De imperio derrotado a potencia pacífica: la reinvención de Japón

Pablo Sanz Bayón

Pocas naciones han transitado con tanta velocidad — y dolor — del delirio imperialista al pacifismo constitucional como Japón. En menos de una generación, pasó de soñar con una hegemonía bajo el paraguas del panasianismo — un concepto que mezclaba idealismo cultural y ambición colonial — a convertirse en la más disciplinada economía de mercado aliada de Occidente y vasalla predilecta de Washington. 

El precio de esta transformación  fue devastador: Hiroshima, Nagasaki, la rendición incondicional, la pérdida de su ejército y una ocupación norteamericana que daría forma a sus instituciones durante décadas.

El panasianismo japonés fue en un inicio una reacción ideológica al colonialismo occidental. Japón, única nación asiática que no había sido colonizada y que había resistido el influjo del exterior, se sintió llamado a “liberar” a sus vecinos del yugo europeo… aunque pronto esa retórica encubrió un expansionismo brutal. 

La invasión de Manchuria, la guerra contra China, la ocupación de Corea y la posterior entrada en el conflicto global con el ataque a Pearl Harbor, marcaron una deriva que no se detendría hasta la devastación total. Entre 1931 y 1945, Japón se convirtió en un imperio de facto, cuya bandera ondeó en gran parte del sudeste asiático, dejando tras de sí una estela de violencia: Nankín, Manila, Birmania, la explotación forzada, las “mujeres de consuelo”. 

El 15 de agosto de 1945, tras los bombardeos atómicos — los únicos de la historia — Japón se rindió. Pero no fue el fin, sino el comienzo de otra historia, la de su reinvención. Bajo la dirección del general Douglas MacArthur, Japón fue ocupado, desmilitarizado y reformado a fondo. 

El artículo 9 de su nueva Constitución, impuesta en 1947, renunciaba explícitamente al uso de la guerra como instrumento político. El emperador Hirohito, símbolo sagrado del nacionalismo japonés, fue conservado pero despojado de su carácter divino. No fue juzgado en los llamados “Juicios de Tokio”, a diferencia de Tojo y varios de sus generales y ministros, condenados por crímenes de guerra. Aquella decisión política — tan polémica como eficaz — permitió preservar una continuidad institucional que calmara al país y, sobre todo, bloqueara la expansión del comunismo soviético y chino.

Japón, derrotado en el campo militar, fue reconvertido en un bastión económico del sedicente “mundo libre”. En esa transformación se gestó lo que luego sería conocido como el “milagro japonés”. Desde los años 50 hasta principios de los 90, el país vivió una expansión sin precedentes, sostenida en una fórmula tan japonesa como eficaz: planificación estatal indirecta, disciplina laboral casi espartana, educación técnica de primer nivel, protección estratégica de sectores clave y un tejido industrial basado en grandes conglomerados empresariales: los keiretsu.

De esas décadas surgieron los nombres que definirían el “Made in Japan”: Toyota, Sony, Honda, Mitsubishi, Nissan, Panasonic, Yamaha, Toshiba, Nomura, Isuzu, Casio, Fujitsu, Canon, Nintendo, Nikon, Kyocera, Hitachi, Mazda, Kawasaki, JVC, Shiseido, Konami y un largo etcétera. Cada una en su campo conquistó el mundo con una combinación de fiabilidad, innovación y precios competitivos. El consumidor occidental asoció Japón a la tecnología puntera, a la miniaturización, a la precisión. La etiqueta japonesa era sinónimo de excelencia.

Sin embargo, en la cúspide de su éxito comenzó a fraguarse su caída relativa. La burbuja especulativa de los años 80 — impulsada por la apreciación del yen tras los Acuerdos del Plaza en 1985, y por una política monetaria laxa — hizo que los precios de los inmuebles y de las acciones se dispararan hasta niveles absurdos. Tokio, en 1989, era la ciudad más cara del planeta. En 1991, la burbuja estalló.

Desde entonces, Japón ha vivido lo que los economistas llaman la década perdida, aunque en realidad han sido tres y va camino de la cuarta. Un estancamiento crónico, deflación persistente, tipos de interés negativos y una población envejecida y decreciente. Un cóctel que ningún país había experimentado con esa profundidad.

A ese fenómeno se lo conoce ahora como la “japonización” de la economía: una suerte de advertencia sobre lo que puede suceder cuando el dinamismo demográfico y el consumo interno colapsan, aunque haya estabilidad institucional y pleno empleo. El modelo japonés dejó de ser exportable y fue China y Corea del Sur quienes tomaron el relevo como potencias industriales y tecnológicas de Asia.

Pero incluso en su declive relativo, Japón no ha perdido su singularidad. Su sociedad ha sabido metabolizar ese trauma con una mezcla de resignación estética, disciplina silenciosa y resistencia al cinismo. Es como si el país, tras haber sido hundido dos veces —por la guerra y por la economía— se hubiera blindado emocionalmente, aceptando vivir en una suerte de limbo elegante donde el progreso ya no es sinónimo de velocidad, sino de perfección.

En ningún otro lugar la decadencia es tan refinada.

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