Hay días en los que la rutina se quiebra por un azar afortunado. El mío ocurrió un 4 de mayo de 2018 cuando, gracias a la generosa mediación de un amigo, Carlos, me vi investido con un cargo insólito, el de hacer de cicerone particular y guía improvisado por Madrid para Sir Michael Atiyah, una de las mentes matemáticas más portentosas del último siglo.
Para el gran público, el nombre de Michael Atiyah quizá no resuene con la estridencia de un astro musical o un jugador de fútbol. Es lo que tiene vivir en la sociedad del espectáculo, en la que la mayoría de la gente está más pendiente del último concierto de Shakira o del partido Getafe-Málaga, que de los hallazgos y descubrimientos científicos.
En el olimpo de la ciencia matemática la figura de Michael Atiyah es monumental. Ganador de la Medalla Fields en 1966 y del Premio Abel en 2004 -los dos equivalentes al Nobel en una disciplina que carece de él-, Atiyah revolucionó la geometría y la topología moderna. Su trabajo cumbre, el Teorema del índice de Atiyah-Singer (1963), demostró que las propiedades geométricas de un espacio están íntimamente conectadas con las soluciones de las ecuaciones diferenciales que habitan en él. Dicho en román paladino: nuestro protagonista tendió un puente entre el análisis matemático puro y la física teórica, permitiendo a los físicos cuánticos entender el comportamiento de las partículas subatómicas en dimensiones complejas. Sus contribuciones más tarde se revelarían esenciales para algunas áreas de la física, como la física de partículas y la cosmología.
Atiyah recibió numerosos premios y reconocimientos, incluyendo el nombramiento como ‘caballero’ en 1983 y la Orden del Mérito en 1992. Distinciones a las que hay que añadir otras muchas, como la Royal Medal y la Copley Medal, ambas de la Royal Society (de la que además fue Presidente de 1990 a 1995). También fue Honoris Causa de multitud de universidades, entre las que se encuentran Bonn, Saint Andrews, Cambridge, Edimburgo, Salamanca, Politécnica de Cataluña, Oxford, México o Hong Kong, por citar algunas.
Sin embargo, volviendo a ese día tan especial, cuando crucé el vestíbulo de la histórica Residencia de Estudiantes, lo que vi no fue a un austero académico protegido por su propia dignidad, sino a un anciano bajito, mirada chispeante y una sonrisa cómplice que borraba de un plumazo cualquier abismo generacional o intelectual.
Recoger a Atiyah en aquel renombrado lugar de nuestra ciudad fue un prólogo a la altura del día que tenía preparado para él. Fundada en 1910 como el gran experimento de modernización pedagógica de la Institución Libre de Enseñanza, no es un alojamiento hotelero al uso. Es su momento de esplendor fue sin duda el santuario de la Edad de Plata de la cultura española. Caminar por sus pabellones de ladrillo rojo y sus jardines de adelfas es como invocar el espíritu de la España que quiso abrazar la ciencia y la vanguardia. Imposible un mejor escenario para mi encuentro con este genio matemático.
En la Residencia de Estudiantes durmieron y debatieron Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel. Por sus aulas pasearon Albert Einstein en su famosa visita a Madrid en 1923, Marie Curie, John Maynard Keynes o Severo Ochoa. Que Atiyah descansara bajo esos mismos techos potenciaba un círculo virtuoso y mágico. El matemático anglo-libanés, que estaba de paso por Madrid, encajaba a la perfección en la tradición de aquel oasis intelectual.
Atiyah había estado en la Villa y corte el año anterior, con motivo de una conferencia sobre el futuro de las matemáticas organizada por la Fundación Ramón Areces y la Real Sociedad Matemática Española, en junio del 2017, en la que también había disertado sobre la belleza de los números y de algo que, a priori, parece más indicado para las artes que para las ciencias: la intuición. En 2011también pasó unos días en Madrid para impartir su conferencia De Pitágoras a Perelman en la ceremonia de clausura del centenario de la Real Sociedad Matemática Española que tuvo lugar en el edificio del Senado en Madrid. Y unos años antes, había estado en la capital en el marco del Congreso Internacional de Matemáticos en 2006. Por tanto, mi tarea en esas horas con él no consistía en enamorar al matemático con Madrid, pues ya la había paseado y disfrutado en varias ocasiones, aunque hubieran sido estancias siempre breves con agendas apretadas, como es tan frecuente en los saraos académicos.
Al encontrarnos, reconozco que tenía por delante un reto abrumador: “¿De qué se habla con el hombre que ha desentrañado enigmas matemáticos?”, me pregunté. Mi vértigo inicial se disipó en cuanto intercambiamos el primer saludo en inglés. Su afabilidad británica, sazonada con un sentido del humor fino e irónico, convertía el peso de su erudición en una conversación liviana y accesible.
Geometría y emoción en el Museo del Prado
Reconozco que, debido al peso de la responsabilidad encomendada, preferí no hacer experimentos. El plan de visitar el Prado debía funcionar como una garantía de éxito. Mientras nos dirigíamos a la catedral del arte español, yo asumía mi papel de cicerone con una mezcolanza interior de orgullo, algo de impaciencia y un cosquilleo de inseguridad. ¿Cómo reaccionaría alguien acostumbrado a pensar en espacios de dimensiones infinitas ante la carne pigmentada de los lienzos? El Prado es, por definición, el gran templo de la luz española, un lugar donde el tiempo parece detenerse frente a la majestad de Velázquez, la desmesura de Goya o la opulencia de Tiziano. Sería sin duda interesante observar e indagar cómo Atiyah concebía la relación entre la pintura y la matemática pura.
