
Cuando Francisco Javier llegó a Japón en 1549, la apertura inicial hacia el cristianismo fue asombrosa. Misioneros como Alessandro Valignano adoptaron estrategias de inculturación, intentando adaptar la fe cristiana a la mentalidad japonesa, respetando sus costumbres y buscando un diálogo sincero.
Sin embargo, esta tentativa de fusión chocó con la realidad del sintoísmo, que no es solo una religión sino un sistema de creencias entretejido con la identidad nacional y el respeto a la naturaleza y los ancestros. La llegada del Tokugawa Ieyasu y la instauración del shogunato Tokugawa en el siglo XVII trajeron consigo la política del sakoku (país cerrado), que proscribió el cristianismo y expulsó a los extranjeros, sumiendo al país en más de dos siglos de aislamiento. Aun así, las comunidades cristianas clandestinas, como los Kakure Kirishitan o “cristianos ocultos”, preservaron la fe en secreto, amalgamándola con elementos sintoístas y budistas. Una muestra fascinante de resistencia cultural y religiosa.
El legado jesuítico en Japón es una historia de diálogos difíciles y mutua influencia. El Padre Arrupe, sucesor de San Ignacio y figura clave en la renovación de la Compañía en la segunda mitad del siglo XX, impulsó un acercamiento que reconocía la necesidad de respetar las tradiciones japonesas sin imponer un dogmatismo occidental. La presencia católica en Japón hoy es minoritaria pero significativa, testimonio de un diálogo cultural que trasciende siglos.
Pero más allá de la fe, lo que sorprende es la forma en que la educación y la disciplina inculcadas desde antiguo siguen marcando la conducta social japonesa, incluso en un entorno altamente tecnificado y globalizado. La sociedad japonesa ha sabido integrar en su esencia la innovación tecnológica sin renunciar a esos valores fundacionales: el respeto, la armonía social, el sacrificio por el grupo y la contención emocional. En estos aspectos -que no en otros-, Japón tiene una lección valiosa para enseñar a la Europa occidental, deslizada por una pendiente de crisis de valores cívicos y sociales de la cual no se atisba remedio por el momento.
Precisamente, en el marco de un seminario en la Universidad de Chūō, en Tokio, allá por el verano de 2019, tuve la oportunidad de observar no solo el rigor académico, sino también una forma muy particular de respeto y disciplina entre los estudiantes. Rasgos que dan cuenta de una educación profundamente arraigada en sus valores sociales y culturales. Fueron unos pocos días de clase, pero suficientes para tener una pequeña pero intensa inmersión en la cultura educativa japonesa.
La educación en Japón es mucho más que transmisión de conocimientos. Es un rito de paso que forja carácter y cohesiona la comunidad. Desde la infancia, la noción de giri (deber y obligación social) permea cada actividad. Los estudiantes no solo aprenden contenidos, sino también la paciencia, el esfuerzo colectivo y la importancia de no desentonar en el grupo. La puntualidad, la limpieza y orden del aula por parte de los mismos alumnos, y ese silencio reverente ante el profesor son manifestaciones tangibles de un sistema que, aunque moderno, mantiene intactos códigos milenarios de conducta.
En medio del vértigo de Tokio, con sus avenidas desbordantes de neón y el ritmo incesante del tráfico y de la multitud, tuve la oportunidad de descubrir un lugar especial en un distrito periférico del oeste, Nerima, que parece suspendido en otra dimensión: el Centro de Espiritualidad Jesuita y la casa de Retiros de la Inmaculada Concepción, con la residencia para los jesuitas más ancianos o enfermos. Allí, la ciudad cambia de piel. El tiempo se hace lento y la palabra se pronuncia con un peso diferente. Fue en ese espacio ajardinado y bastante “zen” donde mantuve un encuentro con varios jesuitas, y especialmente con el Padre Adolfo Nicolás, quién de 2008 a 2016 había sido Superior General de la Compañía de Jesús.
La presencia de los jesuitas en Japón parece la huella de un diálogo imposible, pero al mismo tiempo, fecundo entre dos mundos. Desde la llegada de Francisco Javier en el siglo XVI, el cristianismo se ha enfrentado allí a un carácter cultural que parece blindado, hermético, pero no por ello ajeno a la fascinación de lo extranjero. Como me dijeron los jesuitas con quienes conversé, la evangelización fue y sigue siendo un acto de paciencia, de escucha y, sobre todo, de humildad.
