¿Por qué los BRICS? La búsqueda de un nuevo orden internacional

El término BRICS —acuñado en 2001 por el economista Jim O’Neill desde los despachos de Goldman Sachs— nació como un artificio financiero, una categoría de inversión destinada a designar economías emergentes con un potencial de crecimiento estructural superior al de las economías avanzadas del G7. Que aquella sigla, concebida en el corazón del capitalismo anglosajón, haya devenido dos décadas después en un foro de coordinación política que aspira a reconfigurar el orden económico internacional, constituye una de las ironías más sugerentes del panorama internacional.

Un nuevo orden internacional

El término BRICS, más de dos décadas después de su invención, no es simplemente referirse a unas economías emergentes, sino a la plasmación de un incipiente nuevo orden internacional que va cristalizando en alianzas y acuerdos de coordinación multilateral alternativos a la institucionalidad anglo y eurocéntrica que ha predominado desde 1945 y, ya más marcadamente desde 1991, con carácter unipolar norteamericano.

Para comprender cabalmente la trayectoria del grupo, resulta imperativo situar su génesis en el contexto más amplio de la transformación del orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. El sistema de Bretton Woods, erigido en 1944, no solo alumbró las arquitecturas gemelas del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, sino que consagró la hegemonía del dólar estadounidense como divisa de reserva global. Aquel diseño institucional, concebido bajo el signo de la reconstrucción en un mundo bipolar dominado por Washington y Moscú, reflejaba un equilibrio de poder que la historia se encargaría de desmantelar. La desaparición de la Unión Soviética en 1991 no hizo sino exacerbar la asimetría, configurando un escenario unipolar donde la potencia norteamericana parecía ejercer un dominio sin contrapesos.

Es en este intersticio histórico donde el concepto BRIC —y posteriormente BRICS— adquiere su verdadera densidad. Lejos de ser una mera ocurrencia financiera, su emergencia puede leerse como una respuesta analítica, y ulteriormente política, a la concentración del poder económico en un único polo o centro (Occidente, el Norte Global). No se trataba ya de identificar oportunidades de inversión, sino de articular un espacio desde el cual interpelar un orden que excluía a las periferias de los centros de decisión global (Washington, Londres, París).

Tres fases

La evolución del grupo, como ya se refirió Stuenkel, en Post Western World: How Emerging Powers Are Remaking Global Order (Polity Press, Cambridge 2016), atraviesa tres fases sucesivas pero superpuestas. La primera, que se extiende desde 2001 hasta 2007, corresponde a un período meramente conceptual. Los entonces “BRIC” operan como una etiqueta en los informes de inversión, desprovista todavía de sustancia política. La segunda fase, inaugurada por la crisis financiera de 2007-2008, supone una inflexión decisiva. El colapso de las economías centrales, que evidenció de manera brutal las vulnerabilidades estructurales del sistema financiero internacional, actuó como catalizador de una toma de conciencia colectiva. Lo que hasta entonces era una categoría analítica se transformó en un espacio incipiente de coordinación política informal. La tercera fase, en marcha desde 2015, asiste a la progresiva institucionalización del grupo y al afianzamiento de mecanismos de cooperación Sur-Sur que comienzan a esbozar una geografía alternativa del poder.

La primera cumbre formal, celebrada en Ekaterimburgo en 2009, marcó el proceso hacia la articulación de la acción política internacional. Con la incorporación de Sudáfrica en 2011, el acrónimo adquirió su forma actual, incorporando al grupo una suerte de “vector africano” que ampliaba su legitimidad representativa. Pero es a partir de 2023 cuando los BRICS experimentan un giro cualitativo. La cumbre de Johannesburgo no solo invitó a incorporarse a Irán, Egipto, Etiopía, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos —dando lugar al concepto, aún impreciso, de “BRICS+”—, sino que estableció una categoría de “países socios” que engloba a economías tan diversas como Indonesia, Tailandia, Kazajistán o Nigeria.

Heterogeneidad y economía global

Esta expansión, sin embargo, plantea interrogantes que ningún observador atento puede soslayar. El BRICS+ reúne hoy una heterogeneidad que desafía cualquier pretensión de homogeneidad política o económica. En el grupo conviven, dialogan, monarquías petroleras, autocracias y democracias consolidadas, desde Estados sancionados hasta potencias manufactureras, desde países de renta alta a economías en desarrollo.

La pregunta que subyace a esta diversidad o heterogeneidad no es baladí. ¿Puede un foro tan plural articular una agenda común sin diluir su identidad en un reformismo superficial? O, formulado en términos más provocadores, ¿estamos ante el embrión de un nuevo orden multipolar o multilateral, o ante una coalición de intereses coyunturales cuya fragilidad es inversamente proporcional a su retórica?

