Como autor ha publicado más de una docena de libros de poesía, narrativa y ensayo, entre ellos: Compás de Espera, Porlock, Anamarel, Tomo Secreto, Diario Despertar, Corales (Premio Blas de Otero 2010), Turno de réplica, Destinos y caballeros, El Amuleto, Alfama, Banderas Rotas, Contrapensamientos, y este mismo año Fatum (Cuadernos del Laberinto, 2026).

Pablo Sanz y Emilio Porta en compañía del también poeta y amigo Pedro Lecanda. Mayo de 2024, tras la grabación de uno de sus programas de tertulia en la emisora digital argentina “Estudio Radio”.

Emilio conoce bien el mundo anglosajón, ha vivido durante algunos años en Inglaterra y Estados Unidos. Con un pie en el lirismo de sus poemarios y novelas iniciales y otro en el existencialismo punzante de sus obras más recientes, ha recorrido el mundo dictando conferencias literarias, en países como China, Australia, Rusia, México y Argentina. Fue también el representante de España en la Bienal Internacional de Poesía de Moscú en el año 2011.

Esta singular amalgama tan polifacética le ha otorgado una plasticidad verbal única. Emilio sabe cómo opera el mecanismo de la persuasión inmediata y, al mismo tiempo, conoce la lentitud metafísica que exige la gran literatura. En una época marcada por la obsolescencia programada del pensamiento y el ruido digital, hablamos con él para desgranar una vida de compromiso ético con la palabra, la crisis cultural de Occidente y los misteriosos hilos del destino humano.

Pablo Sanz- Querido Emilio, para abrir esta conversación desde su raíz fundamental: ¿qué significa, en términos ontológicos, el acto de escribir para ti? Cuando abres tu cuaderno en blanco (o tu archivo de Word) ¿qué es exactamente lo que busca rescatar del silencio de esa hoja vacía?

Emilio Porta- Trato, a veces de un modo reflexivo y otras espontáneo e intuitivo, de mostrar (antes que a nadie a mí mismo) lo fundamental y permanente, incluso en las vivencias cotidianas, en el pensamiento diario. En realidad, lo esencial de la vida humana, en este caso, de la pequeña parte que me corresponde como viajero y testigo de la misma. 

Pablo- El Homo Sapiens posee el don exclusivo del lenguaje complejo. Sin embargo, esta herramienta es profundamente ambivalente: tiene la capacidad ecuménica de unir civilizaciones, pero también una potencia para separar, polarizar y levantar muros ideológicos. La palabra también es un arma. ¿Cómo opera el escritor frente a esta dualidad del lenguaje?

Emilio- El escritor que es un pensador, y ahí hay grandes ejemplos en la Historia, desde Spinoza a Kafka, Dostoyevski, Herman Hesse, Thoman Mann, Pessoa, Below, Coetze… por citar algunos ejemplos, se tiene que plantear la vida como un trayecto en que hay que accionar y reaccionar con el instrumento que debe conocer y usar: el lenguaje escrito. Librarse de ideologías, en el fondo, con tantos años de historia, coyunturales, aunque hayan supuesto previamente ideas que han permitido el contraste y el progreso, es casi una obligación para el que piensa y trata de no dejarse subsumir por ningún tipo de alienación. Eso no quita que, desde el punto de vista de la razón y la emoción, el escritor tenga que ser neutro, que no responda a valores universales que, desde mi punto de vista, deben estar impregnados de libertad y honestidad en el análisis.

Pablo- Al mirar atrás, ¿cómo se encendió en ti la chispa de la vocación literaria? ¿Nació como un mecanismo de escapismo frente a una realidad hostil o mediocre, o se concibió desde el principio como un compromiso activo para inyectar imaginación y pensamiento crítico al mundo?

