Donde la flor del cerezo resiste a la sombra de los rascacielos 

¿Qué es el yamato-damashii, el “espíritu japonés”?

¿Es acaso la elegancia callada de una ceremonia del té, el murmullo disciplinado del tren bala que no se retrasa ni treinta segundos, la voluntad inquebrantable de un trabajador que nunca se ausenta de su puesto, o el silencio estoico de una multitud que se despide de una era imperial sin una sola voz alzada?

¿O es, quizás, una corriente invisible que enlaza los templos sintoístas cubiertos de musgo con el vértigo de los rascacielos de los distritos tokiotas de Shinjuku o Ginza?

Ese espíritu, invisible pero omnipresente, ha sido esculpido durante siglos a golpe de disciplina y resignación. Como si el alma nacional fuese una pieza de bonsái: contenida, cuidada, severamente podada hasta alcanzar una forma ideal. 

Sin embargo, esa forma encierra contradicciones. La reverencia del sintoísmo hacia lo efímero frente a la obsesión hipermoderna por la velocidad; la armonía con la naturaleza frente al pulso incesante de los anuncios luminosos de Shibuya o las penumbras morales que esconde Kabukicho, el barrio rojo de Tokio. Japón vive en un doble registro. Uno milenario y otro futurista, uno quizá utópico y otro bastante distópico, coexistiendo sin fusionarse del todo. 

Pocas vidas han encarnado con tanta pasión y lucidez esas tensiones y claroscuros como la de Yukio Mishima. Autor de una obra vastísima, Mishima fue más que un novelista: dramaturgo, actor, director, modelo de sí mismo, culturista, esteta radical, devoto del bushidō, patriota hasta la asfixia, artista de la muerte. En su apasionante figura convergen lo sublime y lo grotesco, la nostalgia por los valores samuráis y el ansia moderna de dejar una huella imborrable.

Mishima trató de encarnar —como si fuera un personaje de tragedia griega— la fusión imposible entre cuerpo y palabra, acción y belleza. Para él, Japón había perdido el alma en la posguerra. Humillado, emasculado, reducido a un país de asalariados y oficinistas sin gloria. Su literatura —desde la inquietante Confesiones de una máscara hasta la catedralicia tetralogía El mar de la fertilidad— está atravesada por esa tensión: entre el impulso de vida y la pulsión de muerte, entre el erotismo del cuerpo joven y el ideal abstracto del honor.

En El pabellón de oro, su personaje arde en la belleza de un templo para destruir lo que ama y así eternizarlo. En Caballos desbocados, su protagonista conspira para derrocar el orden corrupto, al grito de un Japón espiritual perdido. En La muerte en el mediodía, ensayo confesional, Mishima medita sobre el seppuku como expresión suprema del alma japonesa: dolor y pureza en un mismo tajo, que finalmente acabaría aplicándose en 1970.  

En ese inmensa videoteca que es YouTube pueden encontrarse numerosos e interesantes materiales sobre la vida y obra de este peculiar y excéntrico personaje. En particular resulta muy sugerente la edición número 92 de La última página, programa cultural de los argentinos Daniel Ortega y Sebastián Porrini. También se encuentran curiosos programas de Sánchez Dragó sobre Mishima con participación, entre otros, de Vallejo Nájera e Isidro Palacios, expertos en el japonés. No obstante, como se dice en algunos contenidos producidos en nuestra lengua, la figura de Mishima parece haber perdido brillo en un Japón que ya no le reconoce y en el que él ya no se reconocía desde su juventud.

Su vínculo con Yasunari Kawabata, el primer Nobel de Literatura japonés, fue íntimo y complejo. Kawabata, maestro de lo sutil y de lo no dicho, admiraba el genio de Mishima, pero temía su extremismo. En Diario de un muchacho, Kawabata se interna en un registro confesional, íntimo y melancólico, que parece un contrapeso perfecto a la teatralidad de Mishima. En esas páginas, que hemos podido saborear en este periplo nipón, la mirada adolescente se convierte en un espejo de Japón: tímida, delicada, capaz de hallar en la fragilidad un núcleo de belleza. Frente al ruido de la modernidad, Kawabata defendía una escritura que era casi un acto ritual, una forma de preservar la pureza del instante, como si cada frase fuese una ofrenda en un santuario.

Esa misma delicadeza se percibe, desde otra perspectiva, en Vida de una geisha de Mineko Iwasaki. Aunque se trata de un testimonio autobiográfico y no de una ficción literaria, comparte con Kawabata la atención al detalle y el respeto por los ritos que configuran la identidad japonesa. Iwasaki describe con precisión y sin idealizaciones la disciplina, el sacrificio y la estética que sostienen el mundo de las geishas: un universo que, como el sintoísmo, vive en tensión con el Japón de los trenes bala y la tecnología digital. 