La respuesta, probablemente, se encuentra en la tensión irresuelta entre el deseo de autonomía estratégica frente al neocolonialismo occidental y la inercia de unas reglas del juego que, aunque cuestionadas, siguen estructurando la economía global y que proceden mayormente aún de las antiguas metrópolis europeas (Londres, París) o del actual hegemón estadounidense. Los BRICS, en su actual fase de expansión, encarnan la paradoja de todo proyecto transformador que aspira a operar desde los márgenes del sistema sin romper con él. Podría decirse que su fuerza reside en la capacidad de convocar un cierto malestar compartido dentro de lo que se hace en llamar “comunidad internacional”, pero su debilidad radica en la dificultad de traducir ese malestar en una alternativa institucional coherente.

El proceso de expansión que ha experimentado el grupo en los últimos años va más allá de ser un mero fenómeno cuantitativo, sino que refleja más bien una tendencia estructural más honda, como es la necesidad de multilateralización progresiva del sistema internacional por parte de potencias emergentes y otras consolidadas ante la pretensión de hegemonismo de potencias occidentales declinantes. Más allá del innegable peso económico agregado que representan sus miembros —cuyo PIB conjunto supera ya, en paridad de poder adquisitivo, al del G7—, los BRICS+ se consolidan como una plataforma de coordinación política, financiera y estratégica que aspira a dar voz a un Sur Global hasta ahora relegado a los márgenes de la gobernanza mundial.

Su evolución, lejos de obedecer a una lógica de confrontación binaria, debe concebirse como una transformación gradual del orden económico internacional hacia un modelo más distribuido, representativo y participativo que el sistema internacional acuñado por Occidente no permite por su propia incapacidad de reforma ante los cambios demográficos y socioeconómicos globales. El mundo de 2026 no es el de 1945, ni el de 1991 ni siquiera el de apenas hace una década.

Estrategia de la cooperación

Los BRICS+ se autodefinen, en los documentos emanados de sus cumbres, como una asociación integral estratégica de concertación y cooperación económica, comercial, financiera y política a escala internacional. Esta caracterización, que podría ser desdeñada como mera retórica institucional, encierra sin embargo una reivindicación explícita de capacidad de agencia frente a una arquitectura internacional percibida como disfuncional, cuando no abiertamente inequitativa. No se trata, conviene subrayarlo, de una apelación a la confrontación, sino de una demanda de reconocimiento en la medida en que los BRICS+ reclaman un lugar en la mesa de las decisiones globales que durante décadas les fue negado como sostienen Roberto Muñoz, Bonifácio Vissetaca, Nibian Muñoz en “Los BRICS en las dinámicas de la economía internacional y la construcción de un mundo multipolar”, Encrucijada Americana, Nº 16 (1), 2024, pp. 80-100.

Para comprender la naturaleza de esta reivindicación, resulta imprescindible recordar el contexto institucional en el que se inscribe. Los acuerdos de Bretton Woods —materializados en la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial— tendieron históricamente a reforzar la posición hegemónica de Estados Unidos dentro del sistema financiero internacional. El diseño de cuotas, los mecanismos de voto ponderado y la ubicación geográfica de las sedes (en Washington) no fueron decisiones neutras. Reflejaban una correlación de fuerzas que, aun habiendo mutado sustancialmente en las últimas décadas, apenas se ha visto modificada en los órganos de dirección de estas instituciones.

Frente a este diseño institucional, los BRICS+ han desplegado un conjunto de iniciativas orientadas a reducir su dependencia de Occidente, y también su vulnerabilidad externa, diversificando las fuentes de poder financiero. Entre ellas destacan la creación de instituciones financieras propias (el Nuevo Banco de Desarrollo, el Acuerdo de Reservas Contingentes), el fomento del uso de monedas locales en las transacciones interestatales y el desarrollo de mecanismos alternativos al sistema SWIFT. Estas medidas persiguen un objetivo estratégico central, como es el de consolidar la influencia colectiva del grupo y posicionarlo como un actor relevante en la construcción de un nuevo orden financiero internacional de carácter multilateral. En otras palabras, emanciparse suavemente, diplomáticamente, de las tenazas de la banca de Wall Street y de la City londinense que todavía hoy sujetan la mayor parte del mercado financiero mundial.

Para iluminar el comportamiento de los BRICS+ en este ámbito, resulta de particular utilidad el concepto de “diplomacia financiera”, acuñado por Armijo y Katada, quienes definen este término como el uso intencional, por parte de los gobiernos nacionales, de capacidades monetarias o financieras domésticas o internacionales con el propósito de lograr objetivos continuos de política exterior, ya sean políticos, económicos o financieros. Esta noción, que trasciende la distinción convencional entre política doméstica y política exterior, admite una doble dimensión, ambas plenamente observables en la actuación del grupo (Armijo, L. y Katada, S., “Theorizing the Financial Statecraft of Emerging Powers”, New Political Economy, Nº 20, 2014, pp. 42-62.