En Nerima habitan hoy hombres octogenarios y nonagenarios que pasaron su vida recorriendo ciudades y pueblos nipones, enseñando en universidades, o compartiendo vida con comunidades que, en su discreción, representan aquí una forma peculiar de vida espiritual. No conquistaron multitudes, tampoco erigieron grandes templos. Su “inculturación” fue más semejante a la semilla escondida en la tierra: invisible, silenciosa, pero obstinada en su germinación. Frente a los modernos samuráis corporativos y bonzos seculares que habitan y encarnan el Japón del último medio siglo, estos jesuitas han aprendido que el Evangelio no es imposición, sino diálogo. Así se explica el brillo de una de las perlas de esta inculturación, que también tuve ocasión de visitar, la Universidad Sofía (en japonés Jōchi daigaku, “Universidad de la Gran Sabiduría”), en el distrito de Chiyoda, una de las mejores universidades de Japón fundada en 1913.
Al escuchar a los jesuitas allí en Nerima, uno entiende que su misión no ha sido vencer la resistencia cultural, sino aprender de ella. Quizá allí radique la paradoja, pues quienes vinieron desde Europa a anunciar su fe terminaron dialogando con una cultura que los obligó a despojarse de algunas certezas o a padecer situaciones vitales muy complicadas o incluso el martirio, como bien refleja la película Silencio (2016), dirigida por Martin Scorsese.
La residencia de Nerima, entonces, no es solo un hogar de retiro para misioneros ancianos. Es un símbolo discreto de lo que significa habitar la frontera entre dos mundos, de estar literalmente en una frontera “geocultural”, trayendo a colación el neologismo que describe la revista que amablemente acoge nuestra reflexión.
La presencia jesuita, además de frontera, es también una lección para nuestra época, marcada por la prisa y la superficialidad. La verdadera fecundidad humana no está en los grandes éxitos visibles, sino en esa siembra callada que transforma sin necesidad de estruendo.
En Japón los tatamis y los crucifijos coexisten, y uno percibe que lo verdaderamente universal (katholikós) no es lo que se impone, sino lo que dialoga. Lo que aprende a reconocerse en el otro sin anularlo. Tal vez esa sea la mayor enseñanza que me dejó el encuentro con los jesuitas de Nerima. Que la fe, la cultura y la vida misma se nutren cuando se hacen humildes, cuando se atreven a ser huésped en tierra ajena.
Los jesuitas no son ya emisarios de un mensaje extranjero, sino peregrinos que han aprendido a morar en la penumbra de un misterio compartido. El anciano misionero que hojea lentamente un libro en japonés, el crucifijo colgado junto a una caligrafía zen, la oración que se confunde con el murmullo del viento que sopla a través de las plantas del jardín hablan de una fe que ha aceptado la metamorfosis como condición de su permanencia. Y es quizá en esa fragilidad, en esa renuncia al triunfo visible, donde se revela la verdadera grandeza de su misión. Como la flor de cerezo -símbolo de Japón- que dura apenas unos días y, sin embargo, ilumina todo un paisaje, la vida de estos ancianos que allí terminan sus días, muy lejos de sus países de origen, se ofrece silenciosa, sin reclamar aplausos, pero dejando una huella imborrable en quienes saben mirar.
La residencia jesuita de Nerima no es pues solamente un refugio de ancianos. Es un santuario donde el tiempo se curva, donde los diferentes, los forasteros, se reconocen con los autóctonos sin vencerlos. Y donde la palabra “inculturación” se convierte en metáfora del ideal de la condición humana: los extranjeros, los otros, los extraños, pueden hacerse hermanos.
Allí, entre tatamis y crucifijos, la experiencia de cinco siglos de los jesuitas en Japón nos enseña que lo verdaderamente universal no es lo que se conquista, sino lo que se escucha. En el murmullo de esos pasillos habitados por jesuitas ancianos late una memoria que no busca gloria ni reconocimiento, sino la fidelidad de quienes sembraron en tierra ajena. Quizá, en esa fragilidad de cuerpos encorvados y voces pausadas y gastadas, se esconda la más honda lección: que la vida adquiere plenitud cuando se hace puente.
Al salir de Nerima, Tokio volvió a desplegar su vorágine de luces y pasos apresurados. Pero en mí permaneció el resplandor de un silencio que no era vacío, sino promesa. Un silencio que recordaba que también en la megalópolis más inabarcable del mundo puede existir un rincón secreto donde la historia y el espíritu dialogan, donde Oriente y Occidente se abrazan y donde el misterio sigue teniendo la última palabra.
Pablo Sanz Bayón, Profesor de Derecho Mercantil

Doctor en Derecho y profesor universitario (Madrid, España). Además de sus publicaciones profesionales de índole académica, colabora en varios medios de comunicación españoles y ha publicado recientemente varios libros: Momento y encrucijada de España (Ediciones Atlantis, 2020), Dinero, crisis y poder global (SND, 2021) y Polis y justicia (Aula Magna-McGraw Hill, 2023).