Ambas miradas —la de Kawabata y la de Iwasaki— revelan que el alma japonesa no está en los símbolos de poder o modernidad, sino en la perseverancia silenciosa de sus ritos y códigos, como el que precisamente Mishima realizaría a modo de epílogo de su vida.

En 1970, al frente de su milicia personal —la Tatenokai, o Sociedad del Escudo— Mishima llevó su obra a su clímax: tomó un cuartel militar, arengó a los soldados para restaurar el poder del emperador (una causa ya anacrónica) y, al ver el fracaso de su misión, se suicidó según el ritual ancestral del seppuku. Tras abrirse el vientre con una daga, fue decapitado por un discípulo. Un final excesivo, meticuloso, performativo. Mishima se esculpió un final trágico como los héroes que admiraba.

Ese gesto dejó a Japón paralizado. Era un cuerpo social moderno -democrático, globalizado- que no sabía qué hacer con un alma aún aferrada a los códigos arcaicos del honor. La misma tensión que palpita hoy, cuando un oficinista madruga para visitar un santuario sintoísta de su barrio antes de sumergirse en hora punta en ese infinito hormiguero que es el metro de Tokio. Mishima fue un provocador, desde luego, pero también un espejo que reflejaba un país que ha aprendido a convivir con sus fantasmas sin exorcizarlos.

No cabe duda que esa pulsión tanática es parte del paisaje espiritual de esta nación. Desde los kamikazes (viento divino) en las postrimerías de la guerra hasta los shinju (suicidios de amor) de los dramas bunraku; desde los ejecutivos abrumados por la ruina económica hasta los jóvenes perdidos en el laberinto digital de la soledad. Hay una suerte de drama necrofílico que atraviesa el alma japonesa como un hilo rojo. Pero también hay destellos de dignidad en esa sombra: la aceptación de que vivir es soportar lo efímero y que morir o mejor dicho darse muerte, a veces, puede ser el acto último de voluntad. Cuestión sin duda polémica cuando la observamos exclusivamente desde nuestro prisma, forjado por la filosofía cristiana.

El yamato-damashii persiste en ese equilibrio imposible. Una nación que camina con un pie en el sintoísmo, honrando lo sagrado en la naturaleza y en los ritos, y el otro en la vanguardia tecnológica, abrazando un futuro acelerado que a veces amenaza con borrar la memoria. Kawabata lo capturó en su prosa contenida, Iwasaki en su memoria precisa, y Japón entero lo encarna cada día, entre flores de cerezos que resisten la hipermodernidad a las sombras que imponen las torres de rascacielos, preguntándose qué significa realmente ser japonés.

Y quizás la imagen más clara de ese contraste sea la distancia —más emocional que geográfica— entre Kioto y Tokio. En la primera, las calles estrechas conducen a santuarios silenciosos donde el viento mueve las campanas y el aroma del incienso se mezcla con el de las flores. Allí, el tiempo parece obedecer a un calendario de siglos, no de minutos. En la segunda, el pulso de Shibuya late bajo pantallas gigantes que nunca se apagan y multitudes que fluyen como ríos eléctricos. Entre ambas urbes se tiende un puente invisible: el mismo país, dos velocidades, dos respiraciones. Un Japón que, como su espíritu, vive entre la contemplación y la urgencia, entre el musgo y el neón. 

Para quien mira desde una cosmovisión occidental y cristiana, valga el pleonasmo, Japón es a la vez fascinante y esquivo. Sus ritos parecen oraciones sin altar, su sentido del honor, una fe sin dogma; su silencio, una liturgia sin palabras. Allí donde nuestra tradición, cristiana, busca la salvación en la trascendencia y la superación del mundo, el espíritu japonés halla plenitud en lo efímero y en la aceptación de la impermanencia. 

Por eso, aunque podamos acercarnos, aprender, e incluso sentirnos conmovidos por su delicada belleza, hay una parte de ese yamato-damashii, de ese espíritu nacional que se nos escapa como el pétalo de un cerezo llevado por el viento. Imposible de retener, pero inolvidable en su fugaz paso. Al menos, tratemos nosotros de admirar la flor del cerezo mientras resiste el tiempo, sin levantar a su alrededor más imponentes rascacielos de juicios y prejuicios que ensombrezcan la escena. Limitémonos a descubrir y contemplar esa situación, esa belleza sutil que nos regala el país del Sol Naciente.

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