La primera de ellas, la diplomacia financiera defensiva, engloba aquellas medidas orientadas a proteger la autonomía de los miembros frente a presiones externas. Bajo este epígrafe se inscriben iniciativas como la aspiración —todavía incipiente— de crear una moneda común que ofrezca una alternativa al dólar como divisa de reserva y de intercambio; la demanda recurrente de aumentar la participación del grupo en los foros de diálogo económico y financiero internacional, particularmente en el FMI y el Banco Mundial; y la voluntad explícita de promover una economía global más justa y equilibrada. Esta dimensión defensiva responde a una constatación empírica que es básicamente la dependencia del dólar y de las instituciones de Bretton Woods, lo cual expone a las economías emergentes a una vulnerabilidad sistémica que los shocks externos —ya sean financieros, comerciales o geopolíticos— tienden a exacerbar.

La segunda dimensión, la diplomacia financiera activa, es definida por los mismos autores como la construcción de instituciones de gobernanza global que proporcionen una influencia continua. Bajo esta categoría se inscribe, de manera paradigmática, la creación del Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), una institución que aspira a competir —o al menos a complementar— el rol desempeñado tradicionalmente por las de Bretton Woods. A diferencia de estas, el NDB se ha caracterizado por una mayor agilidad en la aprobación de proyectos, una menor condicionalidad política y una orientación explícita hacia las infraestructuras y el desarrollo sostenible. Su estructura de gobernanza —que otorga igualdad de voto a sus miembros fundadores— representan una innovación institucional no menor en el panorama de la financiación para el desarrollo.

Los objetivos estratégicos de los BRICS+ se definen en el marco de sus cumbres anuales, de las que se han celebrado diecisiete hasta la fecha. En estos encuentros no solo se determinan las líneas de actuación en materia económica, comercial y financiera, sino que también se articulan las políticas necesarias para la consecución de fines sociales más amplios.

De manera recurrente, las declaraciones y documentos resultantes de las cumbres han enfatizado un conjunto de compromisos compartidos que trascienden el mero interés económico. Entre ellos cabe destacar la erradicación de la pobreza mediante un crecimiento económico inclusivo; la implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible; la financiación de proyectos multilaterales en áreas como investigación, innovación, energía, sanidad y educación; el fomento del desarrollo tecnológico; y la intensificación de los esfuerzos en la lucha contra el terrorismo. Este amplio espectro de preocupaciones revela que los BRICS+ conciben su acción no como un proyecto exclusivamente económico, sino como una apuesta civilizatoria por un modelo de globalización más equitativo.

Ante las tensiones comerciales y el cada vez mayor proteccionismo protagonizado por diferentes antaño adalides de la globalización -porque eran ganadores en este proceso (EE.UU. y UE)-, los países BRICS han ratificado su compromiso con la defensa del multilateralismo y se han descrito a sí mismos como la vanguardia del Sur Global para hacer oír su voz en medio de un desenfrenado hegemonismo, unilateralismo y proteccionismo. Esta autopercepción, más allá de su indudable carga retórica, apunta a una verdad incómoda para el orden liberal internacional, que es la brecha entre el discurso de la cooperación y la realidad de la exclusión ha generado un malestar que los BRICS+ canalizan y articulan.

La cuestión que se plantea, sin embargo, es si este malestar compartido por una creciente parte de la comunidad internacional será suficiente para sostener una cooperación que deberá sortear no solo las presiones externas, sino también las tensiones internas que toda alianza heterogénea inevitablemente genera.

Los BRICS+ articulan, como hemos visto, una estrategia de doble registro que condensa las aspiraciones y las contradicciones de un Sur Global en busca de reconocimiento. Por un lado, buscan protegerse de las asimetrías del orden financiero heredado de Bretton Woods —esa arquitectura que, concebida en 1944 para dar estabilidad a un mundo en ruinas, ha perpetuado durante décadas una geografía del poder que excluye a las periferias de los centros de decisión—. Por otro, aspiran a construir instituciones y normas alternativas que les permitan ejercer una influencia estructural en la gobernanza global, transformando su condición de sujetos pasivos de las reglas del juego en actores capaces de reescribirlas.

