El milagro de Madrid, la “Miami europea”

La Comunidad de Madrid vive desde hace años una apasionada historia de amor consigo misma. Un romance político, urbanístico y mediático donde la protagonista es una gran polis-región que ya no quiere ser Madrid, sino una especie de versión “premium” de sí misma. Algo entre Miami, Londres, Dubái y una zona VIP de un aeropuerto internacional.

El objetivo parece claro, que todo el mundo quiera venir a Madrid. El pequeño inconveniente es que cada vez resulta más difícil que los madrileños puedan quedarse en ese Madrid “de todos los acentos” anunciado por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Lo que ha resultado en los últimos años es una metrópolis gentrificada, congestionada, turistificada, cada vez más incómoda para sus habitantes. Una megalópolis al servicio del neoliberalismo más altanero y desvergonzado.

El “Ayusato” sería una forma de designar a esa nueva taifa o feudo político-administrativo donde la libertad consiste en poder elegir entre muchas marcas y franquicias comerciales. Madrid se vende como una marca comercial por su artífice y fautor, el Partido Popular. Un branding que resumiría la historia de éxito española. Capital económica, polo de inversión, ciudad abierta al mundo, destino internacional. Madrid da la impresión que funciona si permanece o se limita a determinados enclaves. Funciona tan bien que a veces parece que lo hace mejor exclusivamente para quienes vienen a comprarla y no tanto, o en absoluto, para quienes tienen que vivirla y trabajarla.

La megaciudad-región -ya en la práctica un mini-Estado al albur o socaire del despendolado Estado Autonómico que rige en España- ha entrado en una fase fascinante de evolución urbana, sociológica e incluso antropológica. Al igual que su némesis, Barcelona, y predicando con su ejemplo, el vecino tradicional está siendo sustituido, relegado, desplazado, por el visitante temporal. La tienda de barrio por la franquicia global. El bar donde se discutía de fútbol y política por un local gourmet o gastrobar donde se sirve café de especialidad con un nombre en inglés que justifica el pertinente sablazo.

La gentrificación madrileña tiene incluso un estilo propio, muy snob y de nuevos ricos. Todavía hay barrios donde vive “gente normal”, por supuesto. Es decir, gente que desayuna sin necesidad de hacer un brunch ecológico que incluye café de 5 euros, yogur griego con quinoa, servido en mesas de madera reciclada.

La antigua identidad popular madrileña, mezcla de barrio castizo, comercio cercano y vida callejera, está siendo relevada por una ciudad-escaparate con precios en la restauración y vivienda cada vez más desconectados de los salarios reales de sus propios habitantes. Un parque temático del cosmopolitismo donde todo parece internacional y sofisticado menos su alcalde, el señor Martínez Almeida. La megalópolis del Ayusato es una fascinante síntesis cosmo-castiza.

El problema es que una ciudad no puede vivir solamente de turistas, inversores y consumidores. También necesita habitantes, arraigo no impostado mediante disfraces de chulapos y verbena subvencionada. El habitante corriente se ha convertido en el gran olvidado de este nuevo Madrid que lleva varias décadas bailando -más reggaetón que chotis- entre lobos que acechan con pelotazos urbanísticos. Hace años, como algunos recordarán, los madrileños salvamos un auténtico match point con “Eurovegas”, aunque en castigo por la insolente reacción popular al proyecto de Aguirre y Adelson, nos metieron casas de juego, tiendas de empanadillas argentinas y de “compro oro” en cada esquina.

Emanciparse antes de peinar canas, acceder a un techo digno sin dejarse la nómina entera o desplazarse desde la periferia al trabajo en un tren puntual y con sitio para sentarse parecen en Madrid demandas revolucionarias. Pedir algo tan básico parece ser el gran error de quienes han tenido la mala suerte de no encajar en las prioridades del capitalismo liberal-cañí imperante.

El Madrid del Ayusato parece querer una población flotante. Turistas que gastan, inversores que compran, ejecutivos que llegan y se van. Una megalópolis donde todos pasan, pero cada vez menos permanecen. La ironía es que mientras se proclama el “Madrid de la Libertad”, miles de personas descubren una libertad curiosa, la de irse a vivir cada vez más lejos. Madrid crece tanto que empieza a expulsar a quienes hacen posible que funcione.

La vida cotidiana empieza a competir contra el alojamiento vacacional, la tienda de siempre contra Amazon, el pequeño comercio contra gigantes que pueden permitirse perder millones mientras esperan golosamente conquistar el mercado. La economía de plataforma ha creado un nuevo orden social, uberizado, con una subclase, el precariado. Antes uno conocía al comerciante de la esquina. Ahora conoce el número de seguimiento del paquete.

Claro que esta distopía no es culpa solo del Ayusato, ni siquiera de los ayusómanos. La obsesión por ser “la nueva Miami” es quizás la metáfora perfecta del momento. Miami en ese imaginario es glamour, dinero, lujo y skyline. Pero también es una ciudad donde la desigualdad forma parte del paisaje. Madrid corre el riesgo de importar la estética sin aprender la lección.

Y en esa metamorfosis kafkiana aparece el Madrid “latino”. Esa nueva realidad social que la presidenta madrileña ha descubierto con entusiasmo electoral. El “Madrid de todos los acentos”, como decíamos antes, es una frase bonita, parece inclusiva. Todos los acentos caben, naturalmente. Especialmente aquellos que pueden llenar sus mítines usando como banderín de enganche a predicadores pentecostales y de paso dar un toque folclórico y posmo-multicultural. La fórmula es sencilla: todo cabe mientras sume votos, muchos votos, y a cualquier precio.

Y dentro de esa gran operación estética del Ayusato aparece también el fenómeno de los llamados cayetanos, una nueva aristocracia simbólica de clase media-alta y alta que ha convertido determinados códigos culturales en una identidad política. El jersey sobre los hombros, la terraza bien situada, el lenguaje de la meritocracia y una defensa apasionada de la libertad entendida como la posibilidad de elegir aquello que otros no pueden permitirse. El cayetano es quizá la criatura perfecta del Ayusato. Alguien que siente que Madrid ha sido construido para él porque Madrid, en cierta medida, ha empezado a parecerse a él.

Tal vez el gran éxito del Madrid actual sea haber conseguido algo tan extraordinario como que una región orgullosa de ser popular aspire a convertirse en un producto exclusivo y excluyente. Pero Madrid siempre fue una ciudad de mezcla, con escasos autóctonos (los llamados “gatos”). Una urbe construida por las migraciones del éxodo rural en la que necesariamente coexistían contradicciones en su vida callejera. No necesitaba parecer Miami, Londres ni Nueva York. Necesita algo mucho más complicado como el hecho de seguir siendo una ciudad donde el madrileño de a pie no sea una especie protegida en peligro de extinción.

Al final, la gran paradoja del modelo madrileño es que quiere representar una sociedad sin contradicciones precisamente mediante una política repleta de contradicciones. Quiere ser la “Miami europea” pero conservar el alma castiza. Quiere ser refugio del capital global, pero mantener la identidad popular. Quiere atraer al turista y proteger al vecino. Quiere ser la capital de todos los acentos, siempre que todos ellos encuentren su sitio dentro del mismo escaparate. El milagro del Ayusato ha sido hacer de Madrid un No-Lugar, donde el vecino molesta en la foto del turista y en el business plan del fondo buitre.

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