Emilio- Es de nacimiento, Pablo, je, je. Es parte de mi identidad desde niño. Ya en la escuela “todo lo escribía”… recuerdo mis papelitos y notas infantiles. Aprendí a leer muy pronto, a los tres años y eso es algo que tengo que agradecer a mis padres y a mis primeros profesores, que me dieron la formación necesaria para poder desenvolverme en la escritura. Y eso ha sido connatural en todo mi proceso vital. Desde mis primeros poemitas a mis pequeños relatos en clase de literatura y comentario de textos, he llenado miles y miles de hojas en toda mi vida. Siempre fue un impulso positivo, nunca un escape o una venganza contra la sociedad, aunque, cuando ya más mayor, comprendí que escribir no era un don gratuito, traté de que lo escrito no estuviera vacío. Esa simbiosis entre forma y contenido siempre está presente en mis libros en todos los géneros.

Pablo- Existe un contraste doloroso entre la genialidad de tantos autores históricos que custodiaron la profundidad del pensamiento y la alarmante vulgarización que impera hoy en las redes sociales y los grandes medios de comunicación. ¿Cómo sobrevive la cultura en esta era de la inmediatez, de lo efímero y lo mediocre que impone el algoritmo?

Emilio- Pues mira, Pablo, voy a romper una lanza por la escritura en red. No todo es vulgar ni mediocre. Hay muchos escritores, analistas, pensadores, que utilizan los nuevos soportes para expresar – y muy bien – lo que dicen. Cierto es que el acceso general a lo cuantitativo parece que anega lo cualitativo, pero no es así. Tú mismo, sin ir más lejos, lo demuestras con tus artículos en revistas digitales. Aunque luego, también es cierto, los reúnas y publiques en libros en papel, como los magníficas obras y volúmenes que has publicado hasta ahora. Lo de los medios de comunicación, va por otro lado. Han dejado de ser, en su mayoría, soportes de la información para convertirse en servidores de la propaganda. Y esto tiene mucho que ver con su financiación, no tanto con la cultura.

Pablo- Has sido un creador sumamente polifacético. Te has movido con soltura por la poesía, la narrativa y el ensayo. ¿Cómo juegas con estas fronteras? ¿Qué ofrece cada género que le niegan los otros, o compartes la idea de que los géneros son solo etiquetas artificiales?

Emilio- En este momento, son etiquetas, más o menos útiles para cuando vas a una biblioteca o a una librería, pero la literatura no es ajena a la vida, y la vida es fusión, mezcla. Yo creo en la ósmosis de todos los géneros. Y de hecho, algunos de mis libros, aunque encuadrados por las editoriales en uno u otro apartado, participan de esta idea. Mi último libro publicado, Fatum, es un buen ejemplo.

Pablo- Analizando la evolución cronológica de tu bibliografía, en tus primeras etapas encontramos una fuerte presencia del poeta y el novelista, pero en obras como Contrapensamientos y muy especialmente en Fatum, en tiempos recientes, quizá presenciamos un giro explícito hacia un existencialismo maduro, como una suerte de estoicismo frente al destino. ¿A qué responde esta metamorfosis filosófica en tu escritura?

Emilio- Bueno, yo no veo ese giro tan claro. Al revés, desde mis primeros poemas había un contenido existencial. En mis poemarios, Porlock, Compás de espera, Anamarel, Diario despertar, y no digamos en Tomo secreto, ese contenido existencial es claro. Y no digamos en mis novelas, sobre todo en El amuleto. No, escribir y no poner el pensamiento en la parrilla de salida… y llegada, es prácticamente imposible en mi caso. Claro que he publicado obras de pensamiento puro, pero también tienen algo de poético y narrativo. La filosofía, con su ramillete de preguntas, más que de respuestas, aunque alguna intento, modestamente, dar, envuelve todo.

Pablo- Hablemos sin ambages del ecosistema cultural. El mundo de las instituciones, las editoriales y los premios literarios suele estar infestado de hipertrofia del ego, intelectualismo engolado, vacío, y de vanidades cortesanas. ¿Cómo has logrado sobrevivir a ese fuego de artificio sin contaminar tu pluma y tu intuición?