Esta dualidad —defensiva y activa a un tiempo— confiere al grupo una plasticidad estratégica que explica, en buena medida, su capacidad de convocatoria. No es casual que el número de aspirantes a la membresía no cese de crecer. Detrás de cada solicitud de adhesión se esconde una constatación compartida, la de que el orden liberal internacional, en su versión actual, está finiquitado, o en el mejor de los casos, ha dejado de ofrecer garantías suficientes a quienes no forman parte del núcleo duro de la gobernanza global. Los BRICS+ se presentan, así, como un espacio de refugio y de proyecto, como una alternativa que promete protección frente a la vulnerabilidad sistémica, pero también participación en la construcción de un futuro más equitativo.

Sin embargo, esta promesa se enfrenta a un desafío de naturaleza estructural como es la creciente heterogeneidad geopolítica y económica de sus miembros. El paso del grupo BRICS original —un grupo relativamente homogéneo en términos de tamaño poblacional y aspiraciones de desarrollo— al actual BRICS+ —que incorpora monarquías petroleras del Golfo, repúblicas islámicas sometidas a sanciones internacionales, democracias consolidadas y regímenes autoritarios, economías de renta alta y naciones en desarrollo— ha multiplicado exponencialmente las fuentes potenciales de fricción interna.

Los intereses de Arabia Saudí no son los de Irán; las prioridades de Etiopía no son las de Brasil; las alianzas estratégicas de la India no son las de China. La pregunta que se cierne sobre el grupo es, pues, de una simplicidad engañosa y de una complejidad abrumadora. Cabe pues preguntarse si una coalición tan diversa podrá mantener la cohesión necesaria para articular una agenda común.

El éxito relativo de esta estrategia dependerá, en última instancia, de la respuesta a este interrogante. La historia de las alianzas internacionales ofrece, en este sentido, lecciones que ningún optimismo ingenuo debería desdeñar. Los bloques que han perdurado no lo han hecho sobre la base de retóricas grandilocuentes o de enemigos comunes, sino sobre la solidez de intereses compartidos y la capacidad de traducir esos intereses en instituciones efectivas. Los BRICS+ han dado pasos significativos en esta dirección —el Nuevo Banco de Desarrollo, el Acuerdo de Reservas Contingentes, los mecanismos de pago en monedas locales—, pero el camino hacia una verdadera alternativa estructural al orden de Bretton Woods es todavía largo y accidentado.

La fuerza de la diversidad

Quizá la principal virtud del grupo resida hoy, paradójicamente, en su propia heterogeneidad. Porque es precisamente esa diversidad la que le confiere una legitimidad representativa de la que carecen otras instancias de gobernanza global. Cuando los BRICS+ reivindican la necesidad de un orden más multilateral, no están simplemente expresando el deseo de unas cuantas potencias emergentes. Están dando voz a una pluralidad de experiencias históricas, modelos de desarrollo y visiones del mundo que el sistema de Bretton Woods, en su rigidez de su visión universalista tamizada por los valores del Norte Global (euroatlánticos), ha tendido a homogeneizar o a silenciar. En este sentido, el verdadero potencial transformador del grupo no reside tanto en lo que es capaz de construir —que es mucho— como en lo que es capaz de representar.

Los BRICS+ se encuentran, pues, ante una encrucijada que es también la del mundo contemporáneo. Pueden optar por una trayectoria de reformismo incremental, acomodándose a las estructuras existentes y obteniendo de ellas concesiones graduales. O pueden atreverse a plantear—y a construir— un modelo alternativo de gobernanza global que trascienda las dicotomías heredadas entre centro y periferia, entre Norte y Sur, entre dominadores y dominados. La primera opción es más segura, pero también más limitada. La segunda es más incierta, pero también más prometedora.

El mundo que emerge de las crisis superpuestas de los últimos años, la “policrisis” —financiera, sanitaria, climática, geopolítica— reclama respuestas que las instituciones del pasado ya no pueden ofrecer por sí solas. Los BRICS+ encarnan una de esas respuestas, quizá la más ambiciosa de cuantas han surgido desde el mundo “No Occidental”. Su trayectoria futura será observada con atención, pero también con escepticismo. Pues la historia nos ha enseñado que las promesas de transformación estructural suelen enfrentarse a la inercia de los poderes establecidos y a la fragilidad de las alianzas heterogéneas.

Los BRICS+ han dado ya esos primeros pasos. El resto, como siempre en la historia, está por escribir.

*Este artículo está basado en el informe sobre los BRICS+ publicado en junio de 2026 por la Fundación Cátedra China (Cuaderno Nº 4. ISBN: 978-84-09-87839-0), del cual nuestro colaborador Pablo Sanz ha sido coautor. El documento puede encontrarse en este enlace de la revista Mundo Global: https://mundoglobal.org/la-fundacion-catedra-china-impulsa-el-debate-sobre-el-papel-de-espana-en-los-brics-con-un-nuevo-cuaderno-de-trabajo/

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