La identidad japonesa: el peso del deber y del honor

 

En Japón tiene uno la sensación de estar recorriendo una suerte de palimpsesto moral. Una superficie pulida que esconde, bajo capas sucesivas de refinamiento, escrúpulo y cortesía, una arquitectura ética que,  a pesar de las contradicciones que impone la modernidad capitalista, ha resistido al tiempo, a las guerras y a las influencias externas.

Comprender Japón es preguntarse qué permanece bajo la superficie. ¿Qué estructura sostiene esta forma de estar en el mundo tan distante, tan ajena -y a la vez tan fascinante- para la mentalidad occidental?

A diferencia de Europa, donde el individuo fue elevado al centro del universo desde el humanismo renacentista, en Japón la unidad de medida sigue siendo el grupo. El “nosotros” prevalece sobre el yo. El plural sobre el singular. Se percibe en pequeños detalles muy elocuentes, como las innumerables señales y avisos públicos, como los que se pueden encontrar en estaciones de metro, centros comerciales o parques, que indican una exhaustiva normativa cívica a los ojos de un forastero.

En ese marco, los códigos son rígidos, incluso férreos. No por imposición legal, sino por una ética social que regula los vínculos, los gestos, las decisiones. Donde en Occidente impera el derecho subjetivo, en Japón manda el giri, el deber social, la obligación moral hacia el otro, hacia el grupo, hacia la jerarquía. Y para el guerrero que despierta en su interior, el bushido, representa el camino del honor, la lealtad sin fisuras, la disposición al sacrificio. Esto bien lo recuerda Inazo Nitobe en El Bushido, quien sin embargo nos advierte que el giri (en tanto que recta razón), “llegó a convertirse en un monstruoso error; guareció bajo sus alas toda suerte de sofismas, de hipocresía; se hubiera convertido fácilmente en un nido de cobardías si el Bushido no hubiera tenido un sentimiento tan delicado y correcto del valor” (Capítulo 3).

Sin la actitud tradicional del Bushido a la hora de cumplir las obligaciones, esto es, sin el valor para cumplirlas en su espíritu, el giri se rebaja a mero deber, a simple formalidad, o peor aún, a puro formalismo. Un ejemplo de ello se puede observar en Namba, el céntrico distrito de ocio de la ciudad de Osaka, con el fenómeno del Pachinko, los establecimientos de máquinas tragaperras. Espacios dónde Japón permite la ludopatía con una argucia legal: los jugadores sólo pueden ganar premios en forma de juguetes. Y bien que cumplen la norma los establecimientos de juego, salvo por el hecho de que al salir, en otro local anejo, los jugadores premiados canjean tranquilamente los juguetes obtenidos por sumas de dinero. Como dice nuestro sabio y viejo refranero “quién hace la ley, hace la trampa”.

Ahora bien, romper los códigos fundados en una sincera y genuina recta razón no produce culpa -sentimiento interno, para nosotros cristiano- sino haji, vergüenza. Una mancha social que pesa más que cualquier condena judicial. La deshonra no se borra con disculpas, sino con gestos que redimen o, en casos extremos, con el silencio o la desaparición autocausada. Por eso en lo japonés encontramos una suerte de destino fatal al concebir el arrepentimiento y la penitencia sin un “perdón de los pecados”. ¿No hay acaso una pulsión trágica en esa ausencia de redención pública, en la falta de confesión y de absolución?

La historia japonesa se despliega como una danza que combina orden y conflicto. Durante más de dos siglos, bajo el shogunato Tokugawa (1603-1868), Japón vivió en un aislamiento férreo, con una estructura feudal jerarquizada y estable. La espada fue progresivamente sustituida por el pincel y los samuráis se convirtieron en burócratas. Pero el espíritu del guerrero nunca desapareció. El ronin -el samurái sin señor- se convirtió en un símbolo de una lealtad huérfana, errante, casi mística. La epopeya de los 47 ronin o los personajes de Kurosawa son el eco moderno de esa figura. Hombres que siguen un código incluso cuando el mundo ya no lo exige. Los ronin son en cierto modo algo familiares en el mundo hispánico porque evocan la figura del famoso caballero andante Alonso de Quijano, nuestro hidalgo Don Quijote de la Mancha.