Emilio- Muy sencillo, aunque he ganado un par de premios literarios (no creo que vuelva a ocurrir, pues no pienso presentarme a ninguno más y solo en caso de que me dieran, sin pedirlo ni opositar, el Cervantes o el Princesa de Asturias, je, je, es posible que lo aceptara (es broma, no va a ocurrir) todo el mercadeo y la corrupción de los premios literarios me hastía y me alejo de ese patio de monipodio. Es un fraude, salvo en un escaso porcentaje de ellos. Voy a decir algo que puede parecer fuera de lo que la mayoría de los escritores hacen. Yo nunca escribo para los demás, escribo porque es parte de mi identidad y mi forma de caminar por la vida. Si alguien lee algo de lo que he escrito y lo aprovecha, estupendo. Y, además, agradecido. Pero nunca he escrito para, siempre he escrito por.

Pablo- Has trabajado en publicidad y como letrista, disciplinas donde la creatividad está sujeta a fines comerciales o de entretenimiento masivo. ¿Cómo ha equilibrado el imperativo de ganarse la vida con la pureza de la vocación artística?

Emilio- Pues eso, Pablo, la vida, desgraciadamente, no es gratis para nadie. Hay que pagar la luz. Pero mira, dentro de lo que cabe, mi aportación en esos terrenos, me ha dado algunas satisfacciones, como haberle puesto el nombre al tren de Alta Velocidad, el AVE, o haber escrito letras para algunos artistas, tanto en España como a nivel internacional. Algunas, curiosamente, las menos conocidas, pienso que también tienen un cierto valor literario.

Pablo- Tu biografía está marcada por el viaje y también en cierto modo en lo que podría definirse como diplomacia cultural. Has residido y trabajado extensamente en el mundo anglosajón, ocupando destinos de docente. Desde esa inmersión profunda, ¿consideras que son sociedades radicalmente distintas a las de matriz hispánica? ¿Dónde radica el verdadero choque tectónico entre la Anglosfera y la Hispanosfera?

Emilio- Bueno de docente con una cierta extensión, solo en Inglaterra, aunque sí he dado cursos y conferencias, no solo en el mundo anglosajón, también incluso en Italia, Argentina, Rusia, China…Pero, a pesar de los políticos anglosajones, de una mediocridad aplastante, tengo buenos recuerdos y amigos en el sector cultural. No todo son sus mequetrefes adscritos políticamente. Hay gente como Chomsky, Roth, Below, Curson Mc Cullers… en fin, una pléyade de magníficos creadores y buena gente. En la cultura no debería haber choque tectónico, sino interacción.

Pablo- Siguiendo esa línea, impartiste conferencias en plazas tan complejas como Buenos Aires. ¿Cómo ves el estado actual de la Hispanidad? ¿Es una comunidad cultural vibrante con un futuro geopolítico propio, o corre el peligro de diluirse bajo la hegemonía cultural anglo-globalista?

Emilio- Desgraciadamente la respuesta es corta. Esa comunidad cultural tuvo un gran apunte internacional hace unos años en la novela, pero hoy la política anglo anega España e Hispanoamérica. Pero renacerá. Porque, por otro lado, el castellano, el español como se le conoce universalmente, cada vez es más hablado en todo el mundo, también en el mundo anglosajón. Lo triste es que, en España, vuelvo a los políticos, no damos el valor que tiene ni al idioma ni a la cultura de la que es ariete. Históricamente y actualmente. La lengua de Cervantes es, junto al inglés, la más importante, con mucho, del planeta.

Pablo- En el año 2011, fuiste el representante oficial de España en la Bienal Internacional de Poesía de Moscú y dictaste conferencias en el Instituto Cervantes en Rusia. Con la actual fractura geopolítica que desgarra al continente, ¿ves factible, desde una perspectiva humanista, una reconciliación histórica y cultural entre la Europa occidental y Rusia? ¿O se ha roto ese puente de forma definitiva?