Detenidos frente a Las Meninas, el matemático no pudo contener una risita gozosa. Lejos de analizar la obra solo desde la historia del arte, Atiyah disfrutaba como un niño identificando las estructuras. “Mira esto”, me susurró señalando con el dedo. “El juego de espejos, los planos superpuestos, el observador observando al creador que a su vez pinta al observador…”. Los genios se reconocen entre sí cuando plantean sus dilemas, cada uno a su manera, con sus lenguajes y códigos. Allí teníamos delante el dilema de la autorreferencialidad, el equivalente pictórico de una paradoja lógica o de una elegante ecuación iterativa. Había conexión entre Velázquez y Atiyah. Misión cumplida.
A lo largo de la mañana, visitamos las salas y disfrutamos con El Bosco, Tiziano y la belleza convulsa de las Pinturas Negras, explorando el vínculo entre ambas disciplinas. Para Sir Michael, tanto la matemática superior como la gran pintura nacen de una misma necesidad humana: la búsqueda de patrones ocultos, la armonía de las proporciones y la economía de medios para representar la complejidad del universo. Los genios artísticos tienen sin duda mucho de grandes matemáticos. Y los genios matemáticos también expresan a menudo elegancia y belleza en sus cálculos y teoremas. Quizá la única diferencia, algo injusta, es que los pintores tienen una paleta de colores maravillosa para expresarse y a los matemáticos solo les dejan jugar con una tiza y una pizarra verde. Y ya en esto tiempos ni eso, en aulas donde los rotuladores o pantallas táctiles se han impuesto, perdiéndose el romanticismo de tarimas ensuciadas de tiza.
La sencillez de los sabios
Tras más de tres horas devorando pasillos y galerías en el Prado, el Barroco y la pintura flamenca dieron paso un arte más biológico, el culinario. Nos trasladamos a un restaurante céntrico y castizo para disfrutar de una comida típica española. Y es que, digámoslo todo, por muy distinguido que fuera su paladar académico y por muchos títulos nobiliarios que ostentase, la ciencia británica ha sobrevivido históricamente a base de pan de molde y té recalentado. Frente a una humeante y jugosa tortilla de patatas y un plato de jamón ibérico de bellota y otras viandas, regadas todas con un buen vino de crianza, Sir Michael pareció comprender de golpe que la verdadera geometría sagrada no estaba en las superficies de Riemann, sino en la perfecta curvatura de una croqueta casera.

Atiyah, al margen de su genialidad matemática, me pareció un hombre sabio, precisamente por saber acoger la opípara comilona madrileña no como un simple trámite, sino como una conversión al epicureísmo mediterráneo. Después de todo, Atiyah era un hombre de raíces libanesas y ortodoxas por parte de padre y había pasado su tierna infancia en Egipto, lejos de la brumosa y anglicana Albión.
Atiyah recordó con nostalgia y buen humor sus años juveniles en Cambridge y Oxford, sus viajes por el mundo, sus encarnizadas (y a veces cómicas) discusiones académicas y las excentricidades de algunos colegas de la élite científica internacional. Hablaba de la historia de Europa y de los avances de la ciencia no como dogmas inmutables -como por el contrario algunos cientificistas pretenden-, sino como una inmensa novela humana aún por escribir, de la que todos podemos ser partícipes. Ver a una leyenda viva de las Matemáticas degustando tapas en el corazón de Madrid con absoluta sencillez era sin duda una escena especial. Alguien cuya eminente inteligencia no le había restado un solo gramo de humanidad, curiosidad ni afecto.
Contemplar a un octogenario ilustre como Atiyah saborear la vida sin prisas en el corazón de Madrid fue una auténtica lección de vida. Para un joven profesor como yo, sumergido por entonces en las aguas turbias de un mundo universitario saturado de egos engolados y pequeños feudos académicos, resultó un alivio bastante terapéutico descubrir que la genialidad real no necesita atrincherarse en una torre de marfil. La genuina sabiduría no gasta pedantería, sino que tiende puentes interdisciplinares, sonríe sin postureo y se conmueve con la misma naturalidad ante la geometría secreta de una obra de arte que ante la perfección terrenal de un plato de pulpo a la gallega.
Aquella tarde, al acompañarlo de regreso a la tranquilidad de la Residencia de Estudiantes, me despedí de él con la certeza de haber compartido un día irrepetible. Guardaré para siempre en la memoria a Sir Michael Atiyah, con quien seguí en contacto por correo electrónico durante algunos meses hasta que conocí con mucho pesar su fallecimiento, en Edimburgo, en enero de 2019. Años después de su partida, conservo aquel recuerdo como un tesoro personal, como la convicción de que, si se sabe mirar con los ojos adecuados, la ecuación matemática y el trazo del pincel no son más que dimensiones del mismo idioma intentando descifrar el misterio del mundo.
Termino este viaje a la memoria, con el poema Sueños, escrito por Sir Michael Atiyah:
«A la luz del día, los matemáticos verifican sus ecuaciones y sus pruebas, sin dejar ninguna piedra sin mover en su búsqueda del rigor. Pero, por la noche, bajo la luna llena, sueñan que flotan entre las estrellas y se maravillan ante el misterio de los cielos: están inspirados. Sin sueños no hay arte, ni matemáticas, ni vida».

Doctor en Derecho y profesor universitario (Madrid, España). Además de sus publicaciones profesionales de índole académica, colabora en varios medios de comunicación españoles y ha publicado recientemente varios libros: Momento y encrucijada de España (Ediciones Atlantis, 2020), Dinero, crisis y poder global (SND, 2021) y Polis y justicia (Aula Magna-McGraw Hill, 2023).
