Más que una ciudad, Kioto es una idea. Un imaginario colectivo donde Japón se contempla a sí mismo en su forma más pura, serena y antigua.
Si Osaka es un presente desenfrenado, Kioto es contención y pasado. El cuerpo y el alma. El circuito cerrado de los templos, el susurro de los tatamis, el murmullo del agua en los jardines. Todo en Kioto parece estar hablando de algo que ya no está y sin embargo nunca se ha ido. Nos tendremos que ir acostumbrando a esta continua paradoja.
Durante más de mil años, entre los años 794 y 1868, Kioto fue la capital imperial, el centro del refinamiento cortesano y espiritual. Aquí florecieron las artes tradicionales: la ceremonia del té, el teatro nō, el arreglo floral ikebana, la poesía waka, la caligrafía. Todo lo que Occidente identifica como “lo japonés” encuentra su cuna o eco en estas callejuelas silenciosas donde los cables eléctricos se disimulan para no romper la estética del pasado.
El japonés medio no vive rodeado de templos ni pasea con kimono por la calle. Pero sabe -y sobre todo siente aunque no lo explicite verbalmente- que su identidad profunda está contenida en esos símbolos. Japón es uno de los pocos países del mundo donde la modernidad turbocapitalista no ha disuelto del todo la memoria colectiva, aunque ha hecho estragos ciertamente. En algunos aspectos pudiera decirse que la ha estilizado. Ha hecho del pasado una forma de autoafirmación, pero también de negocio. Lo podemos ver en los numerosos templos sintoístas y budistas ubicados en la urbe y en sus afueras, en los antiguos paiacios imperiales, en los salones de Geishas o incluso en el Museo del Samurai y del Ninja. Hay orgullo en ser japonés, eso es innegable, pero no ya un orgullo expansivo o imperialista, sino contenido, estético, casi estoico. Se respira un nacionalismo tímido, contenido, reprimido, que fantasea con un remoto y glorioso pasado.
Basta caminar por Gion, el barrio tradicional de Kioto, para entender esta ambivalencia. A la caída del sol, las linternas rojas se encienden en las fachadas de madera y en ocasiones una figura cruza fugaz el umbral de una ochaya (casa de té). Es una maiko, una aprendiz de geisha, con su kimono de seda, su cuello pintado de blanco y su andar contenido como una flor que respira. No es un disfraz, tampoco es folclore para turistas. Es un ritual vivo, aunque minúsculo, que sobrevive como una llama en el viento. Apenas quedan mil geishas en Japón, lo suficiente para preservar ese tesoro no exento de contradicciones.
El kimono, por ejemplo, sigue usándose en ocasiones especiales: bodas, ceremonias, graduaciones. No es una reliquia, más bien una prenda con códigos y técnicas que hablan de generaciones enteras de mujeres doblando tela con una precisión casi litúrgica. Cada pliegue, cada estampado, cada estación tiene su kimono. Llevarlo implica un saber ancestral que es también un arte: caminar y saber estar. En su textura se entretejen siglos de identidad.
Y lo mismo puede decirse del bushidō, el camino del guerrero. Los samuráis desaparecieron como clase tras la Restauración Meiji, pero su ética de honor, disciplina y autocontrol permanecen -si no en la práctica, sí en el ideal-. La figura del ronin, el samurái sin señor, resuena como un arquetipo moderno: el solitario que lucha por un código, aunque el mundo lo haya olvidado. ¿No son los oficinistas o salarymen de hoy, uniformados con camisa blanca, pantalones y zapatos oscuros similares, con su jornada de catorce horas y su silencio monacal en el transporte público japonés, una forma contemporánea de samurái corporativo?
Los ninjas, por su parte, cruzan la línea del mito. En Iga o Kōka, aún existen museos y dojos dedicados al ninjutsu, pero más allá del turismo, su figura se ha transformado en símbolo de astucia, adaptación y silencio letal. Como en tantas cosas japonesas, lo real y lo imaginado se funden en una bruma indistinta.
El sumo, ese combate tradicional y brutal, es aún deporte nacional. Pero más que eso, es una liturgia atlética, aunque lo protagonicen luchadores entrados en carnes. Cada gesto en el dohyō (el ring sagrado) está cargado de simbolismo, la purificación con sal, el ritmo ceremonial, la presencia de los yokozuna como figuras casi sacerdotales. Más que un espectáculo, es representación del orden cósmico. Enfrentamiento como parte del equilibrio.