Emilio- Me resulta difícil contestar de forma esperanzada a esta pregunta. Es triste la demonización que se ha hecho de Rusia por los políticos europeos, con los españoles, además, de mamporreros en incomprensible primera línea. Un país europeo (el 90 por ciento de su población y sus grandes ciudades, Moscú, San Petersburgo, Volvogrado, que es como se llama ahora la antigua Stalingrado, Novgorod…están en Europa) de cultura, gran cultura, europea. Es realmente lamentable que el servilismo atlantista haya llevado al acoso a Rusia y a la actual situación de reacción y guerra, situación real de la que la gente conoce poco, pues los grandes medios de comunicación dependen financieramente de capital anglo y de financiación de Bruselas y juegan de parte.

Pablo- Tu “geografía literaria” también incluye hitos sorprendentes, como cuando tuviste ocasión de pronunciar un discurso ante Xi Jinping con motivo de su primera visita a España, en el Instituto Cervantes. Tus pasos te han llevado asimismo a entablar contacto con Guinea Ecuatorial e incluso a viajar a Kazajistán. ¿Cómo se digieren e integran experiencias de horizontes tan diversos en la mente de un escritor de matriz occidental?

Emilio- Bueno, Pablo, son cosas de la vida y de las situaciones que uno vive a lo largo de ella. Sí es cierto que en la primera visita, hace muchos años, del presidente de China a España, tuve el honor (por otro lado es una persona tremendamente sencilla) de darle la bienvenida en nombre del mundo cultural español en un acto en el Instituto Cervantes. También, a través de mi puesto en la directiva de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, tuve la satisfacción de recibir al premio Nobel de Literatura, Mo Yan, el autor de Sorgo rojo y otras grandes obras literarias. Mi relación con el mundo literario hispanista de Guinea Ecuatorial también ha sido importante, incluso he escrito algún libro sobre el país y lo de Kazajistán fue porque trabajé como guionista de la película Ainur, rodada allí, en su capital, Astaná. Yo, como otros, no es algo privativo de mi pensamiento, me siento profundamente español, pero quizás más todavía ciudadano del mundo.

Pablo- Para concluir este extenso recorrido, Emilio, como humanista indómito y testigo de los profundos cambios de nuestro tiempo, ¿qué hoja de ruta le recomendarías trazar a las jóvenes generaciones en su relación con la literatura? ¿Y qué consejo le darías a un escritor novel que intenta abrirse paso hoy con honestidad en este intrincado laberinto?

Emilio- Abrirse camino con repercusión, hoy día, no es fácil, pero la vocación de un escritor debe trascender este concepto. Un buen escritor debe conocer bien el lenguaje, haber leído, ejercer la praxis, escribir de todo, saber mirar, tener capacidad de asombro, saber traducir lo que ve a palabras escritas. Y para un escritor que empieza, tener siempre a mano un bloc, un cuaderno de notas. Y anotar, anotar mucho. Líneas escritas que seguro después darán pie a algo más completo.

Pablo- Muchas gracias Emilio por compartir tus pensamientos con nuestros lectores de Frontiere.

Conversar con Emilio Porta es, en el fondo, asistir a una lección de resistencia humanista. En un mapa global atomizado por la prisa digital, la tiranía del algoritmo y la polarización discursiva, su figura emerge como la de un cartógrafo que se niega a dar por perdidas las fronteras del pensamiento complejo.

Emilio no escribe desde la complacencia ni desde la comodidad del aplauso fácil. Lo hace desde la convicción de quien sabe que el lenguaje es un don sagrado que exige ser custodiado con rigor ético. Su tránsito desde el lirismo inicial hasta ese estoicismo existencial que late en las páginas de Fatum, su última obra, no es el lamento de un derrotista, sino la lúcida declaración de un hombre que ha viajado por el mundo, ha descifrado sus lógicas comerciales y geopolíticas, y ha elegido regresar a lo esencial, a su tierra espiritual y refugio, el lenguaje, la palabra como puente, la dignidad frente al destino.

En un siglo XXI empeñado en desahuciar al alma humana a cambio de la inmediatez, la literatura no es un adorno prescindible. Tampoco un lujo al alcance de unas élites. Es, tal vez, el último e incluso el único tesoro que albergamos para no perdernos del todo en mitad del laberinto.

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