La Restauración Meiji (1868) desmanteló el shogunato y lanzó a Japón a una modernización vertiginosa. En apenas unas décadas, el país pasó de un feudalismo tardío a una industrialización feroz, con una casta militar que aún respiraba valores del siglo XVI. El salto fue tan brusco que no hubo tiempo para digerir el cambio. El empresario japonés de los años 60 del pasado siglo era, en el fondo, un señor feudal vestido con traje occidental; el burócrata corrupto, un samurái que seguía sirviendo a su señor -ya no un daimyō, sino un ministerio-; y el oficinista o salaryman moderno, una versión laica del guerrero: disciplinado, abnegado, dispuesto a morir por su jefe. Lealtad absoluta a su empresa y a sus designios en forma de planes de negocio.

Tras la Segunda Guerra Mundial, derrotado y humillado, Japón aceptó una Constitución escrita bajo la tutela estadounidense. De pronto, un pueblo educado en la obediencia al emperador como divinidad tuvo que adaptarse a una democracia liberal que hablaba de derechos individuales. Pero la estructura mental seguía intacta. La cultura del deber sobrevivió al cambio de régimen, como si se tratase de un injerto mal suturado. El marco jurídico era moderno pero la ética, ancestral. Y el sistema encontró su cauce en un nuevo tipo de lealtad. No ya al clan, ni al emperador, sino a la empresa. El keiretsu, esa red corporativa donde bancos, industrias y el Estado se funden, fue el nuevo castillo donde se servía sin rechistar. Japón S.A. se llegó a llamar.

El archipiélago asiático se industrializó con furia, venció a Rusia en 1905, invadió Corea y Manchuria, y se lanzó a la guerra contra China, llegando posteriormente a la Indochina y a dominar amplias zonas del Pacífico. Lo hizo no sólo por ambición territorial, sino por un deseo profundo de reconocimiento como potencia, como civilización que no debía estar subordinada a Occidente. El Imperio japonés quiso crear su propia modernidad, con rasgos propios, sin abandonar su alma vertical, su orgullo. Pero dejó una estela de destrucción: la masacre de Nankín, la brutal ocupación de Asia-Pacífico, los campos de trabajo forzado. Todo esto sigue siendo una herida mal cicatrizada en la región, que tiende al olvido colectivo, o al menos al silencio social.

Pese a eso, el cine de Akira Kurosawa ofreció, en la posguerra, una forma de expiación estética. Los siete samuráisVivir, Trono de sangre, Rashōmon, Ran, Ikiru… Cada película interroga el alma japonesa: su sentido del deber, la culpa, la redención. Son tragedias donde la violencia no redime, donde el silencio dice más que las palabras, donde la dignidad se mide por lo que se hace cuando nadie mira. Encontramos en nuestra lengua extraordinarias reflexiones sobre las claves políticas y jurídicas del cineasta japonés y de su “humanismo cinematográfico” en la obra de Muñoz de Baena, Por qué los canallas duermen en paz. Ética, poder y derechos en la obra de Kurosawa (Sindéresis, 2019).

El “código” en Japón sigue vivo. Uno lo ve en el karōshi, la muerte por exceso de trabajo. En los jefes que se disculpan en público cuando falla una máquina o se retrasa un tren tres minutos. En la meticulosidad con que se embalan los productos o se sirve un plato en un restaurante. En Japón, lo correcto no es sólo un valor, es una estética.

La identidad japonesa es como una sistema solar cerrado, con sus propios astros y órbitas. Entrar en él, como viajero, es aceptar que no todo se puede entender. Que hay gestos que no buscan eficiencia, normas que no están escritas, lealtades que no necesitan razones. Quizá por eso nos fascina tanto a los occidentales. Porque en un mundo cada vez más individualista y líquido, Japón sigue creyendo -con todas sus contradicciones- en el peso invisible del deber y del honor.

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