Lo mismo sucede con las artes marciales como el kendō o el aikidō. No son simples deportes de contacto. Son caminos de desarrollo interior, herederos del budō, donde el cuerpo no se entrena solo para vencer, sino para comprender. En su práctica persiste una filosofía que considera la fuerza no como imposición, sino como armonización del conflicto.
En Kioto, se puede visitar un pequeño templo donde ancianos practican shodō, la caligrafía japonesa. Trazan el kanji con una lentitud que es también una meditación. La caligrafía sería como vaciarse. Una terapia que plasma estados del alma. Ahí se puede comprender algo esencial: la tradición en Japón no es resistencia al cambio, sino forma de habitar el tiempo. Cada símbolo -el kimono, la geisha, el samurái, el kanji– no es un fósil, sino una partitura abierta. Se repite, pero nunca de la misma forma.
En la monumental Kioto, la única gran ciudad japonesa que no resultó bombardeada por la fuerza aérea estadounidense, descubrimos un país en continua renovación, pero en la que también redescubrimos algo de nosotros en la iglesia de Kawaramachi, resonancias de un encuentro de civilizaciones que aquí tuvo lugar, pero para ello debemos irnos a casi cinco siglos atrás.
En el invierno de 1551, un viajero extranjero de mirada encendida y túnica raída alcanzó, tras múltiples penurias, las puertas de Kioto. Era Francisco Javier, primer misionero jesuita en Japón, movido por la convicción de sembrar la fe cristiana en aquella tierra que los mapas portugueses aún nombraban como Cipango, el mítico país del oro.
La llegada de este navarro universal a la entonces capital imperial no fue triunfal ni gloriosa. Encontró una ciudad devastada por guerras civiles, con los templos del budismo zen convertidos en fortalezas de los bonzos y una corte que ya no gobernaba. No obstante, su presencia fue el preludio de un breve pero intenso encuentro entre el cristianismo europeo y la espiritualidad japonesa. En Kioto, Francisco Javier entendió que la fe se sugiere, se insinúa, como lo hacen los jardines o los silencios del té.
Fue también en esta ciudad donde el choque de cosmovisiones se hizo palpable: la idea de un Dios único, omnipotente y omnisciente, se encontraba con el sintoísmo difuso, animista y ancestral, y con un budismo que había enseñado a los japoneses a vaciarse del yo. Muy sugerente a propósito de este encuentro resulta el libro de Carmelo Lisón Tolosana, La fascinación de la diferencia. La adaptación de los jesuitas al Japón de los samurais, 1549-1592 (Akal, 2005).
Francisco Javier se marchó sin audiencia imperial, pero dejó una semilla que germinaría en el sur del país, en Nagasaki, antes de ser bombardea sin piedad por el arma atómica de los “paladines de la libertad” que venían de Norteamérica. Eco cruel de sombría, tóxica y radiactiva ironía cuando se piensa que fue precisamente Nagasaki, el bastión católico más antiguo de Japón, la ciudad donde florecieron las comunidades de kakure kirishitan, los “cristianos ocultos” que sobrevivieron en silencio durante más de dos siglos de persecución bajo el shogunato Tokugawa.
Allí mismo, donde Francisco Javier había sembrado su fe y donde misioneros y mártires habían dado su vida, Estados Unidos -una nación presuntamente cristiana en sus fundamentos- descargó el arma más devastadora creada por el hombre. De hecho, la bomba cayó a menos de medio kilómetro de la Catedral de Urakami, el mayor templo cristiano de Asia oriental en aquel momento. Que fuese ese lugar -y no otro- el blanco definitivo, es un nudo de inquietantes paradojas históricas y éticas que dice muy poco de esos presumidos adalides del “mundo libre”. La fe cristiana en Japón, que había sobrevivido a espadas, hogueras y exilios internos, fue abrasada sin embargo por el hongo nuclear, símbolo de una ciencia sin alma.

Doctor en Derecho y profesor universitario (Madrid, España). Además de sus publicaciones profesionales de índole académica, colabora en varios medios de comunicación españoles y ha publicado recientemente varios libros: Momento y encrucijada de España (Ediciones Atlantis, 2020), Dinero, crisis y poder global (SND, 2021) y Polis y justicia (Aula Magna-McGraw Hill, 2023).
